miércoles, 6 de abril de 2011

La Visión

Damián abrió los ojos sobresaltado. La oscuridad reinaba en el cuarto. Aún confuso, en la vigilia, no del todo despierto, creyó ver una oveja parada en dos patas, que, entre las sombras se le aparecía como un fantasma. Instintivamente y con la velocidad que el miedo le imprimía a sus movimientos, tomó la manta con ambas manos y se cubrió hasta la cabeza. El recuerdo de esa visión lo hacía temblar bajo las sábanas, sin embargo, allí oculto, sintiéndose mas seguro fue calmándose poco a poco logrando por fin, conciliar el sueño. Un sueño intranquilo, que lo hacía removerse inquieto en la cama.

No pasó mas de una hora hasta que despertó nuevamente, se incorporó y dirigió su mirada hacia donde anteriormente había visto aquella fantasmagórica aparición, esbozó una sonrisa cuando vió que la oveja seguía allí, pero esta vez recostada y durmiendo plácidamente.

“Era Ana” se dijo.

La oveja que vivía en el fondo.

Y notó con alegría que la apariencia fantasmal se debía al reflejo que producia en la ventana, la escasa luz de luna que se filtraba entre las nubes.

“En la mañana la voy a esquilar” pensó “por darme semejante susto”.

Esta idea hizo que sonriera, apoyó la cabeza en la almohada y con una carcajada, durmió feliz.

FIN

DAMIÁN ALEJANDRO ARIAS

HERNÁN HÉCTOR CERONI

25/03/2011

martes, 28 de diciembre de 2010

Derecho Al Delirio

Por Eduardo Galeano


Aunque no podemos adivinar el tiempo que será, sí que tenemos, al menos, el derecho de imaginar el que queremos que sea.

En 1948 y en 1976, las Naciones Unidas proclamaron extensas listas de derechos humanos; pero la inmensa mayoría de la humanidad no tiene más que el derecho de ver, oír y callar. ¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos, por un ratito? Vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible:

el aire estará limpio de todo veneno que no venga de los miedos humanos y de las humanas pasiones;

en las calles, los automóviles serán aplastados por los perros;

la gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por el televisor;

el televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas;

la gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar;

se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez, que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir nomás, como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que juega;

en ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a cumplir el servicio militar, sino los que quieran cumplirlo;

los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas;

los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas;

los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos;

los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas;

la solemnidad se dejará de creer que es una virtud, y nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo;

la muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes, y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero;

nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que cree justo en lugar de hacer lo que más le conviene;

el mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra;

la comida no será una mercancía, ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos;

nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión;

los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle;

los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos;

la educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla;

la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla;

la justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda;

una mujer, negra, será presidenta de Brasil y otra mujer, negra, será presidenta de los Estados Unidos de América; una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú;

en Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria;

la Santa Madre Iglesia corregirá las erratas de las tablas de Moisés, y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo;

la Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: «Amarás a la naturaleza, de la que formas parte»;

serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma;

los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados, porque ellos son los que se desesperaron de tanto esperar y los que se perdieron de tanto buscar;

seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de justicia y voluntad de belleza, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido, sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa o del tiempo;

la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses; pero en este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Siempre he querido ser escritor

Siempre he querido ser escritor

Por Ignacio del Valle.

