Todo el contenido de este blog es idea y produccion de Hernán Héctor Ceroni, ninguna parte del mismo puede ser reproducido, publicado, almacenado, o trasmitido total o parcialmente de manera alguna ni por ningun medio creado o por crearse, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopias sin previa autorización del autor.
Y tras bambalinas, operando entre las sombras, oculto a los ojos de los pequeños mortales. Maneja los hilos, el titiritero. Se rie de sus propios chistes, sin ningún temor al ridículo deja fluir su imaginación, improvisando diálogos y movimientos. Los muñecos no sufren, los muñecos no sienten, los títeres son esclavos de los caprichos de su dueño. ¿Por qué entonces habría de sentirse culpable? ¿Por qué entonces habría de tener escrúpulos? En este juego donde puede ser amo y señor, sentir que la embriaguez del poder lo inunda, y el titiritero la abraza con regocijo.
Y mientras tanto, en el escenario, el títere sin corazón no sufre el desamor y el dolor de la traición de su amada, aunque los espectadores más sensibles puedan empatizar con estos sentimientos, probablemente pensando más en sus propias experiencias.
Y ahí vemos los ademanes y gestos de desesperación que atormentan a nuestro héroe, impresos, claro está, por el corazón insensible de su director y guionista.
Y en la otra punta, vemos a la dama, ajena al llanto y a la angustia que su ingratitud ha desatado, la vemos sonreír, la vemos bailar, la vemos caminar bajo el sol.
No tiene corazón, pensará la audiencia conmovida por el corazón roto del héroe.
El titiritero, sabe que es asi, literalmente así.
Pero… ¿Realmente no tiene corazón?
Podríamos preguntar al desvalido varon, cuyos hombros caídos cuelgan como sostenidos por dos invisibles hilos.
Despechado, dirá que no. Que no lo tiene.
Enamorado, dirá que sí, aunque no le pertenezca.
¿Cuál sera la personalidad que el maestro le dió?
Ninguna. Es solo un muñeco. Piensan todos al salir del auditorio.
Ninguno, ni siquiera el hombre entre las sombras, lo verá llorar en silencio, acurrucado en el rincón oscuro de la caja donde reposa hasta la próxima función.
Es una creencia popular, que la muerte se encuentra presente como una nube oscura e invisible, sobre el lecho de la persona que está a punto de expirar, y creo que podríamos afirmar que esto es totalmente cierto.
También, nuestro temor a llegar al final de la vida corporal, (ya que el alma es inmortal), nos hace asociar la muerte con algo malo.
Hay que aclarar que la muerte existe, no como figura, sino como persona. Ella es un alma a la cual le ha tocado como trabajo enseñarnos el camino cuando dejamos nuestros cuerpos, pero no por eso es mala.
Creo que nosotros nos sentimos muy seguros encerrados dentro de nuestros cuerpos de carne y hueso, y es el temor a salir, a vagar libres lo que tenemos, y no a la muerte propiamente dicha.
Darío tenía una familia, dos hijas preciosas; Natalia de cuatro años y Nadia de dos. Tenía una esposa, Carolina, que lo esperaba cada día con la cena lista, con el baño preparado y con una sonrisa siempre viva en los labios. Ella sabía lo que Darío quería, y él sabía lo que ella quería. Entonces, siempre volvía con un ramo de rosas, o con un alfajor Toffi, que a ella tanto le gustaban, o simplemente le traía una tarjeta en blanco, con un TE AMO escrito burda, pero sinceramente.
Darío trabajaba en una fabrica de cacerolas, (metalurgia, solía repetir), desde hacía ocho años, no pensaba ascender, pero tampoco le interesaba. No tenía estudios, había dejado cuarto grado porque las circunstancias lo obligaron a salir a trabajar, pero tampoco se arrepentía, tenía por bien vivido lo vivido.
Tenía 32 años, y lo único que le importaba era su familia, amaba con devoción a Carolina, y sentía a sus dos hijas como parte de su alma.
Sentía que la vida, a pesar de haberle sido adversa durante sus primeros años, le había devuelto con creces, todo lo que había perdido, y que el cariño que no había recibido de chico, ahora le llegaba a montones a través de su familia.
Lo único que poseía era su pequeña casita en el barrio de Lanús, y su Fiat 1500, que cuidaba mas que a su vida. Era muy feliz con lo poco que tenía, y es mas que normal, ya que no es todo lo que tenemos lo que hace a la felicidad, sino cuanto lo disfrutamos, y él disfrutaba su vida a pleno.
Pero pasó, en el momento en que sucede ésta historia, La Muerte, como siempre, incansable, estaba trabajando. Tenía su ‘‘hoja de ruta’’, y aquel día debía pasar por Caseros, pues sabía que la policía mataría a una delincuente; inmediatamente tenía cita en el hospital de niños, donde un pequeño que había sido abandonado, no resistiría mucho tiempo.
Este trabajo, a La Muerte le gustaba, muchos creerán que esto es morboso, pero es que ellos no saben lo que viene después, y ella sí lo sabía, La Muerte, no mataba, liberaba almas, y esto sí la atraía.
Después de atender estos dos asuntos, debía pasar por Lanús, esto se leía claramente en su ‘‘hoja’’, pero no podía adivinar quien era ‘‘la victima’’, el nombre, se había borrado. Si era la mano del destino, o un simple accidente, no podía averiguarlo, en realidad, no tenía tiempo, inmediatamente después, habría un choque en Mar del Plata que requeriría su presencia.
Aquí se presentó el dilema, se adivinaba que la primera letra era una ‘D’, y la segunda una ‘a’, la tercera era ilegible, y la cuarta una ‘i’, finalmente, la última parecía una ‘o’. No lo pensó mucho tiempo, Darío se dijo, y como no sabía que causa liberaría ese alma, dispuso de su poder.
Darío volvía a su casa en su Fiat 1500, con un ramo de rosas en el asiento del acompañante, nunca supo como, pero sintió una sombra oscura e invisible sobre su cabeza, e inmediatamente su corazón dejó de latir. El Fiat se estrelló contra un árbol, y allí quedó detenido con el cuerpo sin vida en su interior.
Darío no entendía nada, veía desde el aire lo que parecía ser su auto, chocado contra un árbol, con un cuerpo dentro. Miró mas atentamente y le pareció un rostro conocido. Antes de llegar a asociar estas ideas, ante él se presentó una persona de traje negro, con una cruz brillante sobre el pecho.
— ¿Quién sos? — preguntó Darío.
— Yo, soy La Muerte, y ahora he de guiarte hasta tu próxima morada.— respondió con una sonrisa entre los labios.
— Acaso estoy muerto.— reflexionó Darío en voz alta, y se dio cuenta que no se sentía ni atemorizado, ni sorprendido, sin embargo, le pareció correcto exigir una explicación, y así lo hizo.
La Muerte, mostrándole la ‘‘hoja de ruta’’, le explicó:
— Ves, aquí está tu nombre, inclusive tu dirección, Tucumán 1238. —
Darío, con una expresión grave en el rostro, le indicó que su dirección era Tucumán 1258, y que en el 1238, vivía un anciano que padecía cáncer, cuyo nombre era David.
La Muerte, con la duda metida en la cabeza, le indicó que lo siguiera.
