jueves, 4 de julio de 2024

El titiritero

 Y tras bambalinas, operando entre las sombras, oculto a los ojos de los pequeños mortales. Maneja los hilos, el titiritero. Se rie de sus propios chistes, sin ningún temor al ridículo deja fluir su imaginación, improvisando diálogos y movimientos. Los muñecos no sufren, los muñecos no sienten, los títeres son esclavos de los caprichos de su dueño. ¿Por qué entonces habría de sentirse culpable? ¿Por qué entonces habría de tener escrúpulos? En este juego donde puede ser amo y señor, sentir que la embriaguez del poder lo inunda, y el titiritero la abraza con regocijo.

Y mientras tanto, en el escenario, el títere sin corazón no sufre el desamor y el dolor de la traición de su amada, aunque los espectadores más sensibles puedan empatizar con estos sentimientos, probablemente pensando más en sus propias experiencias.

Y ahí vemos los ademanes y gestos de desesperación que atormentan a nuestro héroe, impresos, claro está, por el corazón insensible de su director y guionista.

Y en la otra punta, vemos a la dama, ajena al llanto y a la angustia que su ingratitud ha desatado, la vemos sonreír, la vemos bailar, la vemos caminar bajo el sol.

No tiene corazón, pensará la audiencia conmovida por el corazón roto del héroe.

El titiritero, sabe que es asi, literalmente así.

Pero… ¿Realmente no tiene corazón?

Podríamos preguntar al desvalido varon, cuyos hombros caídos cuelgan como sostenidos por dos invisibles hilos.

Despechado, dirá que no. Que no lo tiene.

Enamorado, dirá que sí, aunque no le pertenezca.

¿Cuál sera la personalidad que el maestro le dió?

Ninguna. Es solo un muñeco. Piensan todos al salir del auditorio.

Ninguno, ni siquiera el hombre entre las sombras, lo verá llorar en silencio, acurrucado en el rincón oscuro de la caja donde reposa hasta la próxima función.

domingo, 4 de febrero de 2018

INTI

Me llamo Hernán......o Gabriela, o Leandro, o Laura, o Fabián, o Marina, o Gustavo......
Tengo mas de 250 nombres, pero no es lo importante.
Tengo 40 años.
Llevo o mejor dicho, llevaba, 18 años trabajando en INTI.......
Se comprende?....casi la mitad de mi vida allí dentro, y este único dato habla a las claras, de porque cuando se dice que no es un trabajo sino una familia, resulta literalmente cierto.
El 1 de Noviembre de 1999 me incorporo al laboratorio de combustibles del, en aquel momento, CEQUIPE (Centro de investigación y desarrollo en química y petroquímica), hoy INTI-QUIMICA.
Se buscaba formar un equipo de trabajo para un nuevo proyecto que buscaba analizar los combustibles expendidos en todas las estaciones de servicio del país.
La experiencia con el tiempo nos demostró la cantidad de combustibles adulterados que se vendían,
Te estaban llenando el tanque del auto con mierda, pero vos no te enterabas.
También, solo para que lo sepas, entre tantas otras tareas, el INTI se encarga de verificar los surtidores, para que no te carguen menos volumen del que abonas.
Te repito, analizamos TODAS las estaciones de servicio del país
 (Trata de imaginarte del millonario negocio del que hablo)
Se formo un equipo que trabajaba a destajo, era un laboratorio que funcionaba durante las 24hs. .
Entre a trabajar en modalidad de monotributista, (esto es precarizacion laboral, no trabajaba en INTI, prestaba mis servicios al INTI), por contrato debía trabajar de lunes a sábado, imagínense mi sorpresa al llegar el primer sábado y encontrar un INTI vacío.....Es decir, hasta de eso se aprovecharon, mientras todos trabajaban 5 días a la semana, por el mismo sueldo, nosotros lo hacíamos 6.
Es lo de menos, yo venia de repartir pizza por 250$ mensuales mas propina, y aquí entraba ganando 800$....
800 toda una fortuna!!!!
Llegó el 2001, llegó Cavallo diciendo que había que recortar el salario del trabajador estatal, y PUM....13% menos.... pasamos a ganar 696$, pero era menos que eso, porque pensá que debíamos pagar el monotributo...
Llegué a trabajar 16 y hasta 24 hs seguidas, por eso es que me indigno cuando escucho ese prejuicio preestablecido que dice que los estatales son vagos.
Con el correr de los años me fui perfeccionando y capacitando. Cada día representaba un desafío, cada muestra de combustible un nuevo reto que había que superar.....y lo superábamos en equipo.
Trabaje en todos los turnos, en todos los horarios.
En INTI crecí profesionalmente, crecí como persona, llegué a dejar de lado a mi familia por resolver algún problema que surgía a ultimo momento. (Y no lo comento como una hazaña, simplemente hacia lo que tenía que hacer)
Pasamos a modalidad LCT (Ley de contrato de trabajo), querían hacernos creer que asi nos equiparaban a los de Planta Permanente y nada hay mas falso que eso.
18 años trabajando.
Pasaron gobiernos, pasaron presidentes, pasaron gerentes, pasaron políticas....
Lo que no pasaba era la gente, los que no pasábamos eramos nosotros, firmes ahí, en el laboratorio garantizando que no te cargaran mierda en el tanque del auto.
Y lo que no pasó nunca, es que nos pusieran como planta permanente....Ningún gobierno.
Y ahora vienen unos paracaidistas, títeres puestos por el gobierno de turno, que dicen que prescinden de mis servicios.......
No somos un numero mas. La cara de mis hijos al enterarse no es un daño colateral....
Al INTI le debo haber conocido gente maravillosa que me apoyo en momentos difíciles de mi vida, como éste.
Al INTI y a esta gente le debo luchar por los mas de 250 puestos de trabajo perdidos.
Y por eso es que voy a seguir de pie. Por eso y por mis hijos


En INTI, los que sobran, son los políticos de turno que vienen a hacer sus negocios.


martes, 27 de junio de 2017

El Dia Que Lloró La Muerte

Es una creencia popular, que la muerte se encuentra presente como una nube oscura e invisible, sobre el lecho de la persona que está a punto de expirar, y creo que podríamos afirmar que esto es totalmente cierto.
También, nuestro temor a llegar al final de la vida corporal, (ya que el alma es inmortal), nos hace asociar la muerte con algo malo.
Hay que aclarar que la muerte existe, no como figura, sino como persona. Ella es un alma a la cual le ha tocado como trabajo enseñarnos el camino cuando dejamos nuestros cuerpos, pero no por eso es mala.
Creo que nosotros nos sentimos muy seguros encerrados dentro de nuestros cuerpos de carne y hueso, y es el temor a salir, a vagar libres lo que tenemos, y no a la muerte propiamente dicha.