Siempre he querido ser escritor. Pero me decían que para ser uno de los buenos, de esos que luego entierran en panteones y van a parar a los libros de texto, lo de menos era escribir. Lo esencial era ser un borracho y que te diera por las actitudes malditas, meterse coca, fumar porros, montar el caballo. El problema es que yo de hípica, poco, el alcohol me sentaba fatal, el humo me provocaba asma, y lo de meterme cosas por la nariz, igual que metérmelas por el culo: no me hacía ilusión. A cambio, iba ganando algún premio, me publicaron mi primera novelita. Pero nada, ellos erre que erre, que eso no valía porque para ser escritor, strictu sensu, había que estar contrito y deprimido todo el santo día, y solitario, y ambulatorio, con cara de ido. Que la felicidad estaba mal vista por los amos del cotarro. Sin embargo me resultaba difícil, incluso vergonzoso reconocerles que mi vida sexual iba estupendamente, y que no acababa de encontrarle sentido a lo trágico, a lo violento, a lo destructivo, como me repetían que había establecido un ruso hacía un par de siglos, que parecía ser una especie de guía Michelín para escritores, para los de verdad, me refiero. Mientras, me publicaron mi segunda novela y empezaron a hablar de mí en la capital. Pero ya les digo, que nada, que eso no era ser un escritor, me reiteraban: que por lo menos, aunque no me sintiese agobiado, tenía que añorar estarlo, tenía que sentirme intranquilo por no estar jodido, con depresión, por no fustigarme; y hablar de la muerte y el asco y la rabia y el hastío y la indignación y denunciar lo cretinos que eran todos menos los de nuestra tribu. Pero qué se le va a hacer, a mí el mundo no es que me pareciera un bicoca, pero tampoco era como ser del Atlético de Madrid, y que de momento a mí me abrazaban y me daban algún beso y la vajilla en mi casa seguía intacta. Y lo de los cretinos, en fin, que todos tenemos una mala tarde, ya lo decía Chiquito. Entretanto, me publicaron en el extranjero y ya tengo mi primer club de fans. Pero ahora han empezado a chillarme y a decirme que lo mío debería estar prohibido y que me van a dar un par de hostias porque mi nombre está empezando a sonar en premios muy gordos y yo sigo sin ser un siniestro total, como ellos. Que no, que no hay derecho, me recalcan. Y en los últimos tiempos, entre esporádicos lloriqueos, lo que más me echan en cara, lo que realmente les parece un crimen, es que en las entrevistas diga que sí, que efectivamente y en contra de su resolución, yo soy un escritor, uno que tiene esperanzas, pero lo peor, lo más ruin, lo más despreciable e indigno, lo que jamás me perdonarán, me gritan, es que me empeño en sonreír en la solapa de mis libros.

lunes, 6 de diciembre de 2010

El Des - Cuento

Ya sé que es una estupidez, pero no se puede esperar mucho mas de mi.
Por lo tanto, estoy pensando seriamente en continuar este disparate.
Mientras tanto, espero que a alguien le cause gracia, o que le produzca una sonrisa, aun cuando sea una sonrisa de pena.
Disfrutad Plebeyos.



En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, existió en un tiempo remoto, un rey generoso, que tenía fama de justo, y cuyo nombre era Alfonso, sus súbditos realmente felices y contentos con su manera equitativa y piadosa de gobernar, lo llamaban “El Sabio”. Era el décimo descendiente de su linaje, y provenía de una dinastía de grandes reyes.

Cuenta la historia que solía impartir justicia en un gran salón oval, ubicado en el centro de su palacio, que dicho sea de paso, tenía forma de pentágono, y que estaba confeccionado completamente de marfil. Cualquier turista desprevenido que entrara al pueblo y alzara la vista, lo primero que vería en la cima de la colina, sería una gran casa blanca.

Para completar un poco el cuadro de situación, o quizás solo para rellenar, diremos que a su distinguidísima majestad, le encantaba pescar, era su pasatiempo favorito, al que dedicaba gran parte de sus fines de semana, y como el salmón, era la especie que más abundaba en los ríos de su reino, era ésta, su presa predilecta. Solía hacerse acompañar por su trovador preferido, de nombre Andrés, un trotamundos, que llegaba al palacio una vez al mes, después de ganarse el pan con otros monarcas, pan que utilizaba para remojar en la salsa de calamares que el magnánimo rey Alfonso le hacía preparar por su jefe de cocineros en persona, para darle gusto al paladar de su artista.

Hechas las presentaciones correspondientes, volvamos a la historia.

Este príncipe, tenía su fama de ecuánime, muy bien ganada, y ya veremos porqué.

Un día, se presentaron ante él, dos mujeres, acusándose mutuamente de ladrona y utilizando contra la otra el epíteto de “robacunas”.

Ante semejante algarabía, el rey las hizo callar de inmediato, mediante la eficaz estrategia de hacerlas cachetear por el más fornido de sus guardias.