— Vamos a hablar con el jefe.— dijo simplemente. Y partieron rápidamente, dejando todo lo demás para otro momento. Ese día no hubo choques en Mar del Plata.
Ante el creador se presentaron, y expusieron el caso.
Claramente se notaba el arañazo que la supuesta ‘o’, tenía a su derecha, como complemento de lo que había sido una ‘d’.
— Yo no puedo devolverte la vida que tenías antes, como compensación por el error de mi obrero, — dijo el SER SUPREMO. — Pero puedo darte una nueva y mejor si es eso lo que deseas.—
— No quiero otra que la misma que ya tenía. — respondió Darío con inquebrantable resolución. — Pero si es imposible hasta para ti, entonces esperaré aquí a mi esposa, hasta que llegue el momento de volver a estar juntos. — dijo con una falsa resignación dibujada en el rostro.
Dio media vuelta, y vio lo que jamás pensara ver, por el rostro pálido de La Muerte, corrían como gotas de rocío, lagrimas brillantes, que al caer se transformaban en preciosas perlas, que abrían surcos en las nubes, a sus pies.
Agachando la cabeza, dijo La Muerte:
— Huye por esos huecos que en las nubes voy dejando, pues esta es la única vez que me arrepiento de haber liberado un alma. He visto el dolor que cause en tu familia, y créeme que me arrepiento, ahora hazme caso, y jamás digas que has visto llorar a La Muerte.—
Darío se escapó por el hueco de la nube.
6:30 hs. de la mañana, sintió el sonido dulce de la voz de Carolina:
— Vamos, mi amor, tenés que ir a la fabrica.—
Se incorporó sonriendo, creyendo que todo lo había soñado, pero junto al reloj despertador, encontró una perla.
Ese día no fue a trabajar, tomó la perla, y la dio a la viuda del anciano David, que esa misma noche, había muerto de cáncer.
En una noche que anuncia la llegada del invierno, con la temperatura más baja de lo que debiera para el otoño, el vapor del aliento se entremezclaba con el humo del cigarrillo que escapaba de mi boca.
Estaba contento por ser primer día hábil del mes, lo que abultaba un poco mi escuálida cuenta bancaria. Era de esos días en que puedo darme algún gustito, nada extravagante, pero me permito un alfajor, o una gaseosa en los días de verano.
Sentí, de repente, la punzada del hambre, y las paredes de mi estómago se cerraron como una prensa.
Generalmente espero a llegar a casa para cenar, no es habitual en mi actual estado económico, que gaste dinero en panchos, sándwiches o cualquier especie de tentempié en el camino, pero esta vez noté que las piernas me temblaban, como debilitadas. Tomé la decisión de detenerme a probar algún bocado. No puedo mentir, tampoco me costó tanto decidirme, como sí lo hubiera hecho de haber estado a mitad del mes, también es probable que el temblor y el desfallecimiento de mis extremidades fuera solo psicológico, porque sabía que podía darme ese “lujo”.
Me dirigí entonces, tranquilo y sonriente a una estación de venta de GNC, de esas típicas paradas obligadas de taxistas nocturnos, con un vendedor gordo y barbudo, compinche de todos los habitués del lugar. Era uno de esos antros que sin ser oscuro, (a decir verdad la luz era exagerada), están llenos de miradas nada amigables para con un desconocido. Me sentí inmerso en una vieja película yankee, donde el turista desprevenido se mete sin saber en un restaurante de pueblo chico, donde solo recibe miradas de desprecio, sin ninguna curiosidad, desdeñosas y descaradas.
No soy de amedrentarme fácilmente, así que apoyando la mochila en un lugar vacío de la barra, le pregunté al obeso despachante que tenía para comer.
– Pebetes – me dijo sin siquiera dirigirme la mirada, que estaba pendiente de la rítmica danza de un culo en la TV, mientras los parroquianos se reían por lo bajo.
Del aparato escapó la voz de Tinelli, y comprendí el nivel cultural de los presentes, por lo que no me sentí aludido por las bromas que gastaban aquellos seres.
– Cocido y queso – le espeté de repente con la absoluta seguridad de quien sabe lo que quiere.
Gruño el barbudo y me dirigió una mirada de odio.
– ¿Te lo preparo? – preguntó el muy sinvergüenza.
Pensé que era obvio, que si se lo pedí, debía hacerlo.
Me sentí confundido por el gruñido, no sabiendo si atribuirlo al hecho de que mi impertinencia lo hiciera trabajar, o si solo estaba molesto por tener que salir del hipnotismo en que el culo lo había sumido. Más mi confusión fue mas efímera que la vida de los mortales para los Dioses, porque comprendí con la velocidad de la luz que aquel tunante se tomaría su tiempo para preparar el bocado, dejándome esperando como parte de su venganza por mi intromisión. Incluso juzgue que sería muy capaz de intentar alguna jugarreta, como poner un moco en el sándwich, o quizás un escupitajo. Más no fue eso lo que me hizo cambiar de opinión, sino más bien el hecho de pensar que por culpa de la desidia que pudiera tener, yo perdiera el ómnibus a casa y tuviera luego, que esperar una hora más.
– Dejálo – exclamé – si lo tenés que preparar dejálo –
El grupo de cabezas que estaban absortas en el culo que transmitía el televisor, giró en redondo, todas a un tiempo, como si siguieran una coreografía previamente ensayada, y debo decir en su honor, que de ser así, les había salido a la perfección.
Para mi satisfacción, noté sorpresa en sus miradas, y deduje que ningún “forastero”, jamás se había atrevido a deshacer una orden en aquel recinto diabólico, y esto me causo placer.
Con qué poco se puede sentir satisfecho un hombre.
Sonriendo por mi victoria ante los neanderthales, redoblé la apuesta:
– Dame ese de salame y queso que tenés ahí – le dije mientras señalaba con el dedo una vitrina sobre el mostrador.
Los ojos del diablo disfrazado de tendedero estaban inyectados en sangre.
“La sangre en el ojo” me dije satisfecho.
Noté como resaltaba una vena en su grueso cogote.
Sin demostrar ninguna emoción, (tampoco soy estúpido), saqué mi billetera de la mochila.
– ¿Lo comes acá? – me preguntó con aparente serenidad y un dejo de suspicacia, al tiempo que miraba de reojo a sus coterráneos.
Uno de estos simios, hizo un ruido al sorber de su pocillo de café, estaba clarísimo que mi presencia no era bienvenida, y que si decidía quedarme a cenar ahí, harían que fuera aún más notorio este rechazo.
Negué con la cabeza, aunque lejos estaba de hacerlo por temor a estos tipos, sino que mi imaginación se encontraba ya, en la parada del colectivo.
Y aquí empezó su venganza.
Con la billetera en la mano lo miré inquisitivo. No hubo necesidad de expresar frase alguna, entendió mi mudo interrogante a la perfección.
– Ocho – dijo ocultando su satisfacción.
Uno de los cromañones susurró algo y su vecino inmediato festejó el chiste con una risotada que me hizo pensar en los rudos caballeros nórdicos de las historias.
Sin embargo, reconozco que de haber allí un espejo, hubiera visto como mis ojos se salían de sus orbitas ante tamaña sorpresa, (tamaña por lo desorbitarne del monto, se entiende).