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Darío tenía una familia, dos hijas preciosas; Natalia de cuatro años y Nadia de dos. Tenía una esposa, Carolina, que lo esperaba cada día con la cena lista, con el baño preparado y con una sonrisa siempre viva en los labios. Ella sabía lo que Darío quería, y él sabía lo que ella quería. Entonces, siempre volvía con un ramo de rosas, o con un alfajor Toffi, que a ella tanto le gustaban, o simplemente le traía una tarjeta en blanco, con un TE AMO escrito burda, pero sinceramente.
Darío trabajaba en una fabrica de cacerolas, (metalurgia, solía repetir), desde hacía ocho años, no pensaba ascender, pero tampoco le interesaba. No tenía estudios, había dejado cuarto grado porque las circunstancias lo obligaron a salir a trabajar, pero tampoco se arrepentía, tenía por bien vivido lo vivido.
Tenía 32 años, y lo único que le importaba era su familia, amaba con devoción a Carolina, y sentía a sus dos hijas como parte de su alma.
Sentía que la vida, a pesar de haberle sido adversa durante sus primeros años, le había devuelto con creces, todo lo que había perdido, y que el cariño que no había recibido de chico, ahora le llegaba a montones a través de su familia.
Lo único que poseía era su pequeña casita en el barrio de Lanús, y su Fiat 1500, que cuidaba mas que a su vida. Era muy feliz con lo poco que tenía, y es mas que normal, ya que no es todo lo que tenemos lo que hace a la felicidad, sino cuanto lo disfrutamos, y él disfrutaba su vida a pleno.
Pero pasó, en el momento en que sucede ésta historia, La Muerte, como siempre, incansable, estaba trabajando. Tenía su ‘‘hoja de ruta’’, y aquel día debía pasar por Caseros, pues sabía que la policía mataría a una delincuente; inmediatamente tenía cita en el hospital de niños, donde un pequeño que había sido abandonado, no resistiría mucho tiempo.
Este trabajo, a La Muerte le gustaba, muchos creerán que esto es morboso, pero es que ellos no saben lo que viene después, y ella sí lo sabía, La Muerte, no mataba, liberaba almas, y esto sí la atraía.
Después de atender estos dos asuntos, debía pasar por Lanús, esto se leía claramente en su ‘‘hoja’’, pero no podía adivinar quien era ‘‘la victima’’, el nombre, se había borrado. Si era la mano del destino, o un simple accidente, no podía averiguarlo, en realidad, no tenía tiempo, inmediatamente después, habría un choque en Mar del Plata que requeriría su presencia.
Aquí se presentó el dilema, se adivinaba que la primera letra era una ‘D’, y la segunda una ‘a’, la tercera era ilegible, y la cuarta una ‘i’, finalmente, la última parecía una ‘o’. No lo pensó mucho tiempo, Darío se dijo, y como no sabía que causa liberaría ese alma, dispuso de su poder.
Darío volvía a su casa en su Fiat 1500, con un ramo de rosas en el asiento del acompañante, nunca supo como, pero sintió una sombra oscura e invisible sobre su cabeza, e inmediatamente su corazón dejó de latir. El Fiat se estrelló contra un árbol, y allí quedó detenido con el cuerpo sin vida en su interior.
Darío no entendía nada, veía desde el aire lo que parecía ser su auto, chocado contra un árbol, con un cuerpo dentro. Miró mas atentamente y le pareció un rostro conocido. Antes de llegar a asociar estas ideas, ante él se presentó una persona de traje negro, con una cruz brillante sobre el pecho.
— ¿Quién sos? — preguntó Darío.
— Yo, soy La Muerte, y ahora he de guiarte hasta tu próxima morada.— respondió con una sonrisa entre los labios.
— Acaso estoy muerto.— reflexionó Darío en voz alta, y se dio cuenta que no se sentía ni atemorizado, ni sorprendido, sin embargo, le pareció correcto exigir una explicación, y así lo hizo.
La Muerte, mostrándole la ‘‘hoja de ruta’’, le explicó:
— Ves, aquí está tu nombre, inclusive tu dirección, Tucumán 1238. —
Darío, con una expresión grave en el rostro, le indicó que su dirección era Tucumán 1258, y que en el 1238, vivía un anciano que padecía cáncer, cuyo nombre era David.
La Muerte, con la duda metida en la cabeza, le indicó que lo siguiera.
— Vamos a hablar con el jefe.— dijo simplemente. Y partieron rápidamente, dejando todo lo demás para otro momento. Ese día no hubo choques en Mar del Plata.
Ante el creador se presentaron, y expusieron el caso.
Claramente se notaba el arañazo que la supuesta ‘o’, tenía a su derecha, como complemento de lo que había sido una ‘d’.
— Yo no puedo devolverte la vida que tenías antes, como compensación por el error de mi obrero, — dijo el SER SUPREMO. — Pero puedo darte una nueva y mejor si es eso lo que deseas.—
— No quiero otra que la misma que ya tenía. — respondió Darío con inquebrantable resolución. — Pero si es imposible hasta para ti, entonces esperaré aquí a mi esposa, hasta que llegue el momento de volver a estar juntos. — dijo con una falsa resignación dibujada en el rostro.
Dio media vuelta, y vio lo que jamás pensara ver, por el rostro pálido de La Muerte, corrían como gotas de rocío, lagrimas brillantes, que al caer se transformaban en preciosas perlas, que abrían surcos en las nubes, a sus pies.
Agachando la cabeza, dijo La Muerte:
— Huye por esos huecos que en las nubes voy dejando, pues esta es la única vez que me arrepiento de haber liberado un alma. He visto el dolor que cause en tu familia, y créeme que me arrepiento, ahora hazme caso, y jamás digas que has visto llorar a La Muerte.—
Darío se escapó por el hueco de la nube.
6:30 hs. de la mañana, sintió el sonido dulce de la voz de Carolina:
— Vamos, mi amor, tenés que ir a la fabrica.—
Se incorporó sonriendo, creyendo que todo lo había soñado, pero junto al reloj despertador, encontró una perla.
Ese día no fue a trabajar, tomó la perla, y la dio a la viuda del anciano David, que esa misma noche, había muerto de cáncer.