Es nuestro deber señalar que el susodicho centinela, cumplió su encargo con más vehemencia y premura de lo que hubiera cabido esperar, y me atrevo a conjeturar, que la casi imperceptible sonrisa que apareció en su rostro cuando recibió la orden, escondía cierto dejo de alegría que solo una persona acostumbrada a ser severamente castigada por sus superiores, podría entender.

Antes de dar la orden para que se expusiera el caso, su graciosísima Alteza, con su voz grave rugió:

Cuando yo era joven, “Robacunas”, en mi barrio, se le decía a aquella persona que buscaba o tenía amoríos con menores de edad. –

Ante la sorpresa que tal declaración produjo, y cuando notó que toda la corte fijaba, azorada, su vista en él, haciéndose el desentendido, ordenó proseguir.

Al tiempo escuchó los alegatos de las escandalosas contendientes, y entre las injurias que cada una se dedicaba, logró al fin comprender de que venía la cosa.

Ambas declaraban ser madres, lo que no encierra ningún misterio. El problema, venía porque las dos señoras aseguraban que un pequeño bulto dentro de una canasta, que sostenía otro de los guardias, (casualmente el mismo guardia que días atrás había encontrado flotando en el río, una canasta similar con un bebé adentro y que fue adoptado por la pareja real, bebé que finalmente habría de liberar a un pueblo oprimido de las garras esclavizadoras del descendiente de Alfonso, que se haría llamar Faraón, por haber leído muchos libros de aventuras en su niñez, haciendo separar las aguas de otro de los grandes ríos del reino…… pero eso en definitiva, es otra historia)

Decíamos pues, que el centinela, por orden del soberano, descubrió la manta con que se ocultaba aquel pequeño capullo de hombre, y vio el rey, que solo había un niño.

Es mío. – gritaba una – ella me lo robó – decía con lagrimas en los ojos, más por el ardor que sentía en sus mejillas, que por la posibilidad de perder a la criatura.

Impaciente, esperaba su antagonista el turno de hablar, para repetir las mismas frases.

Ahora, hay que hacerles justicia a las damas, y comentar, que ya no volvieron a interrumpirse, temerosas, claro está, de recibir otra andanada de mamporros, y si bien, no fue advertido por nadie, hay que destacar la tristeza, que esta obediencia le produjo al guardia.

Pidió el rey que comparecieran los testigos, y un silencio denso y atroz se cernió sobre el cuarto. Uno de los cortesanos tomó coraje y dando un paso adelante comunicó a Su Excelentísima Majestad, la ausencia de tales. (Tales, que no eran de la ciudad de Mileto, creo que vale la aclaración)

Al ver que no había la posibilidad de saber cual de las dos matronas era la verdadera madre del pequeño, si es que alguna lo era, pidió diez minutos para reflexionar, haciendo desalojar el salón. Cuando viose solo al fin, sacó del bolsillo de su real investidura una petaquita de ginebra. Ansioso, la vació de tres tragos y llamó a todos a que comparecieran nuevamente a su presencia.

Tú, mujer, ¿afirmas que este niño es tuyo? – Preguntó a una.

La aludida, tardó en responder porque se encontraba enviando puñaladas virtuales a su enemiga a través de su mirada, pero un codazo del guardia que se encontraba a su lado, la volvió a la realidad, y presto, emitió una afirmación gutural.

Con un revoleo de ojos, el rey, cuya tez estaba ahora más encendida, dirigió la misma pregunta a la otra dama, que respondió asintiendo con la cabeza.

Bien – dijo el todopoderoso señor, haciendo alarde de su sabiduría – Viendo que ninguna de las dos cede, y ambas insisten en afirmar que son las madres del niño, cosa que es sabido, harto imposible, por las leyes de la naturaleza, y porque ninguna quiere que la otra lo tenga como suyo, mi decisión, como saben, inapelable, desde que abolí los juzgados de última instancia, es que se parta al niño en dos, y se dé una mitad a cada una, y todos felices y contentos, ¡Carajo! – dijo, deseando en el fondo que se terminara la audición, para poder sacar la petaca que le quedaba en el otro bolsillo.

Quedaron todos atónitos, y nadie osó decir nada.