De todas formas el tipo no se inmutó, ni se sintió aludido por mi grito ahogado, se limitó a meter el pebete en una bolsita de papel madera y tenderla frente a mí.
A pesar de mi sorpresa reaccioné y con rencor sordo apoyé un billete de 10$ al lado de mi cena.
Reconocí mi derrota.
Satisfecho, el holgazán, tomo el dinero, y con ademanes suaves y despreocupados, procedió a guardarlo en la caja. Depositó el vuelto ante mí, pero sin mirarme.
Ofuscado, levanté los ojos y vi que sonreía estúpidamente, pero supe que ya se había olvidado de mí cuando noté el hilillo de baba en la comisura de sus labios, otra vez concentraba su simiesca atención en el culo danzante.
– ¿Mayonesa? – pregunté en último esfuerzo por molestarlo. Lo vi mover la cabeza en ademán negativo, aunque sus pupilas no se movieron, obnubiladas como estaban por ese hilo de tanga roja que surcaba el culo de durazno.
Me di por vencido.
“Al diablo”, me dije “tengo mi comida”
Abrí la puerta corrediza y me fui sin saludar, aunque no lo suficientemente rápido como para no sentir la mirada despectiva que se clavaba en mi nuca.
Me prometí no volver allí, aunque sé por experiencia que es el único lugar abierto a esas horas de la noche. La promesa la confirmé cuando le quité el envoltorio al sándwich. Lo tomé entre mis manos e hice presión, más el desgraciado no se inmutó, no logré aplastarlo siquiera un milímetro, el pebete era del día anterior.
Mascullé entre dientes una afrenta a los dioses, cosa que no debí hacer porque se enfurecieron aún más, y en vez de apiadarse, obraron un milagro, a favor del tabernero, claro, porque hicieron desaparecer el queso que quedó reducido a una minúscula y desafiante feta del grosor de un papel de calcar.
Miré el sándwich con tristeza, y con las pocas ganas que me quedaban me lo llevé a la boca. El mordisco no fue suave como me hubiera gustado, sino que tuve que tironear como un gato sin dientes con un pedazo de bofe. Cuando por fin creí haber cortado el salame, noté que en realidad la feta de fiambre había salido entera, y que vergonzosamente me colgaba de los labios como un apéndice de mi lengua.
Luché estoicamente con mi cena, y salí vencido.
Pregúntenle al perro vagabundo que por casualidad pasó por allí. Estoy convencido que mañana lo volveré a ver, después de todo, para él, debe haber sido la mejor comida en años.
Ahora, sentado en el colectivo, y con el estómago rugiendo de hambre, lo único que se me ocurre es que la evolución, en mi caso, no es un avance sino un retroceso.
El hombre de las cavernas, venció con astucia al Homo Sapiens.
Estaba enojado, furioso, ya ni se porque. Iba pateando piedras con saña, les apuntaba y tiraba la patada. La tercera fue la vencida, como suele decirse, era mas grande de lo que me pareció al primer vistazo. La agarre de lleno con el dedo gordo, no se movió ni dos centímetros, era pesada. Lo que no puedo olvidar es el dolor en el pie. Me puse a dar saltos y alaridos como un loco, pues este percance me encegueció aun más, y completamente fuera de mí la tomé con ambas manos.
Fue el destino el que decidió que aquel gigantesco perro debía pasar por allí en ese instante, mas yo no vi un perro, vi un blanco sobre el cual descargar mi brote de ira, y sin pensármelo dos veces le arrojé el cascote. Durante las milésimas de segundo en que permaneció en el aire me sentí Guillermo Tell. Si Guillermo Tell hubiera tirado piedras en vez de flechas, y si su blanco hubiera sido un perro y no una manzana sobre la cabeza de su hijo.
Como te digo, esa sensación duro un instante, porque cuando escuche el aullido de dolor del pobre animal me sentí enfermo, bah, culpable, sentimiento este que hizo desvanecer la ira que me había invadido.
Mas sereno, me acerque al animal para ver si podía socorrerlo, durante dos pasos me sentí veterinario, claro, yo no contaba con que el pobre bicho pudiera sentirse ofendido por mi brusquedad.
Lo vi alzar la cabeza y sonreírme, recuerdo haber pensado que seria el actor perfecto para una publicidad de dentífrico canino, relucientes y brillantes eran todos los colmillos que me mostraba.
El sonido ronco que salio de su garganta me dio a entender que no era una sonrisa lo que me estaba regalando. Con el primer gruñido deduje que me estaba amenazando, y me sentí ofendido, por su desagradecimiento, pensando que yo solo me acercaba para ayudarlo.
Lo vi levantar el hocico y aullar al cielo, recuerdo que pensé en la película del hombre lobo que había estado viendo la noche anterior, y solté una carcajada, medio forzada en realidad, porque estaba destinada a aflojar los nervios y ahuyentar el temor que me producen estas películas.
(Ni hombres lobo, ni vampiros, ni fantasmas son cosas que me diviertan, pienso que uno no debe reírse de lo que no sabe, o no conoce)
Como sea, el perro se tomo a mal que yo me riera, y dio un paso al frente, amenazante. A esta altura yo ya no me sentía muy veterinario y rezaba para que me salieran alas, aunque me conformaba con empezar a sentirme maratonista por unas cuadras.
Nuevamente vi que alzaba el hocico, note un hilillo de sangre que corría entre sus ojos. Con la mirada fija en mi, olfateo el aire, se que olio mi miedo, porque volvió a mostrarme los dientes, y esta vez, si fue una sonrisa. Imagino que es la clase de sonrisa que pone el diablo cuando ve llegar nuevas almas al infierno, como una sonrisa de goce prematuro.
El asunto es que dio un paso mas hacia mi, que estaba paralizado de terror, flexiono las piernas y supe que se iba a abalanzar sobre mi.
Trague saliva y note como se me humedecían los ojos. Pensé que eso me pasaba por querer ayudar a los perros heridos.
Instintivamente di un paso atrás, despacio, tratando de aparentar una calma que estaba lejos de abrigar.
Sentí mi talón choca contra algo, y no me hizo falta ser adivino para saber que en un segundo me encontraría tirado en el piso completamente indefenso a merced de la bestia.
Tengo que admitir que me largue a llorar como un bebe cuando por el rabillo del ojo vi acercarse la sombra del perro, que evidentemente había hecho el juramento de deshacerse de mi, reduciéndome, moralmente primero, lo cual ya había logrado, para luego encargarse de despedazarme “a piaccere”.
Ahí fue cuando sucedió.
No lo vi llegar, ni se de donde salio. Pudo haberse materializado de la nada, como pudo haber bajado volando del cielo, o quizás salio de debajo de la tierra, lo cierto es que estaba ahí, a mi lado. Cuando voltee a mirarlo llevaba un palo en la mano derecha, y lo azuzaba en el aire.
Entre mis lágrimas lo vi resplandecer.
Caminaba recto, sin vacilar hacia el animal, gritándole que se fuera y mirándolo fijo a los ojos.