HERNAN CERONI 25/06/1998

Salame Y Queso. La Evolución En Retroceso

En una noche que anuncia la llegada del invierno, con la temperatura más baja de lo que debiera para el otoño, el vapor del aliento se entremezclaba con el humo del cigarrillo que escapaba de mi boca.
Estaba contento por ser primer día hábil del mes, lo que abultaba un poco mi escuálida cuenta bancaria. Era de esos días en que puedo darme algún gustito, nada extravagante, pero me permito un alfajor, o una gaseosa en los días de verano.
Sentí, de repente, la punzada del hambre, y las paredes de mi estómago se cerraron como una prensa.
Generalmente espero a llegar a casa para cenar, no es habitual en mi actual estado económico, que gaste dinero en panchos, sándwiches o cualquier especie de tentempié en el camino, pero esta vez noté que las piernas me temblaban, como debilitadas. Tomé la decisión de detenerme a probar algún bocado. No puedo mentir, tampoco me costó tanto decidirme, como sí lo hubiera hecho de haber estado a mitad del mes, también es probable que el temblor y el desfallecimiento de mis extremidades fuera solo psicológico, porque sabía que podía darme ese “lujo”.
Me dirigí entonces, tranquilo y sonriente a una estación de venta de GNC, de esas típicas paradas obligadas de taxistas nocturnos, con un vendedor gordo y barbudo, compinche de todos los habitués del lugar. Era uno de esos antros que sin ser oscuro, (a decir verdad la luz era exagerada), están llenos de miradas nada amigables para con un desconocido. Me sentí inmerso en una vieja película yankee, donde el turista desprevenido se mete sin saber en un restaurante de pueblo chico, donde solo recibe miradas de desprecio, sin ninguna curiosidad, desdeñosas y descaradas.
No soy de amedrentarme fácilmente, así que apoyando la mochila en un lugar vacío de la barra, le pregunté al obeso despachante que tenía para comer.
– Pebetes – me dijo sin siquiera dirigirme la mirada, que estaba pendiente de la rítmica danza de un culo en la TV, mientras los parroquianos se reían por lo bajo.
Del aparato escapó la voz de Tinelli, y comprendí el nivel cultural de los presentes, por lo que no me sentí aludido por las bromas que gastaban aquellos seres.
– Cocido y queso – le espeté de repente con la absoluta seguridad de quien sabe lo que quiere.
Gruño el barbudo y me dirigió una mirada de odio.
– ¿Te lo preparo? – preguntó el muy sinvergüenza.
Pensé que era obvio, que si se lo pedí, debía hacerlo.
Me sentí confundido por el gruñido, no sabiendo si atribuirlo al hecho de que mi impertinencia lo hiciera trabajar, o si solo estaba molesto por tener que salir del hipnotismo en que el culo lo había sumido. Más mi confusión fue mas efímera que la vida de los mortales para los Dioses, porque comprendí con la velocidad de la luz que aquel tunante se tomaría su tiempo para preparar el bocado, dejándome esperando como parte de su venganza por mi intromisión. Incluso juzgue que sería muy capaz de intentar alguna jugarreta, como poner un moco en el sándwich, o quizás un escupitajo. Más no fue eso lo que me hizo cambiar de opinión, sino más bien el hecho de pensar que por culpa de la desidia que pudiera tener, yo perdiera el ómnibus a casa y tuviera luego, que esperar una hora más.
– Dejálo – exclamé – si lo tenés que preparar dejálo –
El grupo de cabezas que estaban absortas en el culo que transmitía el televisor, giró en redondo, todas a un tiempo, como si siguieran una coreografía previamente ensayada, y debo decir en su honor, que de ser así, les había salido a la perfección.
Para mi satisfacción, noté sorpresa en sus miradas, y deduje que ningún “forastero”, jamás se había atrevido a deshacer una orden en aquel recinto diabólico, y esto me causo placer.
Con qué poco se puede sentir satisfecho un hombre.
Sonriendo por mi victoria ante los neanderthales, redoblé la apuesta:
– Dame ese de salame y queso que tenés ahí – le dije mientras señalaba con el dedo una vitrina sobre el mostrador.
Los ojos del diablo disfrazado de tendedero estaban inyectados en sangre.
“La sangre en el ojo” me dije satisfecho.
Noté como resaltaba una vena en su grueso cogote.
Sin demostrar ninguna emoción, (tampoco soy estúpido), saqué mi billetera de la mochila.
– ¿Lo comes acá? – me preguntó con aparente serenidad y un dejo de suspicacia, al tiempo que miraba de reojo a sus coterráneos.
Uno de estos simios, hizo un ruido al sorber de su pocillo de café, estaba clarísimo que mi presencia no era bienvenida, y que si decidía quedarme a cenar ahí, harían que fuera aún más notorio este rechazo.
Negué con la cabeza, aunque lejos estaba de hacerlo por temor a estos tipos, sino que mi imaginación se encontraba ya, en la parada del colectivo.
Y aquí empezó su venganza.
Con la billetera en la mano lo miré inquisitivo. No hubo necesidad de expresar frase alguna, entendió mi mudo interrogante a la perfección.
– Ocho – dijo ocultando su satisfacción.
Uno de los cromañones susurró algo y su vecino inmediato festejó el chiste con una risotada que me hizo pensar en los rudos caballeros nórdicos de las historias.
Sin embargo, reconozco que de haber allí un espejo, hubiera visto como mis ojos se salían de sus orbitas ante tamaña sorpresa, (tamaña por lo desorbitarne del monto, se entiende).
De todas formas el tipo no se inmutó, ni se sintió aludido por mi grito ahogado, se limitó a meter el pebete en una bolsita de papel madera y tenderla frente a mí.
A pesar de mi sorpresa reaccioné y con rencor sordo apoyé un billete de 10$ al lado de mi cena.
Reconocí mi derrota.
Satisfecho, el holgazán, tomo el dinero, y con ademanes suaves y despreocupados, procedió a guardarlo en la caja. Depositó el vuelto ante mí, pero sin mirarme.
Ofuscado, levanté los ojos y vi que sonreía estúpidamente, pero supe que ya se había olvidado de mí cuando noté el hilillo de baba en la comisura de sus labios, otra vez concentraba su simiesca atención en el culo danzante.
– ¿Mayonesa? – pregunté en último esfuerzo por molestarlo. Lo vi mover la cabeza en ademán negativo, aunque sus pupilas no se movieron, obnubiladas como estaban por ese hilo de tanga roja que surcaba el culo de durazno.
Me di por vencido.
“Al diablo”, me dije “tengo mi comida”
Abrí la puerta corrediza y me fui sin saludar, aunque no lo suficientemente rápido como para no sentir la mirada despectiva que se clavaba en mi nuca.
Me prometí no volver allí, aunque sé por experiencia que es el único lugar abierto a esas horas de la noche. La promesa la confirmé cuando le quité el envoltorio al sándwich. Lo tomé entre mis manos e hice presión, más el desgraciado no se inmutó, no logré aplastarlo siquiera un milímetro, el pebete era del día anterior.
Mascullé entre dientes una afrenta a los dioses, cosa que no debí hacer porque se enfurecieron aún más, y en vez de apiadarse, obraron un milagro, a favor del tabernero, claro, porque hicieron desaparecer el queso que quedó reducido a una minúscula y desafiante feta del grosor de un papel de calcar.
Miré el sándwich con tristeza, y con las pocas ganas que me quedaban me lo llevé a la boca. El mordisco no fue suave como me hubiera gustado, sino que tuve que tironear como un gato sin dientes con un pedazo de bofe. Cuando por fin creí haber cortado el salame, noté que en realidad la feta de fiambre había salido entera, y que vergonzosamente me colgaba de los labios como un apéndice de mi lengua.
Luché estoicamente con mi cena, y salí vencido.
Pregúntenle al perro vagabundo que por casualidad pasó por allí. Estoy convencido que mañana lo volveré a ver, después de todo, para él, debe haber sido la mejor comida en años.
Ahora, sentado en el colectivo, y con el estómago rugiendo de hambre, lo único que se me ocurre es que la evolución, en mi caso, no es un avance sino un retroceso.
El hombre de las cavernas, venció con astucia al Homo Sapiens.


FIN

HERNÁN CERONI
01/06/2010

jueves, 24 de mayo de 2012

Desvelado. Una Noche Larga


¿En que venía pensando?, ¿En que diablos venía pensando?
No lo sé. Es increíble la capacidad de olvidar las cosas que se me pasaban por la mente cuando no tenía un papel a mano.
Sé que se me había ocurrido que con cualquier palabra podía armar un rompecabezas de ideas.
Pero ahora…… me faltan las palabras.



Mozooooo!! Una de Muzza!!!
Mi Muzza! O Mi Musa. O Mi Misa.
Porque ahora me desvelo, y sigo dando vueltas en la cama! El cubrecama esta mareado, y sinceramente no me importa, la almohada me quema la cabeza, pero sé perfectamente que no es la almohada. De todas formas da igual, porque el incendio es el mismo, y no hay bombero que pueda apagarlo, no hoy, no mañana, ni siquiera en unas semanas. La aguja ya marca las 3 y hace cinco horas eran las 2, probablemente el reloj tenga poca pila…. Seguro sería eso si el reloj fuera a pilas. Un momento después volteo la cabeza y observo la espesa negrura que se filtra por la ventana, ¿y la luna?, ¿y las estrellas?
Mozoooooo ¿y la de muzza?
“No es una calesita!” Me grita el colchón, harto ya de mis idas y venidas, y me río, me río con ganas y sinceridad, y me río porque es gracioso!, ¿desde cuando le di al colchón el derecho de expresarse?
ESTO ES UNA DICTADURA.
Y si seguís jodiendo te hago desaparecer, de todas formas, ya estoy necesitando uno nuevo, si tus resortes de mierda se me clavan en la espalda a cada momento.
Me vuelvo a reír, pero el hijo de puta debe ser revolucionario, y la punta del resorte abre un surco en mi piel. ¿Me habrá escuchado?, y para colmo de males este tic-tac que me esta volviendo loco
PARÁ, RELOJ, PARÁ UN POCO.
Me levanto y lo sacudo, y el muy desgraciado se envalentona, porque ahora marca los segundos a una velocidad desmedida, y entonces el tic-tac, se acelera, y la aguja se vuelve loca y empieza a girar a como la rueda de un formula uno!
Ahhh, Noooo! Estas cosas a mi no me ganan!  
Viste!, no te dije yo?
Estoy sentado en el borde de la cama, con una mano trato de apagar el fuego de la almohada, y la otra la tengo suspendida en el aire…..
¿Cuánto tiempo pasó desde que el sonido del reloj reventándose en la pared se esfumó en el aire? Bueno, ahora nunca voy a saberlo, ya no hay un tic-tac que me de una idea!
Y Este resorte que se me clava en el culo!!!  Pero ni siquiera así puedo desviar la vista de los trozos de despertador que están desparramados, el numero doce me está mirando como si yo estuviera loco!
¿Pero que mierda te pasa? Jajajaja! Tu puta aguja no va a pasar mas por donde vos estabas!!  Jaja! Y miralo a tu compañero el “1”  Tan malo que aparentabas ser ¿Y ahora?
¿Quién se rie último?
Bueno, quizás el numero 12 tenía razón, si no bajo pronto la mano voy a terminar creyendo yo también que estoy loco, así que…… Aprovecho y me seco las gotas de sudor que recorren mi frente, porque este incendio me está deshidratando, y esta puta almohada que todavía humea! ¿o es mi cabeza?
Ya estoy harto!!  Me arden los ojos, y no hace falta ser oftalmólogo para adivinar que están irritados!
¿Qué es esa claridad? ¿y ese ruido?
Nooo!! ¿a quien se le ocurre mandar un mensaje a las …..¿que hora era?
Ya debe estar por amanecer, seguro, y yo no pegué un ojo!
Vos! Vos tenés la culpa obsesion!
¿Porqué tuviste que aparecer?
Mozoooooo!!!! La de Muzzaaaaaaa!!!
Tengo la boca pastosa, ya estoy cansado de prender y apagar los cigarrillos!
Bahh! Yo me levanto y me voy a trabajar!!
Por Dios!  Como me duelen las piernas! Lo mejor va a ser que me pida el día.
Ah, Uh! ¿Había llegado un mensaje? Noo, debe haber sido mi imaginación!
Ahí esta la luna!! Al fin!! Ah, no, es la luz del vecino! Pero que tipo imbécil éste!
Seguro que ahora enciende la radio a todo volumen, mejor que ni se le ocurra, porque como viene mi día, lo mando al carajo!
Entonces me acuesto de un golpe, y no puedo evitar sentir el resorte de nuevo que me atraviesa el muslo, pero ya no me importa.
Ay!! Si solo pudiera dejar de pensar. Probablemente podría dormir un poco.
Me tapo la cabeza con la almohada y la luz que proviene de la casa del vecino desaparece instantáneamente. Al fin algo de paz. Y entonces empiezo a notar que corren gotas de transpiración por todo mi cuerpo…. ¡¡Mierda!!  ¿En que momento me tape con la frazada?  Estoy ahogándome. Casi puedo percibir el olor a quemado que sale de mis oídos, reflejo de lo que ocurre en mi mente.
Yo no quemo caucho en el asfalto, pienso, quemo neuronas en mi lecho. Y vuelvo a reírme, esta vez con una carcajada desaforada, triste y frenética.
Decido que el numero 12 tenía razón. De un tirón me saco la manta de encima y con un bufido impaciente la arrojo al suelo, manoteo la almohada, la tiro hacia arriba y con furia desmedida le meto una patada que la envío al otro lado de la habitación. Veo su sombra en el aire, la veo descender con lentitud como si quisiera quedarse suspendida e imagino que esta levitando, y socarrona queda con medio cuerpo sobre el sofá que hay debajo de la ventana.
Siento sed y me levanto en busca de agua. Estoy enfurecido y mas que levantarme salto de la cama, y mi pie derecho acusa un golpe, sin embargo, de tan ofuscado que me siento apenas noto el pinchazo de un trozo de vidrio de lo que fue mi reloj, y que ahora se está haciendo carne en mi talón.
Probablemente esté sangrando, ¡¡pero que mierda…!! Tengo sed.
Es por la almohada que ahora se esta consumiendo en el sofá, haciéndose humo.
Viste, no me vas a joder más, le digo parado frente a ella y hago una mueca que demuestra mi satisfacción frente al enemigo derrotado.
¿Para que me paré?
Este vidriecito en el pie no me deja pensar.
Che, duele.
¡¡Mozoooo!! La de muzzaaaaa!!! Grito con lágrimas en los ojos. Y a los saltitos vuelvo a la cama. Me dejo caer pesadamente y dejo escapar un alarido sordo no exento de bronca.. “Pero que resorte de mierda”
Empiezo a respirar profundo, un poco para calmarme y otro poco por cansancio. Ahora sí, siento que los músculos están mas relajados, seguramente el sueño no tarda en llegar. Lo sé porque me pesan los parpados y me siento como en una sesión de hipnotismo, sí, incluso puedo sentir la voz zumbona del hipnotizador que acaricia mi oído, que se introduce en mi oreja y que…. ¿Qué mierda?... ¡¡Mosquitos!!
¿Qué más me puede faltar? Y se me viene a la cabeza mi imagen de niño, poniendo mosquitos moribundos en el camino inexorable del espiral, y esperar sentado y ansioso a que la brasa llegara por fin y hacer un nuevo mártir para la religión dengue!
Y me siento como un hombre que no sabe nadar en el medio del océano, dando lo que se suele llamar, manotazos de ahogado, estirando el brazo hacia arriba, con furia, dando brazadas al aire con desesperación, buscando acertarle a alguno de estos demonios alados, estos vampiros de mierda, que no se contentan solo con chuparme la sangre, como los políticos, sino que además se divierten quitándome el sueño, pasando en vuelo rasante por mi oídos, casi como si fueran japoneses kamikazes.
Me levanto de nuevo, totalmente fuera de mi, con la mente perturbada por el sueño, en alguna parte de mi cabeza se enciende una lucecita y de pronto sé que no debo apoyar mi talón en el piso, porque…. Bueno no me importa el porque, me alcanza con saber que no debo hacerlo, es, pienso, la última línea de defensa de mi cordura, y me aferro a ella, sonrío por mi suerte, Carajo, el numero 12 estaba equivocado!!