Me atrevo a sugerir que el odio irracional que las mujeres se tenían entre sí, hacía uso de todas sus facultades mentales, y de todo su cerebro, (es proverbial el hecho de que a las féminas les resulta imposible hacer dos cosas al mismo tiempo, mucho más aún si se trata de pensar), lo que debió haber impedido que escucharan el veredicto, porque siguieron matándose encarnizadamente con los ojos, sin advertir que un leñador tomaba al pequeño de una de sus rozagantes y regordetas piernitas.

Incluso se dice, que uno de los cortesanos, (chupamedias hay en todos lados), aplaudió sonoramente la decisión, y que dio vítores y alabanzas a la sabiduría de Su Alteza, en forma desmesurada.

Fue una de las últimas medidas que tomó el rey Alfonso. Fue duramente criticado en todos los medios de comunicación. Ni siquiera logró convencer a la plebe con el discurso que dio en cadena nacional, explicando que lo que pretendía era que la verdadera madre, por amor, renegara de su hijo, para salvarle la vida.

“Excusas inauditas” gritó furibunda toda la oposición.

También podemos tomar por cierto, el rumor que se propagó después, diciendo que el rey era sostenido desde atrás, durante el discurso, por aquel cortesano de fácil aplauso, para que no se cayera, debido a la mamúa que tenía.



Quizas..... Continuara.....

jueves, 28 de octubre de 2010

Escribo

Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo
escribir que escribo y tambien puedo verme ver que
escribo. Me recuerdo escribiendo ya y tambien
viendome que escribia. Y me veo recor dando que me
veo escribir y me recuerdo viendome recordar que
escribia y escribo viendome escribir que recuer do
haberme visto escribir que me veia escribir que
recordaba haberrne visto escribir que escribia y que
escribia que escribo que escribia. Tambien puedo
imaginarme escribiendo que ya habia escrito que me
imaginaria escribiendo que habia escrito que me
imaginaba escribiendo que me veo escribir que
escribo.
SALVADOR ELIZONDO, El Grafografo

jueves, 22 de julio de 2010

Muerte Súbita (Un Cuento de Fútbol)

Finalmente y después de muchos esfuerzos, logré unir dos de mis pasiones, el fútbol y la literatura.

Espero que les guste.



La pelota venía por el aire producto de un saque de arco, que más que un pase largo era un querer sacársela de encima, un tirarla lo más lejos posible, deseando que no volviera, o que tardara en regresar, el tiempo suficiente para que terminara el partido, y aunque en un principio parezca contradictorio, este deseo tenía mucho que ver con la confianza en sí mismo que se tenía el numero 1 del equipo azul.

Se jugaban las semifinales del campeonato en ese junio estival. La temperatura era baja, por lo menos eso decía el servicio meteorológico, aunque si se hubiese podido preguntar a los espectadores que atestaban las tribunas repletas, todos habrán asegurado que estaban en el infierno, transpirados por el abultamiento, acalorados por la pasión y con el alma completamente en llamas por la tensión lógica de estas instancias del campeonato. En tal caso, hubiese resultado imposible que escucharan la pregunta, tal el rugido sordo que bajaba de esa caldera que eran los tablones del estadio, y de que el mismísimo sol de verano, habría envidiado su calor.

Faltaban tres minutos para el final del segundo tiempo suplementario, cuatro o cinco, si al referí se le ocurría adicionar, cosa que nadie imaginaba debido al aburrido desarrollo del encuentro.

Tres minutos más, donde el equipo que convirtiera, pasaría a la final sin dejarle ninguna posibilidad al contrario de intentar reponerse, en los instantes posteriores y finales, con centros “a la olla”, debido a la instalación de lo que se conoce como “Gol de Oro”, lo que en el barrio y el potrero llamaríamos “Gol, Gana”.

Los 115 minutos anteriores, los 90 reglamentarios y los 25 de tiempo extra jugados hasta el momento, habían sido tediosos, casi sin llegadas claras para ninguno de los dos.

Se había jugado fuerte, como se dice, “metiendo pierna”, pero con lealtad. Anecdótico resulta el hecho de que hubo solo dos amonestados, y uno de ellos fue por protestar un fallo del juez.

Lo malo que había resultado el espectáculo lo justificarían días más tarde, los periodistas deportivos, diciendo que ambos equipos habían jugado con miedo a perder.