El perro reculo unos pasos, supongo que se lo pensó dos veces, enfrentarse a un tipo de ese tamaño no seria fácil ni para un mastin. Además era notorio que el hombre no le temía. Así que lo vi darse la vuelta y retirarse despacio, mirando por sobre el hombro, como si quisiera dar a entender que no había sido vencido, sino que se retiraba por propia voluntad, por no querer asesinar al hombre que lo enfrentaba.
Pero yo se que no era asi, porque lo vi en sus ojos, detrás de esa aparentemente digna retirada, estaba el terror. Miedo a ser destrozado por la fría mirada de este ser que había venido en mi ayuda.
El perro temió verse envuelto en una batalla que ningún animal, ni ser humano podría ganar.
¿Cómo se puede vencer a alguien que respira fuerza, cuya voluntad de hierro puede someter con el solo ímpetu de su mirada?
Ni siquiera le hizo falta golpearlo.
Eso era un Superhéroe, a mi no me engañan.
Quise levantarme, pero la caída había sido dura y me dolía terriblemente la pierna.
Senti dos manos que me alzaban del piso con facilidad, como si yo fuera de papel. Con una mano enjugo mis lagrimas y me sonrio. Te juro que esa sonrisa podria iluminar la noche mas oscura.
Me senti tranquilo. Sosego mi desbocado corazon con una caricia y me senti seguro.
“No te equivoques” leyó en el display. Y se puso furioso.
-Y encima me amenaza – Le grito a nadie.
Los nervios le hacían temblar los dedos haciendo más difícil el teclear la respuesta. Aun así lo intentaba cuando el aparato vibro en sus manos interrumpiendo sus pensamientos.
“Ustedes son perfectos” decía el nuevo mensaje.
-Mas a mi favor – pensó – se volvió loco el viejo.-
Borro lo que llevaba escrito hasta el momento y completamente fuera de si, escribió:
“Son inferiores, no me arrodillare ante ellos”. Y sin pensárselo dos veces presiono violentamente la tecla SEND
Cuando finalmente llego la respuesta, el hijo amado, Luzbel, ya era“EL CAIDO” y haciendo honor a este nombre, se revolcaba en el piso llorando de risa.
Y escribió su último mensaje.
En el preciso instante en que presionaba SEND, su celular caía al piso envuelto en llamas.
No soy un ejemplo de vida, aun así hay muchísima gente que desea estar en mis zapatos, me adoran, me envidian, me desean. Pero yo se la verdad, ninguno lo soportaría, lo desean porque no lo tienen. Como eso de no enamorarse para no sufrir.
No saben lo que dicen, compran lo que ven, pero ninguno se preocupa en averiguar la verdad.
-En el fondo es solo una cuestión de actitud – me dijo un flaco hace mucho tiempo. Me acuerdo patente, acababa de levantar la cabeza de una montaña de polvo, y sonrió irónico. Morocho, con muchos rulos, rosarino.
Hace años tuvimos un cruce con muchos excesos verbales. Pero en ese momento éramos dos pibes unidos por la casualidad de las noches insomnes.
Pasó mucho tiempo. No se yo, pero él es un perfecto imbécil.
-Se la cree – me dijo una morocha cortándome el orgasmo ¿o era rubia?
Poco me importa ahora. Sé que hay miles ahí afuera, ahí abajo. Ríen, lloran, gritan. Todos drogados.
-No hay que generalizar – decía mi padre. Es lo único que me quedó de él, y no por haberlo escuchado de sus labios, sino porque me lo contó mi madre mientras lloraba tirada en el piso, al lado del sofá, enchastrada en su propio vómito de Whisky.
Bien, lo acepto, quizás no estén todos drogados, aunque en verdad no me importa, yo lo estaría. ¿O debería decir yo lo estuve? No, porquepor más fanatismo o admiración que tuviera por los que consideraba ídolos, nunca se me ocurriría seguirlos hasta la muerte, ni metafórica ni literalmente hablando.
-Tranquilo – Me dice el tipo mientras observa de reojo como me estremezco en convulsiones, desviando la mirada de su revista.
Tiembla todo mi cuerpo y se me ocurre que lo hace al ritmo de los eufóricos gritos que provienen del exterior.
Oigo claramente la risa sardónica del chabón que vela mi integridad, aunque sé que hace años deje de ser íntegro, moral y físicamente. La ética me chupa un huevo y lo físico solo me importa ahora y porque me duele, y si hay algo que sé de mí, es que no soporto el dolor.
Lo último que veo antes de ver mi cerebro es el cielo raso. Celeste. Y la luz que se apaga lentamente, como si hubiera un bajón de energía gradual.
Y empiezo a….¿soñar?.... con las líneas que delimitan las partes de mi cerebro. Es instintivo, me relamo mientras veo a Hannibal Lecter tomar un trozo con una cuchara, y creo que debe ser porque siempre admire a los buenos cocineros.
A lo lejos escucho el estrépito de una silla al caer, y unos brazos vigorosos que me sacuden y cachetean al ritmo de unos insultos repetitivos.
Vuelvo a la realidad, mis ojos vuelven a darse vuelta. No se como, pero puedo ver al imbécil que me sacude, y siento su pútrido aliento a mentol gritándome en la cara.
-En mi turno no te vas a morir, pelotudo –
Si tan solo oliera a alcohol, que dulce aroma.
Levanto el brazo para estamparle un sopapo en la jeta, pero no funciona, ni siquiera puedo ver mi mano en el aire.
“Si estuviera ciego tampoco vería tu cara de estúpido” Pienso.
Y los músculos se endurecen, intento gritar que los calambres me están matando.
-Pareces un chancho degollado – oigo entre risas, y noto que no grito, sino que chillo, chillo y pataleo.
Pero no, ni chillo ni pataleo, ni levanto el brazo.
-Soltame flaco – le ruego con lagrimas – me aprietan las cintas.
Ni siquiera siento el pinchazo.
No hay relojes en la habitación, pero entra luz por la ventana aunque no soy conciente de eso.
Es de día, lo sé, pero no pienso en eso. Pueden haber pasado unos minutos, o unas horas…
¿Serán meses?
Me pincha la cara. Tengo la barba crecida…..Deben haber sido unos días.
Y la mujer que se me acerca, me levanta la cabeza de la almohada, me acerca una jeringa plástica a la boca y derrama agua dentro de ella.
Siento la lengua hinchada y reseca.
-Puta – tengo ganas de gritar.
Siento como apoya su mano en mi entrepierna. Se me pone dura….
Y me despierto. Sigo atado. Quiero dormir de nuevo.
Le ruego al muchacho que me pinche. Y ni siquiera levanta la cabeza, no se mueve…
¿Estará muerto?
¿Estaré muerto?
Las horas pasan y mi mente está completamente en blanco. No se porque se me viene a la cabeza una frase que escribí para una de mis canciones:
“Eso no es la nada, eso es blanco”.
Me río de mi mismo.
Siento frío.
Humedad.
Mi remera sube y baja pegada a mi abdomen, siguiendo mis respiraciones, incansable, inconmovible, como si fuera un cazador acechando a su presa.
Estoy empapado.
-Me hubiesen sacado la ropa si me iban a bañar – Le digo al aire, porque sé que no puedo emitir sonido alguno, lo sé como sé que matar está mal, aunque no me importan ninguna de las dos cosas.
Me sorprende que el pendejo levante la cabeza.
-¿Hablaste? – Pregunta….