jueves, 20 de octubre de 2011

SuperHeroe

Estaba enojado, furioso, ya ni se porque. Iba pateando piedras con saña, les apuntaba y tiraba la patada. La tercera fue la vencida, como suele decirse, era mas grande de lo que me pareció al primer vistazo. La agarre de lleno con el dedo gordo, no se movió ni dos centímetros, era pesada. Lo que no puedo olvidar es el dolor en el pie. Me puse a dar saltos y alaridos como un loco, pues este percance me encegueció aun más, y completamente fuera de mí la tomé con ambas manos.

Fue el destino el que decidió que aquel gigantesco perro debía pasar por allí en ese instante, mas yo no vi un perro, vi un blanco sobre el cual descargar mi brote de ira, y sin pensármelo dos veces le arrojé el cascote. Durante las milésimas de segundo en que permaneció en el aire me sentí Guillermo Tell. Si Guillermo Tell hubiera tirado piedras en vez de flechas, y si su blanco hubiera sido un perro y no una manzana sobre la cabeza de su hijo.

Como te digo, esa sensación duro un instante, porque cuando escuche el aullido de dolor del pobre animal me sentí enfermo, bah, culpable, sentimiento este que hizo desvanecer la ira que me había invadido.

Mas sereno, me acerque al animal para ver si podía socorrerlo, durante dos pasos me sentí veterinario, claro, yo no contaba con que el pobre bicho pudiera sentirse ofendido por mi brusquedad.

Lo vi alzar la cabeza y sonreírme, recuerdo haber pensado que seria el actor perfecto para una publicidad de dentífrico canino, relucientes y brillantes eran todos los colmillos que me mostraba.

El sonido ronco que salio de su garganta me dio a entender que no era una sonrisa lo que me estaba regalando. Con el primer gruñido deduje que me estaba amenazando, y me sentí ofendido, por su desagradecimiento, pensando que yo solo me acercaba para ayudarlo.

Lo vi levantar el hocico y aullar al cielo, recuerdo que pensé en la película del hombre lobo que había estado viendo la noche anterior, y solté una carcajada, medio forzada en realidad, porque estaba destinada a aflojar los nervios y ahuyentar el temor que me producen estas películas.

(Ni hombres lobo, ni vampiros, ni fantasmas son cosas que me diviertan, pienso que uno no debe reírse de lo que no sabe, o no conoce)

Como sea, el perro se tomo a mal que yo me riera, y dio un paso al frente, amenazante. A esta altura yo ya no me sentía muy veterinario y rezaba para que me salieran alas, aunque me conformaba con empezar a sentirme maratonista por unas cuadras.

Nuevamente vi que alzaba el hocico, note un hilillo de sangre que corría entre sus ojos. Con la mirada fija en mi, olfateo el aire, se que olio mi miedo, porque volvió a mostrarme los dientes, y esta vez, si fue una sonrisa. Imagino que es la clase de sonrisa que pone el diablo cuando ve llegar nuevas almas al infierno, como una sonrisa de goce prematuro.

El asunto es que dio un paso mas hacia mi, que estaba paralizado de terror, flexiono las piernas y supe que se iba a abalanzar sobre mi.

Trague saliva y note como se me humedecían los ojos. Pensé que eso me pasaba por querer ayudar a los perros heridos.

Instintivamente di un paso atrás, despacio, tratando de aparentar una calma que estaba lejos de abrigar.

Sentí mi talón choca contra algo, y no me hizo falta ser adivino para saber que en un segundo me encontraría tirado en el piso completamente indefenso a merced de la bestia.

Tengo que admitir que me largue a llorar como un bebe cuando por el rabillo del ojo vi acercarse la sombra del perro, que evidentemente había hecho el juramento de deshacerse de mi, reduciéndome, moralmente primero, lo cual ya había logrado, para luego encargarse de despedazarme “a piaccere”.

Ahí fue cuando sucedió.

No lo vi llegar, ni se de donde salio. Pudo haberse materializado de la nada, como pudo haber bajado volando del cielo, o quizás salio de debajo de la tierra, lo cierto es que estaba ahí, a mi lado. Cuando voltee a mirarlo llevaba un palo en la mano derecha, y lo azuzaba en el aire.

Entre mis lágrimas lo vi resplandecer.

Caminaba recto, sin vacilar hacia el animal, gritándole que se fuera y mirándolo fijo a los ojos.

El perro reculo unos pasos, supongo que se lo pensó dos veces, enfrentarse a un tipo de ese tamaño no seria fácil ni para un mastin. Además era notorio que el hombre no le temía. Así que lo vi darse la vuelta y retirarse despacio, mirando por sobre el hombro, como si quisiera dar a entender que no había sido vencido, sino que se retiraba por propia voluntad, por no querer asesinar al hombre que lo enfrentaba.