Y aquí, me permito un pequeño paréntesis para demostrar mi desacuerdo con tales argumentos, pues todo aquel que alguna vez jugó un partido, siquiera en el potrero del barrio, con el honor o la gaseosa en juego, sabe fehacientemente, que no se entra a una cancha con “miedo a perder”, por lo que me inclino a pensar que el partido había resultado así de trabado por los nervios que la instancia demandaban. Y mi argumento se ve respaldado por la cantidad inusitada de errores en los pases que ambos contendientes demostraron durante el juego, cosa que llevó a decir a algún relator falto de imaginación, que se habían prestado mucho la pelota.

Otra justificación, no menos significativa, de lo malo del partido, era la llovizna continua e incesante que no había dejado de caer, y que había hecho que el terreno de juego pareciera una pista de patinaje, donde los “players”, según diría Basile, no hubiesen tenido nada que envidiarles a los actores del “holiday on ice”. El césped se encontraba, por lo tanto, mojado, por lo que la velocidad de la pelota, se veía incrementada cuando ésta, tocaba el suelo, y en algunos sectores, como el lateral derecho que ahora defendía el equipo azul, había un claro ausente de pasto, y por defecto, se formaba un barrizal que hacía imposible dominar el esférico en ese espacio.

Debemos ser justos y decir también que en ningún lado se habían formado grandes charcos, un poco porque aún no llovía copiosamente, y otro poco por el buen drenaje del terreno.

Venía entonces, la pelota por el aire, Armando, el altísimo numero 9, se adelantó dos pasos, con la cabeza levantada y la mirada fija en la pelota, para escapar a su marcador y saltar así con más libertad. Llegó con lo justo para peinar la pelota y hacer que cambie de dirección levemente hacia la izquierda. Lo hizo mecánicamente, sin buscar hacer un pase o habilitar a algún compañero, y es que el cansancio empezaba a notarse, el larguísimo tiempo jugado, sumado a la tensión y a lo pesado que se encontraba el campo, hacía que los jugadores corrieran casi por compromiso, como si ya hubieran perdido las esperanzas de ganar, y hubiesen pactado resolver la disputa en los tiros penales.

Sin embargo, la peinada de Armando, encontró a su marcador obnubilado por el agotamiento, y sin reacción, por lo que ni siquiera sospechó el pique de Martín, el numero 8, que corría furioso hacia la redonda, como si sacara mas fuerzas de su cansancio, haciendo la famosa “diagonal hacia adentro”, soltándose de la línea lateral del terreno, “la raya”, en la jerga futbolera, e internándose en el campo, hacia delante, yendo en busca de la pelota, haciendo el recorrido mas corto para interceptarla.

Así fue que el numero 2 del equipo de casaca roja se quedó, como suele decirse, “clavado”, mientras Martín, con el empeine, mataba la pelota antes que tocara el suelo, pues estaba lo suficientemente lúcido para saber que si la dejaba picar, se le escaparía lejos.

Veloz de piernas, y utilizando la cadera, amago a escapar por a izquierda, por donde había llegado, y haciendo un quiebre de cintura, cual burrito Ortega, logró terminar de desarmar al ya desconcertado y fornido numero 2, que completamente exhausto y acalambrado se dejó caer al suelo, viendo trunco su esfuerzo por detenerlo, y observando como Martín huía hacia la derecha, con el balón dominado y el camino libre hacia ese arco que venía defendiendo hacía tantas temporadas. Y creyó ver también, en su delirio agónico, una estela de polvo de estrellas, como la cola de un cometa, y adivinó el surco, de un instante de sequedad, que iría dejando la pelota en su camino a la gloria.

Estalló la parcialidad local ante esta demostración de habilidad y grandeza, derramando, en forma de gritos y vítores, su regocijo, que bajaba a pique de las tribunas, como una catarata de aplausos, caudalosos, y tan húmedos de lagrimas esperanzadoras, que se confundían con la lluvia que empezaba a caer torrencial, como si Dios mismo se rindiera y llorara de alegría y fascinación por la belleza de esa jugada magistral.