Me resulta muy difícil moverme, doloroso, pero aun así logro levantar un dedo…o eso creo…
Estoy en lo cierto, porque el pibe abre los ojos desorbitado. Se me acerca y paternalmente me acaricia la frente, apartándome los pelos de la cara. Repite el trámite de la jeringa plástica y siento con placer como un poco de agua que se me antoja helada resbala por mi garganta. Intento retener la humedad en la boca. Me relamo.
Con una sonrisa repite el proceso con diligencia, dos, tres veces.
-Estabas sediento – Me dice
Una mueca le hace creer que sonrío.
-Pensaba quedarme con tu remera – me dice con una carcajada – A mi también me gustan los pistols… Pero tengo visión de futuro, no me la iba a quedar eternamente….¿Te imaginas?... en unos años van a pagar una fortuna por esta remera, “la remera con la que murió Bringstone”….—
Ni siquiera sé de qué habla.
Y en mi cabeza comienzan a surgir imágenes.Me veo volando y sonrío…Caigo sobre millones de manos gritando “Imbéciles”. Y las manos me tocan, me trasladan….La música es estridente….Y yo soy feliz.
Vuelvo a dormirme plácidamente y veo a mis amigos rodeándome, todos desquiciados, desnudos…Algunos se masturban. Juancito peina una línea sobre el vientre de una pendeja.
Me despiertan los gritos.
¿Cuánto dormí?
Una risa burlona me responde:
-Meses –
-Pinchame –
-En la radio hoy te dedicaron un tema de La Polla Records, “Soy una estrella del rock”, y el pibe dijo que él también quería morir de sobredosis..—
Damián abrió los ojos sobresaltado. La oscuridad reinaba en el cuarto. Aún confuso, en la vigilia, no del todo despierto, creyó ver una oveja parada en dos patas, que, entre las sombras se le aparecía como un fantasma. Instintivamente y con la velocidad que el miedo le imprimía a sus movimientos, tomó la manta con ambas manos y se cubrió hasta la cabeza. El recuerdo de esa visión lo hacía temblar bajo las sábanas, sin embargo, allí oculto, sintiéndose mas seguro fue calmándose poco a poco logrando por fin, conciliar el sueño.Un sueño intranquilo, que lo hacía removerse inquieto en la cama.
No pasó mas de una hora hasta que despertó nuevamente, se incorporó y dirigió su mirada hacia donde anteriormente había visto aquella fantasmagórica aparición, esbozó una sonrisa cuando vió que la oveja seguía allí, pero esta vez recostada y durmiendo plácidamente.
“Era Ana” se dijo.
La oveja que vivía en el fondo.
Y notó con alegría que la apariencia fantasmal se debía al reflejo que producia en la ventana, la escasa luz de luna que se filtraba entre las nubes.
“En la mañana la voy a esquilar” pensó “por darme semejante susto”.
Esta idea hizo que sonriera, apoyó la cabeza en la almohada y con una carcajada, durmió feliz.
Ya sé que es una estupidez, pero no se puede esperar mucho mas de mi. Por lo tanto, estoy pensando seriamente en continuar este disparate. Mientras tanto, espero que a alguien le cause gracia, o que le produzca una sonrisa, aun cuando sea una sonrisa de pena. Disfrutad Plebeyos.
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, existió en un tiempo remoto, un rey generoso, que tenía fama de justo, y cuyo nombre era Alfonso, sus súbditos realmente felices y contentos con su manera equitativa y piadosa de gobernar, lo llamaban “El Sabio”. Era el décimo descendiente de su linaje, y provenía de una dinastía de grandes reyes.
Cuenta la historia que solía impartir justicia en un gran salón oval, ubicado en el centro de su palacio, que dicho sea de paso, tenía forma de pentágono, y que estaba confeccionado completamente de marfil. Cualquier turista desprevenido que entrara al pueblo y alzara la vista, lo primero que vería en la cima de la colina, sería una gran casa blanca.
Para completar un poco el cuadro de situación, o quizás solo para rellenar, diremos que a su distinguidísima majestad, le encantaba pescar, era su pasatiempo favorito, al que dedicaba gran parte de sus fines de semana, y como el salmón, era la especie que más abundaba en los ríos de su reino, era ésta, su presa predilecta. Solía hacerse acompañar por su trovador preferido, de nombre Andrés, un trotamundos, que llegaba al palacio una vez al mes,después de ganarse el pan con otros monarcas, pan que utilizaba para remojar en la salsa de calamares que el magnánimo rey Alfonso le hacía preparar por su jefe de cocineros en persona, para darle gusto al paladar de su artista.
Hechas las presentaciones correspondientes, volvamos a la historia.
Este príncipe, tenía su fama de ecuánime, muy bien ganada, y ya veremos porqué.
Un día, se presentaron ante él, dos mujeres, acusándose mutuamente de ladrona y utilizando contra la otra el epíteto de “robacunas”.
Ante semejante algarabía, el rey las hizo callar de inmediato, mediante la eficaz estrategia de hacerlas cachetear por el más fornido de sus guardias.
Es nuestro deber señalar que el susodicho centinela, cumplió su encargo con más vehemencia y premura de lo que hubiera cabido esperar, y me atrevo a conjeturar, que la casi imperceptible sonrisa que apareció en su rostro cuando recibió la orden, escondía cierto dejo de alegría que solo una persona acostumbrada a ser severamente castigada por sus superiores, podría entender.
Antes de dar la orden para que se expusiera el caso, su graciosísima Alteza, con su voz grave rugió:
–Cuando yo era joven, “Robacunas”, en mi barrio, se le decía a aquella persona que buscaba o tenía amoríos con menores de edad. –
Ante la sorpresa que tal declaración produjo, y cuando notó que toda la corte fijaba, azorada, su vista en él, haciéndose el desentendido, ordenó proseguir.
Al tiempo escuchó los alegatos de las escandalosas contendientes, y entre las injurias que cada una se dedicaba, logró al fin comprender de que venía la cosa.
Ambas declaraban ser madres, lo que no encierra ningún misterio. El problema, venía porque las dos señoras aseguraban que un pequeño bulto dentro de una canasta, que sostenía otro de los guardias, (casualmente el mismo guardia que días atrás había encontrado flotando en el río, una canasta similar con un bebé adentro y que fue adoptado por la pareja real, bebé que finalmente habría de liberar a un pueblo oprimido de las garras esclavizadoras del descendiente de Alfonso, que se haría llamar Faraón, por haber leído muchos libros de aventuras en su niñez, haciendo separar las aguas de otro de los grandes ríos del reino…… pero eso en definitiva, es otra historia)
Decíamos pues, que el centinela, por orden del soberano, descubrió la manta con que se ocultaba aquel pequeño capullo de hombre, y vio el rey, que solo había un niño.
–Es mío. – gritaba una – ella me lo robó – decía con lagrimas en los ojos, más por el ardor que sentía en sus mejillas, que por la posibilidad de perder a la criatura.
Impaciente, esperaba su antagonista el turno de hablar, para repetir las mismas frases.
Ahora, hay que hacerles justicia a las damas, y comentar, que ya no volvieron a interrumpirse, temerosas, claro está, de recibir otra andanada de mamporros, y si bien, no fue advertido por nadie, hay que destacar la tristeza, que esta obediencia le produjo al guardia.
