viernes, 12 de agosto de 2011

STAR (Estrella - Do)

No soy un ejemplo de vida, aun así hay muchísima gente que desea estar en mis zapatos, me adoran, me envidian, me desean. Pero yo se la verdad, ninguno lo soportaría, lo desean porque no lo tienen. Como eso de no enamorarse para no sufrir.

No saben lo que dicen, compran lo que ven, pero ninguno se preocupa en averiguar la verdad.

- En el fondo es solo una cuestión de actitud – me dijo un flaco hace mucho tiempo. Me acuerdo patente, acababa de levantar la cabeza de una montaña de polvo, y sonrió irónico. Morocho, con muchos rulos, rosarino.

Hace años tuvimos un cruce con muchos excesos verbales. Pero en ese momento éramos dos pibes unidos por la casualidad de las noches insomnes.

Pasó mucho tiempo. No se yo, pero él es un perfecto imbécil.

- Se la cree – me dijo una morocha cortándome el orgasmo ¿o era rubia?

Poco me importa ahora. Sé que hay miles ahí afuera, ahí abajo. Ríen, lloran, gritan. Todos drogados.

- No hay que generalizar – decía mi padre. Es lo único que me quedó de él, y no por haberlo escuchado de sus labios, sino porque me lo contó mi madre mientras lloraba tirada en el piso, al lado del sofá, enchastrada en su propio vómito de Whisky.

Bien, lo acepto, quizás no estén todos drogados, aunque en verdad no me importa, yo lo estaría. ¿O debería decir yo lo estuve? No, porque por más fanatismo o admiración que tuviera por los que consideraba ídolos, nunca se me ocurriría seguirlos hasta la muerte, ni metafórica ni literalmente hablando.

- Tranquilo – Me dice el tipo mientras observa de reojo como me estremezco en convulsiones, desviando la mirada de su revista.

Tiembla todo mi cuerpo y se me ocurre que lo hace al ritmo de los eufóricos gritos que provienen del exterior.

Oigo claramente la risa sardónica del chabón que vela mi integridad, aunque sé que hace años deje de ser íntegro, moral y físicamente. La ética me chupa un huevo y lo físico solo me importa ahora y porque me duele, y si hay algo que sé de mí, es que no soporto el dolor.

Lo último que veo antes de ver mi cerebro es el cielo raso. Celeste. Y la luz que se apaga lentamente, como si hubiera un bajón de energía gradual.

Y empiezo a….¿soñar?.... con las líneas que delimitan las partes de mi cerebro. Es instintivo, me relamo mientras veo a Hannibal Lecter tomar un trozo con una cuchara, y creo que debe ser porque siempre admire a los buenos cocineros.

A lo lejos escucho el estrépito de una silla al caer, y unos brazos vigorosos que me sacuden y cachetean al ritmo de unos insultos repetitivos.

Vuelvo a la realidad, mis ojos vuelven a darse vuelta. No se como, pero puedo ver al imbécil que me sacude, y siento su pútrido aliento a mentol gritándome en la cara.

- En mi turno no te vas a morir, pelotudo –

Si tan solo oliera a alcohol, que dulce aroma.

Levanto el brazo para estamparle un sopapo en la jeta, pero no funciona, ni siquiera puedo ver mi mano en el aire.

“Si estuviera ciego tampoco vería tu cara de estúpido” Pienso.

Y los músculos se endurecen, intento gritar que los calambres me están matando.

- Pareces un chancho degollado – oigo entre risas, y noto que no grito, sino que chillo, chillo y pataleo.

Pero no, ni chillo ni pataleo, ni levanto el brazo.

- Soltame flaco – le ruego con lagrimas – me aprietan las cintas.

Ni siquiera siento el pinchazo.

No hay relojes en la habitación, pero entra luz por la ventana aunque no soy conciente de eso.

Es de día, lo sé, pero no pienso en eso. Pueden haber pasado unos minutos, o unas horas…

¿Serán meses?

Me pincha la cara. Tengo la barba crecida…..Deben haber sido unos días.

Y la mujer que se me acerca, me levanta la cabeza de la almohada, me acerca una jeringa plástica a la boca y derrama agua dentro de ella.