Volaba Martín, acercándose al arco, y cada paso que daba le confería mas confianza a su pie derecho, que llevaba la pelota con leves empujones, dominándola y estrechando ese vínculo maestro e inigualable, haciendo de pie y pelota amigos inseparables, hermanos de sangre, soldados luchando codo a codo por mantener viva la esperanza de esos miles de fanáticos que en las tribunas henchían sus pecho de aire, esperando el desenlace feliz de la jugada, para exhalarlo en un grito triunfante.

Llegó fácil hasta el área grande, nadie lo había alcanzado, el 3 ya se había arrojado desde atrás inútilmente, pues ni siquiera el resbalón sobre el césped mojado, había logrado hacerlo llegar a los pies de Martín, que parecían volar, que levitaban a un centímetro del suelo, dándole un aire de bailarín clásico.

Y Martín veía que el arquero contrario se le venía encima, queriéndole achicar el ángulo de tiro, pero lo tenía sin cuidado, sabía como iba a definir, por venirlo soñando desde el inicio de esa alocada carrera.

Y en las tribunas se hizo el silencio, mientras Martín afianzaba el pie izquierdo en el suelo.

Los ojos de los aficionados se volvieron insólitamente grandes por la sorpresa, y Martín ya levantaba la pierna derecha para el remate.

La mitad del estadio rezaba para que entrara, y la otra mitad, para que no lo hiciera.

¿Y Dios? ¿A quién escucharía?

Y Martín giraba un poco el cuerpo, y abría el pie derecho para darle con la parte interna del botín, con la ya clara intención de acomodarla abajo, junto al segundo palo.

Fue en ese instante que el tiempo se detuvo, en ese momento cúlmine que la tierra dejó de girar, y en miles de almas, los corazones se detuvieron, y como si no quisiera ser menos, el corazón de Martín, también se detuvo.

Se escuchó el rugido de un trueno, y el haz de luz de un rayo, iluminó la silueta de un jugador tendido en el punto del penal, mientras la pelota llegaba mansita a las manos del arquero.

FIN

HERNÁN CERONI

21/07/2010

jueves, 17 de junio de 2010

El Resfrío Del Gallo Joaquín


PARA AGUSTÍN.

MI SOL DE TODAS LAS MAÑANAS.



Hacía más de una hora que nuestro amigo, Joaquín el gallo, estaba levantado. Su trabajo era cantar para que saliera el Sol, ya que era muy perezoso y siempre esperaba en su cama de nubes a que la voz de Joaquín lo despertara cariñosamente. Y como Joaquín era un buen gallo, todos los días se levantaba cuando todavía era de noche, sacudía sus alas y bostezaba, después, salía afuera sin hacer ruido para no despertar a las gallinas que dormían tranquilas sentadas sobre sus huevos.

Joaquín, siempre se levantaba contento, era un gallo muy alegre y muy responsable, nunca había faltado a su trabajo, y por eso el Sol seguía saliendo.

El día que Joaquín no esté, no se como me voy a despertar – le decía siempre el Sol a su amiga la Luna.

Así que a la madrugada, Joaquín el gallo, asomaba su pico afuera y al sentir la brisa fresca, sonreía feliz.

Con su trabajo, era el gallo más feliz del mundo.

Tenía un amigo, Pepe el perro, que cuando oía ruido en el gallinero, se desperezaba con fiaca, sacaba la cabeza afuera de su cucha y estiraba las patas esperando ver aparecer a Joaquín, que de un salto se trepaba a una cerca, estiraba el cogote y cacareaba fuerte para despertar a su amigo el Sol, que abría los ojos despacito y empezaba a asomarse en el horizonte, calentando toda la tierra de a poquito.

Se acercaba entonces, Pepe el perro y saludaba:

Hola Joaquín, buen día, guau guau. –

Buen día Pepe, Kikiriki – respondía Joaquín.

Todos los días eran iguales. Pepe y Joaquín eran grandes amigos.

Autor: Sebastián Carretón. Óleo sobre tela, año 2006, 73 x 97 cm

Extraído de: http://sebastiangarreton.blogspot.com/


Pero, un día, Pepe se despertó y vio que estaba oscuro y que el sol no había salido, aunque ya era muy tarde.

“El Sol se quedó dormido” pensó, “esto si que es extraño, ¿Dónde estará Joaquín?”.