Pidió el rey que comparecieran los testigos, y un silencio denso y atroz se cernió sobre el cuarto. Uno de los cortesanos tomó coraje y dando un paso adelante comunicó a Su Excelentísima Majestad, la ausencia de tales. (Tales, que no eran de la ciudad de Mileto, creo que vale la aclaración)
Al ver que no había la posibilidad de saber cual de las dos matronas era la verdadera madre del pequeño, si es que alguna lo era, pidió diez minutos para reflexionar, haciendo desalojar el salón. Cuando viose solo al fin, sacó del bolsillo de su real investidura una petaquita de ginebra. Ansioso, la vació de tres tragos y llamó a todos a que comparecieran nuevamente a su presencia.
–Tú, mujer, ¿afirmas que este niño es tuyo? – Preguntó a una.
La aludida, tardó en responder porque se encontraba enviando puñaladas virtuales a su enemiga a través de su mirada, pero un codazo del guardia que se encontraba a su lado, la volvió a la realidad, y presto, emitió una afirmación gutural.
Con un revoleo de ojos, el rey, cuya tez estaba ahora más encendida, dirigió la misma pregunta a la otra dama, que respondió asintiendo con la cabeza.
–Bien – dijo el todopoderoso señor, haciendo alarde de su sabiduría – Viendo que ninguna de las dos cede, y ambas insisten en afirmar que son las madres del niño, cosa que es sabido, harto imposible, por las leyes de la naturaleza, y porque ninguna quiere que la otra lo tenga como suyo, mi decisión, como saben, inapelable, desde que abolí los juzgados de última instancia, es que se parta al niño en dos, y se dé una mitad a cada una, y todos felices y contentos, ¡Carajo! – dijo, deseando en el fondo que se terminara la audición, para poder sacar la petaca que le quedaba en el otro bolsillo.
Quedaron todos atónitos, y nadie osó decir nada.
Me atrevo a sugerir que el odio irracional que las mujeres se tenían entre sí, hacía uso de todas sus facultades mentales, y de todo su cerebro, (es proverbial el hecho de que a las féminas les resulta imposible hacer dos cosas al mismo tiempo, mucho más aún si se trata de pensar), lo que debió haber impedido que escucharan el veredicto, porque siguieron matándose encarnizadamente con los ojos, sin advertir que un leñador tomaba al pequeño de una de sus rozagantes y regordetas piernitas.
Incluso se dice, que uno de los cortesanos, (chupamedias hay en todos lados), aplaudió sonoramente la decisión, y que dio vítores y alabanzas a la sabiduría de Su Alteza, en forma desmesurada.
Fue una de las últimas medidas que tomó el rey Alfonso. Fue duramente criticado en todos los medios de comunicación. Ni siquiera logró convencer a la plebe con el discurso que dio en cadena nacional, explicando que lo que pretendía era que la verdadera madre, por amor, renegara de su hijo, para salvarle la vida.
“Excusas inauditas” gritó furibunda toda la oposición.
También podemos tomar por cierto, el rumor que se propagó después, diciendo que el rey era sostenido desde atrás, durante el discurso, por aquel cortesano de fácil aplauso, para que no se cayera, debido a la mamúa que tenía.
Finalmente y después de muchos esfuerzos, logré unir dos de mis pasiones, el fútbol y la literatura.
Espero que les guste.
La pelota venía por el aire producto de un saque de arco, que más que un pase largo era un querer sacársela de encima, un tirarla lo más lejos posible, deseando que no volviera, o que tardara en regresar, el tiempo suficiente para que terminara el partido, y aunque en un principio parezca contradictorio, este deseo tenía mucho que ver con la confianza en sí mismo que se tenía el numero 1 del equipo azul.
Se jugaban las semifinales del campeonato en ese junio estival. La temperatura era baja, por lo menos eso decía el servicio meteorológico, aunque si se hubiese podido preguntar a los espectadores que atestaban las tribunas repletas, todos habrán asegurado que estaban en el infierno, transpirados por el abultamiento, acalorados por la pasión y con el alma completamente en llamas por la tensión lógica de estas instancias del campeonato. En tal caso, hubiese resultado imposible que escucharan la pregunta, tal el rugido sordo que bajaba de esa caldera que eran los tablones del estadio, y de que el mismísimo sol de verano, habría envidiado su calor.
Faltaban tres minutos para el final del segundo tiempo suplementario, cuatro o cinco, si al referí se le ocurría adicionar, cosa que nadie imaginaba debido al aburrido desarrollo del encuentro.
Tres minutos más, donde el equipo que convirtiera, pasaría a la final sin dejarle ninguna posibilidad al contrario de intentar reponerse, en los instantes posteriores y finales, con centros “a la olla”, debido a la instalación de lo que se conoce como “Gol de Oro”, lo que en el barrio y el potrero llamaríamos “Gol, Gana”.
Los 115 minutos anteriores, los 90 reglamentarios y los 25 de tiempo extra jugados hasta el momento, habían sido tediosos, casi sin llegadas claras para ninguno de los dos.
Se había jugado fuerte, como se dice, “metiendo pierna”, pero con lealtad. Anecdótico resulta el hecho de que hubo solo dos amonestados, y uno de ellos fue por protestar un fallo del juez.
Lo malo que había resultado el espectáculo lo justificarían días más tarde, los periodistas deportivos, diciendo que ambos equipos habían jugado con miedo a perder.
Y aquí, me permito un pequeño paréntesis para demostrar mi desacuerdo con tales argumentos, pues todo aquel que alguna vez jugó un partido, siquiera en el potrero del barrio, con el honor o la gaseosa en juego, sabe fehacientemente, que no se entra a una cancha con “miedo a perder”, por lo que me inclino a pensar que el partido había resultado así de trabado por los nervios que la instancia demandaban. Y mi argumento se ve respaldado por la cantidad inusitada de errores en los pases que ambos contendientes demostraron durante el juego, cosa que llevó a decir a algún relator falto de imaginación, que se habían prestado mucho la pelota.
Otra justificación, no menos significativa, de lo malo del partido, era la llovizna continua e incesante que no había dejado de caer, y que había hecho que el terreno de juego pareciera una pista de patinaje, donde los “players”, según diría Basile, no hubiesen tenido nada que envidiarles a los actores del “holiday on ice”. El césped se encontraba, por lo tanto, mojado, por lo que la velocidad de la pelota, se veía incrementada cuando ésta, tocaba el suelo, y en algunos sectores, como el lateral derecho que ahora defendía el equipo azul, había un claro ausente de pasto, y por defecto, se formaba un barrizal que hacía imposible dominar el esférico en ese espacio.
Debemos ser justos y decir también que en ningún lado se habían formado grandes charcos, un poco porque aún no llovía copiosamente, y otro poco por el buen drenaje del terreno.
Venía entonces, la pelota por el aire, Armando, el altísimo numero 9, se adelantó dos pasos, con la cabeza levantada y la mirada fija en la pelota, para escapar a su marcador y saltar así con más libertad. Llegó con lo justo para peinar la pelota y hacer que cambie de dirección levemente hacia la izquierda. Lo hizo mecánicamente, sin buscar hacer un pase o habilitar a algún compañero, y es que el cansancio empezaba a notarse, el larguísimo tiempo jugado, sumado a la tensión y a lo pesado que se encontraba el campo, hacía que los jugadores corrieran casi por compromiso, como si ya hubieran perdido las esperanzas de ganar, y hubiesen pactado resolver la disputa en los tiros penales.