Siento la lengua hinchada y reseca.

- Puta – tengo ganas de gritar.

Siento como apoya su mano en mi entrepierna. Se me pone dura….

Y me despierto. Sigo atado. Quiero dormir de nuevo.

Le ruego al muchacho que me pinche. Y ni siquiera levanta la cabeza, no se mueve…

¿Estará muerto?

¿Estaré muerto?

Las horas pasan y mi mente está completamente en blanco. No se porque se me viene a la cabeza una frase que escribí para una de mis canciones:

“Eso no es la nada, eso es blanco”.

Me río de mi mismo.

Siento frío.

Humedad.

Mi remera sube y baja pegada a mi abdomen, siguiendo mis respiraciones, incansable, inconmovible, como si fuera un cazador acechando a su presa.

Estoy empapado.

- Me hubiesen sacado la ropa si me iban a bañar – Le digo al aire, porque sé que no puedo emitir sonido alguno, lo sé como sé que matar está mal, aunque no me importan ninguna de las dos cosas.

Me sorprende que el pendejo levante la cabeza.

- ¿Hablaste? – Pregunta….

Me resulta muy difícil moverme, doloroso, pero aun así logro levantar un dedo…o eso creo…

Estoy en lo cierto, porque el pibe abre los ojos desorbitado. Se me acerca y paternalmente me acaricia la frente, apartándome los pelos de la cara. Repite el trámite de la jeringa plástica y siento con placer como un poco de agua que se me antoja helada resbala por mi garganta. Intento retener la humedad en la boca. Me relamo.

Con una sonrisa repite el proceso con diligencia, dos, tres veces.

- Estabas sediento – Me dice

Una mueca le hace creer que sonrío.

- Pensaba quedarme con tu remera – me dice con una carcajada – A mi también me gustan los pistols… Pero tengo visión de futuro, no me la iba a quedar eternamente….¿Te imaginas?... en unos años van a pagar una fortuna por esta remera, “la remera con la que murió Bringstone”….—

Ni siquiera sé de qué habla.

Y en mi cabeza comienzan a surgir imágenes. Me veo volando y sonrío…Caigo sobre millones de manos gritando “Imbéciles”. Y las manos me tocan, me trasladan….La música es estridente….Y yo soy feliz.

Vuelvo a dormirme plácidamente y veo a mis amigos rodeándome, todos desquiciados, desnudos…Algunos se masturban. Juancito peina una línea sobre el vientre de una pendeja.

Me despiertan los gritos.

¿Cuánto dormí?

Una risa burlona me responde:

- Meses –

- Pinchame –

- En la radio hoy te dedicaron un tema de La Polla Records, “Soy una estrella del rock”, y el pibe dijo que él también quería morir de sobredosis..—

- Pero yo no me morí –

La misma risa burlona me responde:

- ¿No pensarás que esto es un hospital? –

FIN

HERNÁN CERONI

12/08/2011

miércoles, 6 de abril de 2011

La Visión

Damián abrió los ojos sobresaltado. La oscuridad reinaba en el cuarto. Aún confuso, en la vigilia, no del todo despierto, creyó ver una oveja parada en dos patas, que, entre las sombras se le aparecía como un fantasma. Instintivamente y con la velocidad que el miedo le imprimía a sus movimientos, tomó la manta con ambas manos y se cubrió hasta la cabeza. El recuerdo de esa visión lo hacía temblar bajo las sábanas, sin embargo, allí oculto, sintiéndose mas seguro fue calmándose poco a poco logrando por fin, conciliar el sueño. Un sueño intranquilo, que lo hacía removerse inquieto en la cama.

No pasó mas de una hora hasta que despertó nuevamente, se incorporó y dirigió su mirada hacia donde anteriormente había visto aquella fantasmagórica aparición, esbozó una sonrisa cuando vió que la oveja seguía allí, pero esta vez recostada y durmiendo plácidamente.

“Era Ana” se dijo.

La oveja que vivía en el fondo.

Y notó con alegría que la apariencia fantasmal se debía al reflejo que producia en la ventana, la escasa luz de luna que se filtraba entre las nubes.

“En la mañana la voy a esquilar” pensó “por darme semejante susto”.