Así que se levantó y fue al corral a buscar a su amigo.

Cuando llegó a la puerta, una gallina que salía corriendo chocó con él, y los dos cayeron al suelo.

¿Adonde vas tan apurada, Dori? – Preguntó Pepe el perro sacudiéndose el polvo.

Hola Pepe, perdoname – respondió Dori – Es que Joaquín está enfermo y me mandaron a buscar a Manuel, el sapo Doctor. –

¿Enfermo? – se sorprendió su amigo – ¿y que tiene? –

No lo sabemos, pero no se puede levantar y dice que le duele todo el cuerpo. – dijo la gallina Dori mientras empezaba a correr de nuevo.

Pepe, entró y encontró que el gallinero estaba hecho un lío, un poco porque estaba oscuro y otro poco porque las gallinas estaban todas en el centro del corral y cacareaban preocupadas. Se enojó mucho, cuando vio que los pollitos jugaban por ahí sin que nadie los cuidara, y encima, sin querer casi pisa a Nagu, el más chiquitín de todos.

Guau, guau – Ladró enojado – Vamos, vamos!!!, a empollar, y vos Chiqui – dijo hablándole a la gallina más vieja – te toca cuidar a los niños. –

Todas las gallinas, asustadas corrieron a sus lugares, chocándose entre ellas porque con la oscuridad que había no se veía nada.

Pepe el perro, se quedó un ratito vigilando que todo volviera a la normalidad, y después se dirigió al cuarto de su amigo.

Encontró a Joaquín acostado, y con los ojos cerrados, pensó que dormía, así que tratando de no hacer ruido se sentó a su lado a esperar que despertara, pero Joaquín el gallo, no dormía, solo descansaba, y cuando notó que alguien se movía cerca, abrió los ojos.

Kikiriki, hola Pepe – lo saludó contento – que bueno que viniste a visitarme – dijo sentándose en la cama.

Guau, guau, me enteré que estabas enfermo y quise venir a ver como estabas amigo gallo. – Respondió el perro.

Gracias amigo, ya me siento un poco mejor – dijo haciendo muecas con la nariz para evitar un estornudo.

¿Pero que te pasó? – quiso saber Pepe que era muy curioso.

Es que estoy resfriado, porque ayer cuando salí a despertar al Sol, hacía frío, y me olvidé de ponerme el pulóver de plumas, y el rocío de la madrugada hizo que me mojara todo. –

No te preocupes amigo, recién vi a Dori que corría a buscar al doctor. –

¡¡¡ AATTCCHHIIIIISSSSSSS !!! – estornudó Joaquín, y se sonó los mocos.

Yo voy a esperar afuera, así descansas. – Dijo Pepe, y salió a vigilar a las gallinas, que siempre que podían, dejaban de trabajar para cacarear entre ellas, y es porque las gallinas siempre fueron muy parlanchinas.

Al ratito, volvió la gallina Dori a la carrera, arrastrando al doctor detrás de sí, como si fuera un barrilete.

Manuel, el sapo doctor, revisó a Joaquín, le dijo que estaba resfriado y que tenía que quedarse en la cama durante dos días, tomando té, y sopa calentita para curarse.

¡Ah! – Dijo el sapo – y tenés que tomar estos remedios, así te vas a sentir mejor.–

Pero no puedo quedarme en la cama – protestó nuestro amigo el gallo – mañana, bien temprano, tengo que salir a cantar para que salga el Sol, sino nos vamos a quedar a oscuras como hoy, y eso no puede ser. –

No señor, no señor, usté se me queda en la camita como yo le digo, y nada de andar saliendo afuera. –

Yo tengo la solución – dijo una voz que venía de abajo de la cama.

El sapo Manuel se agachó a ver quien había hablado y encontró a Pepe, que había entrado despacito atrás del doctor y se había escondido ahí para escuchar todo.

¿Y vos que haces ahí? – le preguntó asombrado su amigo enfermo.

Es que quería saber que te pasaba – respondió – pero ahora eso no importa, yo sé como hacer para que el sol se despierte y vos te cures sin tener que salir afuera. –

¿Cómo? ¿Cómo? – preguntaron todas las gallinas que también habían estado espiando y que entraron empujándose a través de la puerta.