Sin embargo, la peinada de Armando, encontró a su marcador obnubilado por el agotamiento, y sin reacción, por lo que ni siquiera sospechó el pique de Martín, el numero 8, que corría furioso hacia la redonda, como si sacara mas fuerzas de su cansancio, haciendo la famosa “diagonal hacia adentro”, soltándose de la línea lateral del terreno, “la raya”, en la jerga futbolera, e internándose en el campo, hacia delante, yendo en busca de la pelota, haciendo el recorrido mas corto para interceptarla.
Así fue que el numero 2 del equipo de casaca roja se quedó, como suele decirse, “clavado”, mientras Martín, con el empeine, mataba la pelota antes que tocara el suelo, pues estaba lo suficientemente lúcido para saber que si la dejaba picar, se le escaparía lejos.
Veloz de piernas, y utilizando la cadera, amago a escapar por a izquierda, por donde había llegado, y haciendo un quiebre de cintura, cual burrito Ortega, logró terminar de desarmar al ya desconcertado y fornido numero 2, que completamente exhausto y acalambrado se dejó caer al suelo, viendo trunco su esfuerzo por detenerlo, y observando como Martín huía hacia la derecha, con el balón dominado y el camino libre hacia ese arco que venía defendiendo hacía tantas temporadas. Y creyó ver también, en su delirio agónico, una estela de polvo de estrellas, como la cola de un cometa, y adivinó el surco, de un instante de sequedad, que iría dejando la pelota en su camino a la gloria.
Estalló la parcialidad local ante esta demostración de habilidad y grandeza, derramando, en forma de gritos y vítores, su regocijo, que bajaba a pique de las tribunas, como una catarata de aplausos, caudalosos, y tan húmedos de lagrimas esperanzadoras, que se confundían con la lluvia que empezaba a caer torrencial, como si Dios mismo se rindiera y llorara de alegría y fascinación por la belleza de esa jugada magistral.
Volaba Martín, acercándose al arco, y cada paso que daba le confería mas confianza a su pie derecho, que llevaba la pelota con leves empujones, dominándola y estrechando ese vínculo maestro e inigualable, haciendo de pie y pelota amigos inseparables, hermanos de sangre, soldados luchando codo a codo por mantener viva la esperanza de esos miles de fanáticos que en las tribunas henchían sus pecho de aire, esperando el desenlace feliz de la jugada, para exhalarlo en un grito triunfante.
Llegó fácil hasta el área grande, nadie lo había alcanzado, el 3 ya se había arrojado desde atrás inútilmente, pues ni siquiera el resbalón sobre el césped mojado, había logrado hacerlo llegar a los pies de Martín, que parecían volar, que levitaban a un centímetro del suelo, dándole un aire de bailarín clásico.
Y Martín veía que el arquero contrario se le venía encima, queriéndole achicar el ángulo de tiro, pero lo tenía sin cuidado, sabía como iba a definir, por venirlo soñando desde el inicio de esa alocada carrera.
Y en las tribunas se hizo el silencio, mientras Martín afianzaba el pie izquierdo en el suelo.
Los ojos de los aficionados se volvieron insólitamente grandes por la sorpresa, y Martín ya levantaba la pierna derecha para el remate.
La mitad del estadio rezaba para que entrara, y la otra mitad, para que no lo hiciera.
¿Y Dios? ¿A quién escucharía?
Y Martín giraba un poco el cuerpo, y abría el pie derecho para darle con la parte interna del botín, con la ya clara intención de acomodarla abajo, junto al segundo palo.
Fue en ese instante que el tiempo se detuvo, en ese momento cúlmine que la tierra dejó de girar, y en miles de almas, los corazones se detuvieron, y como si no quisiera ser menos, el corazón de Martín, también se detuvo.
Se escuchó el rugido de un trueno, y el haz de luz de un rayo, iluminó la silueta de un jugador tendido en el punto del penal, mientras la pelota llegaba mansita a las manos del arquero.
Hacía más de una hora que nuestro amigo, Joaquín el gallo, estaba levantado. Su trabajo era cantar para que saliera el Sol, ya que era muy perezoso y siempre esperaba en su cama de nubes a que la voz de Joaquín lo despertara cariñosamente. Y como Joaquín era un buen gallo, todos los días se levantaba cuando todavía era de noche, sacudía sus alas y bostezaba, después, salía afuera sin hacer ruido para no despertar a las gallinas que dormían tranquilas sentadas sobre sus huevos.
Joaquín, siempre se levantaba contento, era un gallo muy alegre y muy responsable, nunca había faltado a su trabajo, y por eso el Sol seguía saliendo.
– El día que Joaquín no esté, no se como me voy a despertar – le decía siempre el Sol a su amiga la Luna.
Así que a la madrugada, Joaquín el gallo, asomaba su pico afuera y al sentir la brisa fresca, sonreía feliz.
Con su trabajo, era el gallo más feliz del mundo.
Tenía un amigo, Pepe el perro, que cuando oía ruido en el gallinero, se desperezaba con fiaca, sacaba la cabeza afuera de su cucha y estiraba las patas esperando ver aparecer a Joaquín, que de un salto se trepaba a una cerca,estiraba el cogote y cacareaba fuerte para despertar a su amigo el Sol, que abría los ojos despacito y empezaba a asomarse en el horizonte, calentando toda la tierra de a poquito.
Se acercaba entonces, Pepe el perro y saludaba:
–Hola Joaquín, buen día, guau guau. –
–Buen día Pepe, Kikiriki – respondía Joaquín.
Todos los días eran iguales. Pepe y Joaquín eran grandes amigos.
Autor: Sebastián Carretón. Óleo sobre tela, año 2006, 73 x 97 cm
Pero, un día, Pepe se despertó y vio que estaba oscuro y que el sol no había salido, aunque ya era muy tarde.
“El Sol se quedó dormido” pensó, “esto si que es extraño, ¿Dónde estará Joaquín?”.
Así que se levantó y fue al corral a buscar a su amigo.
Cuando llegó a la puerta, una gallina que salía corriendo chocó con él, y los dos cayeron al suelo.
–¿Adonde vas tan apurada, Dori? – Preguntó Pepe el perro sacudiéndose el polvo.
–Hola Pepe, perdoname – respondió Dori – Es que Joaquín está enfermo y me mandaron a buscar a Manuel, el sapo Doctor. –
–¿Enfermo? – se sorprendió su amigo – ¿y que tiene? –
–No lo sabemos, pero no se puede levantar y dice que le duele todo el cuerpo. – dijo la gallina Dori mientras empezaba a correr de nuevo.
Pepe, entró y encontró que el gallinero estaba hecho un lío, un poco porque estaba oscuro y otro poco porque las gallinas estaban todas en el centro del corral y cacareaban preocupadas. Se enojó mucho, cuando vio que los pollitos jugaban por ahí sin que nadie los cuidara, y encima, sin querer casi pisa a Nagu, el más chiquitín de todos.