Pero yo se que no era asi, porque lo vi en sus ojos, detrás de esa aparentemente digna retirada, estaba el terror. Miedo a ser destrozado por la fría mirada de este ser que había venido en mi ayuda.

El perro temió verse envuelto en una batalla que ningún animal, ni ser humano podría ganar.

¿Cómo se puede vencer a alguien que respira fuerza, cuya voluntad de hierro puede someter con el solo ímpetu de su mirada?

Ni siquiera le hizo falta golpearlo.

Eso era un Superhéroe, a mi no me engañan.

Quise levantarme, pero la caída había sido dura y me dolía terriblemente la pierna.

Senti dos manos que me alzaban del piso con facilidad, como si yo fuera de papel. Con una mano enjugo mis lagrimas y me sonrio. Te juro que esa sonrisa podria iluminar la noche mas oscura.

Me senti tranquilo. Sosego mi desbocado corazon con una caricia y me senti seguro.

Me habia salvado la vida.

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La señorita Mariana de sala verde se acerco a los chicos que estaban sentados en el patio, bajo la poderosa sombra del viejo nogal.

Chicos, es hora de ir a la salita, termino el recreo – dijo con dulzura.

Los tomo a ambos de la mano y con un guiño pregunto:

¿De que hablaban tan seriamente? –

Agustin, con la mirada radiante de orgullo respondio:

Le estaba contando de mi Papa. –

FIN

HERNAN CERONI

19/10/2011

lunes, 26 de septiembre de 2011

Mensajes

- Mi hijo esta confundido – dijo el viejo. Su voz dejaba traslucir un dejo de dolor.

Apesadumbrado por la situación tomo el teléfono dispuesto a explicarle por enésima vez el porque de su decisión.

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“No te equivoques” leyó en el display. Y se puso furioso.

- Y encima me amenaza – Le grito a nadie.

Los nervios le hacían temblar los dedos haciendo más difícil el teclear la respuesta. Aun así lo intentaba cuando el aparato vibro en sus manos interrumpiendo sus pensamientos.

“Ustedes son perfectos” decía el nuevo mensaje.

- Mas a mi favor – pensó – se volvió loco el viejo.-

Borro lo que llevaba escrito hasta el momento y completamente fuera de si, escribió:

“Son inferiores, no me arrodillare ante ellos”. Y sin pensárselo dos veces presiono violentamente la tecla SEND

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- Me apena que no me comprenda – dijo en voz alta.

- Déle tiempo – respondió una voz angelical a sus espaldas.

El viejo asintió despacio, comprendiendo.

Su rostro expreso ternura, y con infinita paciencia escribió:

“Hijo, debes hacerlo, porque ese es mi deseo”.

- Si lo tuviera delante mío – comento a su acompañante – seria mas fácil hacer que entre en razón - Y envió el mensaje.


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Lo leyó y entorno los ojos, decepcionado.

“No puedes pedirme algo así”

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- Creo que finalmente lo entendió – dijo completamente feliz. – Hoy lo amo mas que nunca, y se lo diré. -

“A ustedes los amo tanto como a ellos, lo sabes ¿verdad?”

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- ¿Amor? – pensó – Se esta poniendo viejo –

Y rió con carcajadas cínicas, las primeras que saldrían de sus delicados labios. Pero no serian las últimas.

“Muy bien” escribió, hizo una pausa deliberadamente.

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- Esta hecho – dijo, y brillo con mas intensidad que nunca.

Su acompañante no respondió, pero conocía a su hermano, y se permitió dudar.

“Gracias” repuso “Soy Feliz”

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Cuando finalmente llego la respuesta, el hijo amado, Luzbel, ya era “EL CAIDO” y haciendo honor a este nombre, se revolcaba en el piso llorando de risa.

Y escribió su último mensaje.

En el preciso instante en que presionaba SEND, su celular caía al piso envuelto en llamas.

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Dios se compadeció cuando lo leyó. Sabía que había nacido un nuevo orden de cosas.

Compungido, elimino el número de su hijo de su lista de contactos mientras trataba de reprimir una lágrima escurridiza.

- ¿Qué dice? – Pregunto Gabriel, que noto su desconsuelo.

Dios le paso el aparato y Gabriel leyó:

“Esta bien, entonces, me iré al infierno”

¿FIN?

Hernán Ceroni

23/09/2011

viernes, 12 de agosto de 2011

STAR (Estrella - Do)

No soy un ejemplo de vida, aun así hay muchísima gente que desea estar en mis zapatos, me adoran, me envidian, me desean. Pero yo se la verdad, ninguno lo soportaría, lo desean porque no lo tienen. Como eso de no enamorarse para no sufrir.

No saben lo que dicen, compran lo que ven, pero ninguno se preocupa en averiguar la verdad.

- En el fondo es solo una cuestión de actitud – me dijo un flaco hace mucho tiempo. Me acuerdo patente, acababa de levantar la cabeza de una montaña de polvo, y sonrió irónico. Morocho, con muchos rulos, rosarino.

Hace años tuvimos un cruce con muchos excesos verbales. Pero en ese momento éramos dos pibes unidos por la casualidad de las noches insomnes.

Pasó mucho tiempo. No se yo, pero él es un perfecto imbécil.

- Se la cree – me dijo una morocha cortándome el orgasmo ¿o era rubia?

Poco me importa ahora. Sé que hay miles ahí afuera, ahí abajo. Ríen, lloran, gritan. Todos drogados.

- No hay que generalizar – decía mi padre. Es lo único que me quedó de él, y no por haberlo escuchado de sus labios, sino porque me lo contó mi madre mientras lloraba tirada en el piso, al lado del sofá, enchastrada en su propio vómito de Whisky.

Bien, lo acepto, quizás no estén todos drogados, aunque en verdad no me importa, yo lo estaría. ¿O debería decir yo lo estuve? No, porque por más fanatismo o admiración que tuviera por los que consideraba ídolos, nunca se me ocurriría seguirlos hasta la muerte, ni metafórica ni literalmente hablando.

- Tranquilo – Me dice el tipo mientras observa de reojo como me estremezco en convulsiones, desviando la mirada de su revista.

Tiembla todo mi cuerpo y se me ocurre que lo hace al ritmo de los eufóricos gritos que provienen del exterior.

Oigo claramente la risa sardónica del chabón que vela mi integridad, aunque sé que hace años deje de ser íntegro, moral y físicamente. La ética me chupa un huevo y lo físico solo me importa ahora y porque me duele, y si hay algo que sé de mí, es que no soporto el dolor.

Lo último que veo antes de ver mi cerebro es el cielo raso. Celeste. Y la luz que se apaga lentamente, como si hubiera un bajón de energía gradual.

Y empiezo a….¿soñar?.... con las líneas que delimitan las partes de mi cerebro. Es instintivo, me relamo mientras veo a Hannibal Lecter tomar un trozo con una cuchara, y creo que debe ser porque siempre admire a los buenos cocineros.

A lo lejos escucho el estrépito de una silla al caer, y unos brazos vigorosos que me sacuden y cachetean al ritmo de unos insultos repetitivos.

Vuelvo a la realidad, mis ojos vuelven a darse vuelta. No se como, pero puedo ver al imbécil que me sacude, y siento su pútrido aliento a mentol gritándome en la cara.

- En mi turno no te vas a morir, pelotudo –

Si tan solo oliera a alcohol, que dulce aroma.

Levanto el brazo para estamparle un sopapo en la jeta, pero no funciona, ni siquiera puedo ver mi mano en el aire.

“Si estuviera ciego tampoco vería tu cara de estúpido” Pienso.

Y los músculos se endurecen, intento gritar que los calambres me están matando.

- Pareces un chancho degollado – oigo entre risas, y noto que no grito, sino que chillo, chillo y pataleo.

Pero no, ni chillo ni pataleo, ni levanto el brazo.

- Soltame flaco – le ruego con lagrimas – me aprietan las cintas.

Ni siquiera siento el pinchazo.

No hay relojes en la habitación, pero entra luz por la ventana aunque no soy conciente de eso.

Es de día, lo sé, pero no pienso en eso. Pueden haber pasado unos minutos, o unas horas…

¿Serán meses?

Me pincha la cara. Tengo la barba crecida…..Deben haber sido unos días.

Y la mujer que se me acerca, me levanta la cabeza de la almohada, me acerca una jeringa plástica a la boca y derrama agua dentro de ella.