Bueno, bueno – dijo el Manuel el sapo – Esto ya se parece a un gallinero con tanto ruido. –

A ver, contáme Pepe – pidió Joaquín antes de lanzar un largo estornudo.

¡¡¡AAATTTCCCHHHHIIIIIIIISSSS!!! –

Sí me prestas tu pulóver de plumas, yo puedo salir disfrazado y cantar en tu lugar. –

¡¡Es una buena idea!! ¡bravo Pepe! – dijeron las gallinas a coro.

Pero si vos no sabés cantar – repuso Joaquín sorprendido.

No, pero tengo al mejor de los maestros – dijo Pepe guiñándole un ojo.

Mmmmm…. Sí, podemos intentarlo – se convenció Joaquín halagado.

En el acto, despidieron al doctor Manuel que tenía que ir a ver a otros enfermos.

La sola idea de enseñar a un perro a cantar como un gallo, parecía imposible de realizar, pero nuestros dos buenos amigos no se desanimaron, y pusieron manos a la obra.

A la luz de una vela, porque el sol seguía durmiendo, Joaquín, le daba un tono y Pepe lo repetía lo mejor que podía. Lo intentaron varias veces sin que hubiera mejoras, y es que Pepe, tenía una voz muy perruna y al principio le salía todo medio mezclado:

“Kikiriguaukiguauki” o “ GuakikiGuauKirikikiGuakiguau” y cosas así.

Pero a medida que la tarde iba pasando, el perro, que ponía su mejor esfuerzo, iba mejorando.

Lento pero seguro – decían las gallinas que se amontonaban afuera del cuarto y seguían atentamente los progresos musicales del nuevo perro cantor, ya que en él estaban depositadas las esperanzas de que les devolvieran la luz y el calorcito del sol.

Y así, Joaquín y Pepe, siguieron practicando y ensayando durante horas, aunque cada tanto descansaban y tomaban un tecito o una sopita calentita que Dori les preparaba.

Cuando llegó la hora de despertar al Sol, todos estaban muy ansiosos, hasta el doctor Manuel había venido a ver si resultaba.

Tenés que cantar suavecito – Le recomendó Joaquín mientras le daba su pulóver de plumas a Pepe – Sino el Sol se levanta de mal humor, y llueve.

Pepe salió y se trepo a una cerca, todas las gallinas estaban pendientes de su canto, estiró el cogote, como había visto hacer a Joaquín tantas veces, carraspeó para afinarse la garganta, y cantó

¡¡Kikirikiiiiiiiiiiii!! –

Le había salido igualito a un gallo, nadie lo podía creer, se quedaron todos con la boca abierta y los ojos muy grandes por el asombro, con las plumas y cantando así era imposible que el sol no se despertara.

Contuvieron la respiración y esperaron.

El Sol no salía y Pepe lo intentó de nuevo.

¡¡Kikirikiiiiiiiiii!! –

Estaban todos atentos y concentrados en ver si aparecía algún resplandor en el horizonte.

Pepe, entusiasmado cantó una vez más:

– ¡¡Kikirikiiiiiiiiii!! –

Y De a poquito, el sol perezoso fue abriendo los ojos y se asomó a la tierra. Y con sus rayitos luminosos empezó a darle calor al mundo, y los pajaritos empezaron a cantar de alegría. Ya no iba a haber oscuridad.

Las gallinas cacareaban de contento, y hasta Joaquín saco su cabeza afuera de la ventana para ver como su amigo Pepe era aclamado por todos como el gran salvador.

Ahora todos sabían que si Joaquín se enfermaba de nuevo, ya no iba a haber oscuridad, porque tenían en su querido amigo Pepe al nuevo gallo cantor del alba.

Esa misma mañana hicieron una gran fiesta para festejar, con tortas y alfajorcitos que Chiqui había preparado, y muchos globos con los que jugaban los pollitos, eso sí, la hicieron en la habitación de Joaquín, para que el gallo no tuviera que salir afuera y se curase pronto.

Y Colorín Colorado, este cuento de un perro cantor y un gallo resfriado, ha terminado.

FIN

HERNÁN CERONI

17/06/2010