–Guau, guau – Ladró enojado –Vamos, vamos!!!, a empollar, y vos Chiqui – dijo hablándole a la gallina más vieja – te toca cuidar a los niños. –
Todas las gallinas, asustadas corrieron a sus lugares, chocándose entre ellas porque con la oscuridad que había no se veía nada.
Pepe el perro, se quedó un ratito vigilando que todo volviera a la normalidad, y después se dirigió al cuarto de su amigo.
Encontró a Joaquín acostado, y con los ojos cerrados, pensó que dormía, así que tratando de no hacer ruido se sentó a su lado a esperar que despertara, pero Joaquín el gallo, no dormía, solo descansaba, y cuando notó que alguien se movía cerca, abrió los ojos.
–Kikiriki, hola Pepe – lo saludó contento – que bueno que viniste a visitarme – dijo sentándose en la cama.
–Guau, guau, me enteré que estabas enfermo y quise venir a ver como estabas amigo gallo. – Respondió el perro.
–Gracias amigo, ya me siento un poco mejor – dijo haciendo muecas con la nariz para evitar un estornudo.
–¿Pero que te pasó? – quiso saber Pepe que era muy curioso.
–Es que estoy resfriado, porque ayer cuando salí a despertar al Sol, hacía frío, y me olvidé de ponerme el pulóver de plumas, y el rocío de la madrugada hizo que me mojara todo. –
–No te preocupes amigo, recién vi a Dori que corría a buscar al doctor. –
–¡¡¡ AATTCCHHIIIIISSSSSSS !!! – estornudó Joaquín, y se sonó los mocos.
–Yo voy a esperar afuera, así descansas. – Dijo Pepe, y salió a vigilar a las gallinas, que siempre que podían, dejaban de trabajar para cacarear entre ellas, y es porque las gallinas siempre fueron muy parlanchinas.
Al ratito, volvió la gallina Dori a la carrera, arrastrando al doctor detrás de sí, como si fuera un barrilete.
Manuel, el sapo doctor, revisó a Joaquín, le dijo que estaba resfriado y que tenía que quedarse en la cama durante dos días, tomando té, y sopa calentita para curarse.
–¡Ah! – Dijo el sapo – y tenés que tomar estos remedios, así te vas a sentir mejor.–
–Pero no puedo quedarme en la cama – protestó nuestro amigo el gallo – mañana, bien temprano, tengo que salir a cantar para que salga el Sol, sino nos vamos a quedar a oscuras como hoy, y eso no puede ser. –
–No señor, no señor, usté se me queda en la camita como yo le digo, y nada de andar saliendo afuera. –
–Yo tengo la solución – dijo una voz que venía de abajo de la cama.
El sapo Manuel se agachó a ver quien había hablado y encontró a Pepe, que había entrado despacito atrás del doctor y se había escondido ahí para escuchar todo.
–¿Y vos que haces ahí? – le preguntó asombrado su amigo enfermo.
–Es que quería saber que te pasaba – respondió – pero ahora eso no importa, yo sé como hacer para que el sol se despierte y vos te cures sin tener que salir afuera. –
–¿Cómo? ¿Cómo? – preguntaron todas las gallinas que también habían estado espiando y que entraron empujándose a través de la puerta.
–Bueno, bueno – dijo el Manuel el sapo – Esto ya se parece a un gallinero con tanto ruido. –
–A ver, contáme Pepe – pidió Joaquín antes de lanzar un largo estornudo.
–¡¡¡AAATTTCCCHHHHIIIIIIIISSSS!!! –
–Sí me prestas tu pulóver de plumas, yo puedo salir disfrazado y cantar en tu lugar. –
–¡¡Es una buena idea!! ¡bravo Pepe! – dijeron las gallinas a coro.
–Pero si vos no sabés cantar – repuso Joaquín sorprendido.
–No, pero tengo al mejor de los maestros – dijo Pepe guiñándole un ojo.
–Mmmmm…. Sí, podemos intentarlo – se convenció Joaquín halagado.
En el acto, despidieron al doctor Manuel que tenía que ir a ver a otros enfermos.
La sola idea de enseñar a un perro a cantar como un gallo, parecía imposible de realizar, pero nuestros dos buenos amigos no se desanimaron, y pusieron manos a la obra.
A la luz de una vela, porque el sol seguía durmiendo, Joaquín, le daba un tono y Pepe lo repetía lo mejor que podía. Lo intentaron varias veces sin que hubiera mejoras, y es que Pepe, tenía una voz muy perruna y al principio le salía todo medio mezclado:
“Kikiriguaukiguauki” o “ GuakikiGuauKirikikiGuakiguau” y cosas así.
Pero a medida que la tarde iba pasando, el perro, que ponía su mejor esfuerzo, iba mejorando.
–Lento pero seguro – decían las gallinas que se amontonaban afuera del cuarto y seguían atentamente los progresos musicales del nuevo perro cantor, ya que en él estaban depositadas las esperanzas de que les devolvieran la luz y el calorcito del sol.
Y así, Joaquín y Pepe, siguieron practicando y ensayando durante horas, aunque cada tanto descansaban y tomaban un tecito o una sopita calentita que Dori les preparaba.
Cuando llegó la hora de despertar al Sol, todos estaban muy ansiosos, hasta el doctor Manuel había venido a ver si resultaba.
–Tenés que cantar suavecito – Le recomendó Joaquín mientras le daba su pulóver de plumas a Pepe – Sino el Sol se levanta de mal humor, y llueve.
Pepe salió y se trepo a una cerca, todas las gallinas estaban pendientes de su canto, estiró el cogote, como había visto hacer a Joaquín tantas veces,carraspeó para afinarse la garganta, y cantó
–¡¡Kikirikiiiiiiiiiiii!! –
Le había salido igualito a un gallo, nadie lo podía creer, se quedaron todos con la boca abierta y los ojos muy grandes por el asombro, con las plumas y cantando así era imposible que el sol no se despertara.
Contuvieron la respiración y esperaron.
El Sol no salía y Pepe lo intentó de nuevo.
–¡¡Kikirikiiiiiiiiii!! –
Estaban todos atentos y concentrados en ver si aparecía algún resplandor en el horizonte.
Pepe, entusiasmado cantó una vez más:
– ¡¡Kikirikiiiiiiiiii!! –
Y De a poquito, el sol perezoso fue abriendo los ojos y se asomó a la tierra. Y con sus rayitos luminosos empezó a darle calor al mundo, y los pajaritos empezaron a cantar de alegría. Ya no iba a haber oscuridad.
Las gallinas cacareaban de contento, y hasta Joaquín saco su cabeza afuera de la ventana para ver como su amigo Pepe era aclamado por todos como el gran salvador.
Ahora todos sabían que si Joaquín se enfermaba de nuevo, ya no iba a haber oscuridad, porque tenían en su querido amigo Pepe al nuevo gallo cantor del alba.
Esa misma mañana hicieron una gran fiesta para festejar, con tortas y alfajorcitos que Chiqui había preparado, y muchos globos con los que jugaban los pollitos, eso sí, la hicieron en la habitación de Joaquín, para que el gallo no tuviera que salir afuera y se curase pronto.
Y Colorín Colorado, este cuento de un perro cantor y un gallo resfriado, ha terminado.