Siento la lengua hinchada y reseca.

- Puta – tengo ganas de gritar.

Siento como apoya su mano en mi entrepierna. Se me pone dura….

Y me despierto. Sigo atado. Quiero dormir de nuevo.

Le ruego al muchacho que me pinche. Y ni siquiera levanta la cabeza, no se mueve…

¿Estará muerto?

¿Estaré muerto?

Las horas pasan y mi mente está completamente en blanco. No se porque se me viene a la cabeza una frase que escribí para una de mis canciones:

“Eso no es la nada, eso es blanco”.

Me río de mi mismo.

Siento frío.

Humedad.

Mi remera sube y baja pegada a mi abdomen, siguiendo mis respiraciones, incansable, inconmovible, como si fuera un cazador acechando a su presa.

Estoy empapado.

- Me hubiesen sacado la ropa si me iban a bañar – Le digo al aire, porque sé que no puedo emitir sonido alguno, lo sé como sé que matar está mal, aunque no me importan ninguna de las dos cosas.

Me sorprende que el pendejo levante la cabeza.

- ¿Hablaste? – Pregunta….

Me resulta muy difícil moverme, doloroso, pero aun así logro levantar un dedo…o eso creo…

Estoy en lo cierto, porque el pibe abre los ojos desorbitado. Se me acerca y paternalmente me acaricia la frente, apartándome los pelos de la cara. Repite el trámite de la jeringa plástica y siento con placer como un poco de agua que se me antoja helada resbala por mi garganta. Intento retener la humedad en la boca. Me relamo.

Con una sonrisa repite el proceso con diligencia, dos, tres veces.

- Estabas sediento – Me dice

Una mueca le hace creer que sonrío.

- Pensaba quedarme con tu remera – me dice con una carcajada – A mi también me gustan los pistols… Pero tengo visión de futuro, no me la iba a quedar eternamente….¿Te imaginas?... en unos años van a pagar una fortuna por esta remera, “la remera con la que murió Bringstone”….—

Ni siquiera sé de qué habla.

Y en mi cabeza comienzan a surgir imágenes. Me veo volando y sonrío…Caigo sobre millones de manos gritando “Imbéciles”. Y las manos me tocan, me trasladan….La música es estridente….Y yo soy feliz.

Vuelvo a dormirme plácidamente y veo a mis amigos rodeándome, todos desquiciados, desnudos…Algunos se masturban. Juancito peina una línea sobre el vientre de una pendeja.

Me despiertan los gritos.

¿Cuánto dormí?

Una risa burlona me responde:

- Meses –

- Pinchame –

- En la radio hoy te dedicaron un tema de La Polla Records, “Soy una estrella del rock”, y el pibe dijo que él también quería morir de sobredosis..—

- Pero yo no me morí –

La misma risa burlona me responde:

- ¿No pensarás que esto es un hospital? –

FIN

HERNÁN CERONI

12/08/2011

miércoles, 6 de abril de 2011

La Visión

Damián abrió los ojos sobresaltado. La oscuridad reinaba en el cuarto. Aún confuso, en la vigilia, no del todo despierto, creyó ver una oveja parada en dos patas, que, entre las sombras se le aparecía como un fantasma. Instintivamente y con la velocidad que el miedo le imprimía a sus movimientos, tomó la manta con ambas manos y se cubrió hasta la cabeza. El recuerdo de esa visión lo hacía temblar bajo las sábanas, sin embargo, allí oculto, sintiéndose mas seguro fue calmándose poco a poco logrando por fin, conciliar el sueño. Un sueño intranquilo, que lo hacía removerse inquieto en la cama.

No pasó mas de una hora hasta que despertó nuevamente, se incorporó y dirigió su mirada hacia donde anteriormente había visto aquella fantasmagórica aparición, esbozó una sonrisa cuando vió que la oveja seguía allí, pero esta vez recostada y durmiendo plácidamente.

“Era Ana” se dijo.

La oveja que vivía en el fondo.

Y notó con alegría que la apariencia fantasmal se debía al reflejo que producia en la ventana, la escasa luz de luna que se filtraba entre las nubes.

“En la mañana la voy a esquilar” pensó “por darme semejante susto”.

Esta idea hizo que sonriera, apoyó la cabeza en la almohada y con una carcajada, durmió feliz.

FIN

DAMIÁN ALEJANDRO ARIAS

HERNÁN HÉCTOR CERONI

25/03/2011

martes, 28 de diciembre de 2010

Derecho Al Delirio

Por Eduardo Galeano


Aunque no podemos adivinar el tiempo que será, sí que tenemos, al menos, el derecho de imaginar el que queremos que sea.

En 1948 y en 1976, las Naciones Unidas proclamaron extensas listas de derechos humanos; pero la inmensa mayoría de la humanidad no tiene más que el derecho de ver, oír y callar. ¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos, por un ratito? Vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible:

el aire estará limpio de todo veneno que no venga de los miedos humanos y de las humanas pasiones;

en las calles, los automóviles serán aplastados por los perros;

la gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por el televisor;

el televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas;

la gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar;

se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez, que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir nomás, como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que juega;

en ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a cumplir el servicio militar, sino los que quieran cumplirlo;

los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas;

los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas;

los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos;

los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas;

la solemnidad se dejará de creer que es una virtud, y nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo;

la muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes, y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero;

nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que cree justo en lugar de hacer lo que más le conviene;

el mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra;

la comida no será una mercancía, ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos;

nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión;

los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle;

los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos;

la educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla;

la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla;

la justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda;

una mujer, negra, será presidenta de Brasil y otra mujer, negra, será presidenta de los Estados Unidos de América; una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú;

en Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria;

la Santa Madre Iglesia corregirá las erratas de las tablas de Moisés, y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo;

la Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: «Amarás a la naturaleza, de la que formas parte»;

serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma;

los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados, porque ellos son los que se desesperaron de tanto esperar y los que se perdieron de tanto buscar;

seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de justicia y voluntad de belleza, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido, sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa o del tiempo;

la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses; pero en este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Siempre he querido ser escritor

Siempre he querido ser escritor

Por Ignacio del Valle.

Siempre he querido ser escritor. Pero me decían que para ser uno de los buenos, de esos que luego entierran en panteones y van a parar a los libros de texto, lo de menos era escribir. Lo esencial era ser un borracho y que te diera por las actitudes malditas, meterse coca, fumar porros, montar el caballo. El problema es que yo de hípica, poco, el alcohol me sentaba fatal, el humo me provocaba asma, y lo de meterme cosas por la nariz, igual que metérmelas por el culo: no me hacía ilusión. A cambio, iba ganando algún premio, me publicaron mi primera novelita. Pero nada, ellos erre que erre, que eso no valía porque para ser escritor, strictu sensu, había que estar contrito y deprimido todo el santo día, y solitario, y ambulatorio, con cara de ido. Que la felicidad estaba mal vista por los amos del cotarro. Sin embargo me resultaba difícil, incluso vergonzoso reconocerles que mi vida sexual iba estupendamente, y que no acababa de encontrarle sentido a lo trágico, a lo violento, a lo destructivo, como me repetían que había establecido un ruso hacía un par de siglos, que parecía ser una especie de guía Michelín para escritores, para los de verdad, me refiero. Mientras, me publicaron mi segunda novela y empezaron a hablar de mí en la capital. Pero ya les digo, que nada, que eso no era ser un escritor, me reiteraban: que por lo menos, aunque no me sintiese agobiado, tenía que añorar estarlo, tenía que sentirme intranquilo por no estar jodido, con depresión, por no fustigarme; y hablar de la muerte y el asco y la rabia y el hastío y la indignación y denunciar lo cretinos que eran todos menos los de nuestra tribu. Pero qué se le va a hacer, a mí el mundo no es que me pareciera un bicoca, pero tampoco era como ser del Atlético de Madrid, y que de momento a mí me abrazaban y me daban algún beso y la vajilla en mi casa seguía intacta. Y lo de los cretinos, en fin, que todos tenemos una mala tarde, ya lo decía Chiquito. Entretanto, me publicaron en el extranjero y ya tengo mi primer club de fans. Pero ahora han empezado a chillarme y a decirme que lo mío debería estar prohibido y que me van a dar un par de hostias porque mi nombre está empezando a sonar en premios muy gordos y yo sigo sin ser un siniestro total, como ellos. Que no, que no hay derecho, me recalcan. Y en los últimos tiempos, entre esporádicos lloriqueos, lo que más me echan en cara, lo que realmente les parece un crimen, es que en las entrevistas diga que sí, que efectivamente y en contra de su resolución, yo soy un escritor, uno que tiene esperanzas, pero lo peor, lo más ruin, lo más despreciable e indigno, lo que jamás me perdonarán, me gritan, es que me empeño en sonreír en la solapa de mis libros.

lunes, 6 de diciembre de 2010

El Des - Cuento

Ya sé que es una estupidez, pero no se puede esperar mucho mas de mi.
Por lo tanto, estoy pensando seriamente en continuar este disparate.
Mientras tanto, espero que a alguien le cause gracia, o que le produzca una sonrisa, aun cuando sea una sonrisa de pena.
Disfrutad Plebeyos.



En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, existió en un tiempo remoto, un rey generoso, que tenía fama de justo, y cuyo nombre era Alfonso, sus súbditos realmente felices y contentos con su manera equitativa y piadosa de gobernar, lo llamaban “El Sabio”. Era el décimo descendiente de su linaje, y provenía de una dinastía de grandes reyes.

Cuenta la historia que solía impartir justicia en un gran salón oval, ubicado en el centro de su palacio, que dicho sea de paso, tenía forma de pentágono, y que estaba confeccionado completamente de marfil. Cualquier turista desprevenido que entrara al pueblo y alzara la vista, lo primero que vería en la cima de la colina, sería una gran casa blanca.

Para completar un poco el cuadro de situación, o quizás solo para rellenar, diremos que a su distinguidísima majestad, le encantaba pescar, era su pasatiempo favorito, al que dedicaba gran parte de sus fines de semana, y como el salmón, era la especie que más abundaba en los ríos de su reino, era ésta, su presa predilecta. Solía hacerse acompañar por su trovador preferido, de nombre Andrés, un trotamundos, que llegaba al palacio una vez al mes, después de ganarse el pan con otros monarcas, pan que utilizaba para remojar en la salsa de calamares que el magnánimo rey Alfonso le hacía preparar por su jefe de cocineros en persona, para darle gusto al paladar de su artista.

Hechas las presentaciones correspondientes, volvamos a la historia.

Este príncipe, tenía su fama de ecuánime, muy bien ganada, y ya veremos porqué.

Un día, se presentaron ante él, dos mujeres, acusándose mutuamente de ladrona y utilizando contra la otra el epíteto de “robacunas”.

Ante semejante algarabía, el rey las hizo callar de inmediato, mediante la eficaz estrategia de hacerlas cachetear por el más fornido de sus guardias.

Es nuestro deber señalar que el susodicho centinela, cumplió su encargo con más vehemencia y premura de lo que hubiera cabido esperar, y me atrevo a conjeturar, que la casi imperceptible sonrisa que apareció en su rostro cuando recibió la orden, escondía cierto dejo de alegría que solo una persona acostumbrada a ser severamente castigada por sus superiores, podría entender.

Antes de dar la orden para que se expusiera el caso, su graciosísima Alteza, con su voz grave rugió:

Cuando yo era joven, “Robacunas”, en mi barrio, se le decía a aquella persona que buscaba o tenía amoríos con menores de edad. –

Ante la sorpresa que tal declaración produjo, y cuando notó que toda la corte fijaba, azorada, su vista en él, haciéndose el desentendido, ordenó proseguir.

Al tiempo escuchó los alegatos de las escandalosas contendientes, y entre las injurias que cada una se dedicaba, logró al fin comprender de que venía la cosa.

Ambas declaraban ser madres, lo que no encierra ningún misterio. El problema, venía porque las dos señoras aseguraban que un pequeño bulto dentro de una canasta, que sostenía otro de los guardias, (casualmente el mismo guardia que días atrás había encontrado flotando en el río, una canasta similar con un bebé adentro y que fue adoptado por la pareja real, bebé que finalmente habría de liberar a un pueblo oprimido de las garras esclavizadoras del descendiente de Alfonso, que se haría llamar Faraón, por haber leído muchos libros de aventuras en su niñez, haciendo separar las aguas de otro de los grandes ríos del reino…… pero eso en definitiva, es otra historia)

Decíamos pues, que el centinela, por orden del soberano, descubrió la manta con que se ocultaba aquel pequeño capullo de hombre, y vio el rey, que solo había un niño.

Es mío. – gritaba una – ella me lo robó – decía con lagrimas en los ojos, más por el ardor que sentía en sus mejillas, que por la posibilidad de perder a la criatura.

Impaciente, esperaba su antagonista el turno de hablar, para repetir las mismas frases.

Ahora, hay que hacerles justicia a las damas, y comentar, que ya no volvieron a interrumpirse, temerosas, claro está, de recibir otra andanada de mamporros, y si bien, no fue advertido por nadie, hay que destacar la tristeza, que esta obediencia le produjo al guardia.

Pidió el rey que comparecieran los testigos, y un silencio denso y atroz se cernió sobre el cuarto. Uno de los cortesanos tomó coraje y dando un paso adelante comunicó a Su Excelentísima Majestad, la ausencia de tales. (Tales, que no eran de la ciudad de Mileto, creo que vale la aclaración)

Al ver que no había la posibilidad de saber cual de las dos matronas era la verdadera madre del pequeño, si es que alguna lo era, pidió diez minutos para reflexionar, haciendo desalojar el salón. Cuando viose solo al fin, sacó del bolsillo de su real investidura una petaquita de ginebra. Ansioso, la vació de tres tragos y llamó a todos a que comparecieran nuevamente a su presencia.

Tú, mujer, ¿afirmas que este niño es tuyo? – Preguntó a una.

La aludida, tardó en responder porque se encontraba enviando puñaladas virtuales a su enemiga a través de su mirada, pero un codazo del guardia que se encontraba a su lado, la volvió a la realidad, y presto, emitió una afirmación gutural.

Con un revoleo de ojos, el rey, cuya tez estaba ahora más encendida, dirigió la misma pregunta a la otra dama, que respondió asintiendo con la cabeza.

Bien – dijo el todopoderoso señor, haciendo alarde de su sabiduría – Viendo que ninguna de las dos cede, y ambas insisten en afirmar que son las madres del niño, cosa que es sabido, harto imposible, por las leyes de la naturaleza, y porque ninguna quiere que la otra lo tenga como suyo, mi decisión, como saben, inapelable, desde que abolí los juzgados de última instancia, es que se parta al niño en dos, y se dé una mitad a cada una, y todos felices y contentos, ¡Carajo! – dijo, deseando en el fondo que se terminara la audición, para poder sacar la petaca que le quedaba en el otro bolsillo.

Quedaron todos atónitos, y nadie osó decir nada.

Me atrevo a sugerir que el odio irracional que las mujeres se tenían entre sí, hacía uso de todas sus facultades mentales, y de todo su cerebro, (es proverbial el hecho de que a las féminas les resulta imposible hacer dos cosas al mismo tiempo, mucho más aún si se trata de pensar), lo que debió haber impedido que escucharan el veredicto, porque siguieron matándose encarnizadamente con los ojos, sin advertir que un leñador tomaba al pequeño de una de sus rozagantes y regordetas piernitas.

Incluso se dice, que uno de los cortesanos, (chupamedias hay en todos lados), aplaudió sonoramente la decisión, y que dio vítores y alabanzas a la sabiduría de Su Alteza, en forma desmesurada.

Fue una de las últimas medidas que tomó el rey Alfonso. Fue duramente criticado en todos los medios de comunicación. Ni siquiera logró convencer a la plebe con el discurso que dio en cadena nacional, explicando que lo que pretendía era que la verdadera madre, por amor, renegara de su hijo, para salvarle la vida.

“Excusas inauditas” gritó furibunda toda la oposición.

También podemos tomar por cierto, el rumor que se propagó después, diciendo que el rey era sostenido desde atrás, durante el discurso, por aquel cortesano de fácil aplauso, para que no se cayera, debido a la mamúa que tenía.



Quizas..... Continuara.....

jueves, 28 de octubre de 2010

Escribo

Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo
escribir que escribo y tambien puedo verme ver que
escribo. Me recuerdo escribiendo ya y tambien
viendome que escribia. Y me veo recor dando que me
veo escribir y me recuerdo viendome recordar que
escribia y escribo viendome escribir que recuer do
haberme visto escribir que me veia escribir que
recordaba haberrne visto escribir que escribia y que
escribia que escribo que escribia. Tambien puedo
imaginarme escribiendo que ya habia escrito que me
imaginaria escribiendo que habia escrito que me
imaginaba escribiendo que me veo escribir que
escribo.
SALVADOR ELIZONDO, El Grafografo

jueves, 22 de julio de 2010

Muerte Súbita (Un Cuento de Fútbol)

Finalmente y después de muchos esfuerzos, logré unir dos de mis pasiones, el fútbol y la literatura.

Espero que les guste.



La pelota venía por el aire producto de un saque de arco, que más que un pase largo era un querer sacársela de encima, un tirarla lo más lejos posible, deseando que no volviera, o que tardara en regresar, el tiempo suficiente para que terminara el partido, y aunque en un principio parezca contradictorio, este deseo tenía mucho que ver con la confianza en sí mismo que se tenía el numero 1 del equipo azul.

Se jugaban las semifinales del campeonato en ese junio estival. La temperatura era baja, por lo menos eso decía el servicio meteorológico, aunque si se hubiese podido preguntar a los espectadores que atestaban las tribunas repletas, todos habrán asegurado que estaban en el infierno, transpirados por el abultamiento, acalorados por la pasión y con el alma completamente en llamas por la tensión lógica de estas instancias del campeonato. En tal caso, hubiese resultado imposible que escucharan la pregunta, tal el rugido sordo que bajaba de esa caldera que eran los tablones del estadio, y de que el mismísimo sol de verano, habría envidiado su calor.

Faltaban tres minutos para el final del segundo tiempo suplementario, cuatro o cinco, si al referí se le ocurría adicionar, cosa que nadie imaginaba debido al aburrido desarrollo del encuentro.

Tres minutos más, donde el equipo que convirtiera, pasaría a la final sin dejarle ninguna posibilidad al contrario de intentar reponerse, en los instantes posteriores y finales, con centros “a la olla”, debido a la instalación de lo que se conoce como “Gol de Oro”, lo que en el barrio y el potrero llamaríamos “Gol, Gana”.

Los 115 minutos anteriores, los 90 reglamentarios y los 25 de tiempo extra jugados hasta el momento, habían sido tediosos, casi sin llegadas claras para ninguno de los dos.

Se había jugado fuerte, como se dice, “metiendo pierna”, pero con lealtad. Anecdótico resulta el hecho de que hubo solo dos amonestados, y uno de ellos fue por protestar un fallo del juez.

Lo malo que había resultado el espectáculo lo justificarían días más tarde, los periodistas deportivos, diciendo que ambos equipos habían jugado con miedo a perder.

Y aquí, me permito un pequeño paréntesis para demostrar mi desacuerdo con tales argumentos, pues todo aquel que alguna vez jugó un partido, siquiera en el potrero del barrio, con el honor o la gaseosa en juego, sabe fehacientemente, que no se entra a una cancha con “miedo a perder”, por lo que me inclino a pensar que el partido había resultado así de trabado por los nervios que la instancia demandaban. Y mi argumento se ve respaldado por la cantidad inusitada de errores en los pases que ambos contendientes demostraron durante el juego, cosa que llevó a decir a algún relator falto de imaginación, que se habían prestado mucho la pelota.

Otra justificación, no menos significativa, de lo malo del partido, era la llovizna continua e incesante que no había dejado de caer, y que había hecho que el terreno de juego pareciera una pista de patinaje, donde los “players”, según diría Basile, no hubiesen tenido nada que envidiarles a los actores del “holiday on ice”. El césped se encontraba, por lo tanto, mojado, por lo que la velocidad de la pelota, se veía incrementada cuando ésta, tocaba el suelo, y en algunos sectores, como el lateral derecho que ahora defendía el equipo azul, había un claro ausente de pasto, y por defecto, se formaba un barrizal que hacía imposible dominar el esférico en ese espacio.

Debemos ser justos y decir también que en ningún lado se habían formado grandes charcos, un poco porque aún no llovía copiosamente, y otro poco por el buen drenaje del terreno.

Venía entonces, la pelota por el aire, Armando, el altísimo numero 9, se adelantó dos pasos, con la cabeza levantada y la mirada fija en la pelota, para escapar a su marcador y saltar así con más libertad. Llegó con lo justo para peinar la pelota y hacer que cambie de dirección levemente hacia la izquierda. Lo hizo mecánicamente, sin buscar hacer un pase o habilitar a algún compañero, y es que el cansancio empezaba a notarse, el larguísimo tiempo jugado, sumado a la tensión y a lo pesado que se encontraba el campo, hacía que los jugadores corrieran casi por compromiso, como si ya hubieran perdido las esperanzas de ganar, y hubiesen pactado resolver la disputa en los tiros penales.

Sin embargo, la peinada de Armando, encontró a su marcador obnubilado por el agotamiento, y sin reacción, por lo que ni siquiera sospechó el pique de Martín, el numero 8, que corría furioso hacia la redonda, como si sacara mas fuerzas de su cansancio, haciendo la famosa “diagonal hacia adentro”, soltándose de la línea lateral del terreno, “la raya”, en la jerga futbolera, e internándose en el campo, hacia delante, yendo en busca de la pelota, haciendo el recorrido mas corto para interceptarla.

Así fue que el numero 2 del equipo de casaca roja se quedó, como suele decirse, “clavado”, mientras Martín, con el empeine, mataba la pelota antes que tocara el suelo, pues estaba lo suficientemente lúcido para saber que si la dejaba picar, se le escaparía lejos.

Veloz de piernas, y utilizando la cadera, amago a escapar por a izquierda, por donde había llegado, y haciendo un quiebre de cintura, cual burrito Ortega, logró terminar de desarmar al ya desconcertado y fornido numero 2, que completamente exhausto y acalambrado se dejó caer al suelo, viendo trunco su esfuerzo por detenerlo, y observando como Martín huía hacia la derecha, con el balón dominado y el camino libre hacia ese arco que venía defendiendo hacía tantas temporadas. Y creyó ver también, en su delirio agónico, una estela de polvo de estrellas, como la cola de un cometa, y adivinó el surco, de un instante de sequedad, que iría dejando la pelota en su camino a la gloria.

Estalló la parcialidad local ante esta demostración de habilidad y grandeza, derramando, en forma de gritos y vítores, su regocijo, que bajaba a pique de las tribunas, como una catarata de aplausos, caudalosos, y tan húmedos de lagrimas esperanzadoras, que se confundían con la lluvia que empezaba a caer torrencial, como si Dios mismo se rindiera y llorara de alegría y fascinación por la belleza de esa jugada magistral.

Volaba Martín, acercándose al arco, y cada paso que daba le confería mas confianza a su pie derecho, que llevaba la pelota con leves empujones, dominándola y estrechando ese vínculo maestro e inigualable, haciendo de pie y pelota amigos inseparables, hermanos de sangre, soldados luchando codo a codo por mantener viva la esperanza de esos miles de fanáticos que en las tribunas henchían sus pecho de aire, esperando el desenlace feliz de la jugada, para exhalarlo en un grito triunfante.

Llegó fácil hasta el área grande, nadie lo había alcanzado, el 3 ya se había arrojado desde atrás inútilmente, pues ni siquiera el resbalón sobre el césped mojado, había logrado hacerlo llegar a los pies de Martín, que parecían volar, que levitaban a un centímetro del suelo, dándole un aire de bailarín clásico.

Y Martín veía que el arquero contrario se le venía encima, queriéndole achicar el ángulo de tiro, pero lo tenía sin cuidado, sabía como iba a definir, por venirlo soñando desde el inicio de esa alocada carrera.

Y en las tribunas se hizo el silencio, mientras Martín afianzaba el pie izquierdo en el suelo.

Los ojos de los aficionados se volvieron insólitamente grandes por la sorpresa, y Martín ya levantaba la pierna derecha para el remate.

La mitad del estadio rezaba para que entrara, y la otra mitad, para que no lo hiciera.

¿Y Dios? ¿A quién escucharía?

Y Martín giraba un poco el cuerpo, y abría el pie derecho para darle con la parte interna del botín, con la ya clara intención de acomodarla abajo, junto al segundo palo.

Fue en ese instante que el tiempo se detuvo, en ese momento cúlmine que la tierra dejó de girar, y en miles de almas, los corazones se detuvieron, y como si no quisiera ser menos, el corazón de Martín, también se detuvo.

Se escuchó el rugido de un trueno, y el haz de luz de un rayo, iluminó la silueta de un jugador tendido en el punto del penal, mientras la pelota llegaba mansita a las manos del arquero.

FIN

HERNÁN CERONI

21/07/2010