Esta idea hizo que sonriera, apoyó la cabeza en la almohada y con una carcajada, durmió feliz.

FIN

DAMIÁN ALEJANDRO ARIAS

HERNÁN HÉCTOR CERONI

25/03/2011

martes, 28 de diciembre de 2010

Derecho Al Delirio

Por Eduardo Galeano


Aunque no podemos adivinar el tiempo que será, sí que tenemos, al menos, el derecho de imaginar el que queremos que sea.

En 1948 y en 1976, las Naciones Unidas proclamaron extensas listas de derechos humanos; pero la inmensa mayoría de la humanidad no tiene más que el derecho de ver, oír y callar. ¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos, por un ratito? Vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible:

el aire estará limpio de todo veneno que no venga de los miedos humanos y de las humanas pasiones;

en las calles, los automóviles serán aplastados por los perros;

la gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por el televisor;

el televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas;

la gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar;

se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez, que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir nomás, como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que juega;

en ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a cumplir el servicio militar, sino los que quieran cumplirlo;

los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas;

los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas;

los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos;

los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas;

la solemnidad se dejará de creer que es una virtud, y nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo;

la muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes, y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero;

nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que cree justo en lugar de hacer lo que más le conviene;

el mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra;

la comida no será una mercancía, ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos;

nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión;

los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle;

los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos;

la educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla;

la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla;

la justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda;

una mujer, negra, será presidenta de Brasil y otra mujer, negra, será presidenta de los Estados Unidos de América; una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú;

en Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria;

la Santa Madre Iglesia corregirá las erratas de las tablas de Moisés, y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo;

la Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: «Amarás a la naturaleza, de la que formas parte»;

serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma;

los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados, porque ellos son los que se desesperaron de tanto esperar y los que se perdieron de tanto buscar;

seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de justicia y voluntad de belleza, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido, sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa o del tiempo;

la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses; pero en este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Siempre he querido ser escritor

Siempre he querido ser escritor

Por Ignacio del Valle.

Siempre he querido ser escritor. Pero me decían que para ser uno de los buenos, de esos que luego entierran en panteones y van a parar a los libros de texto, lo de menos era escribir. Lo esencial era ser un borracho y que te diera por las actitudes malditas, meterse coca, fumar porros, montar el caballo. El problema es que yo de hípica, poco, el alcohol me sentaba fatal, el humo me provocaba asma, y lo de meterme cosas por la nariz, igual que metérmelas por el culo: no me hacía ilusión. A cambio, iba ganando algún premio, me publicaron mi primera novelita. Pero nada, ellos erre que erre, que eso no valía porque para ser escritor, strictu sensu, había que estar contrito y deprimido todo el santo día, y solitario, y ambulatorio, con cara de ido. Que la felicidad estaba mal vista por los amos del cotarro. Sin embargo me resultaba difícil, incluso vergonzoso reconocerles que mi vida sexual iba estupendamente, y que no acababa de encontrarle sentido a lo trágico, a lo violento, a lo destructivo, como me repetían que había establecido un ruso hacía un par de siglos, que parecía ser una especie de guía Michelín para escritores, para los de verdad, me refiero. Mientras, me publicaron mi segunda novela y empezaron a hablar de mí en la capital. Pero ya les digo, que nada, que eso no era ser un escritor, me reiteraban: que por lo menos, aunque no me sintiese agobiado, tenía que añorar estarlo, tenía que sentirme intranquilo por no estar jodido, con depresión, por no fustigarme; y hablar de la muerte y el asco y la rabia y el hastío y la indignación y denunciar lo cretinos que eran todos menos los de nuestra tribu. Pero qué se le va a hacer, a mí el mundo no es que me pareciera un bicoca, pero tampoco era como ser del Atlético de Madrid, y que de momento a mí me abrazaban y me daban algún beso y la vajilla en mi casa seguía intacta. Y lo de los cretinos, en fin, que todos tenemos una mala tarde, ya lo decía Chiquito. Entretanto, me publicaron en el extranjero y ya tengo mi primer club de fans. Pero ahora han empezado a chillarme y a decirme que lo mío debería estar prohibido y que me van a dar un par de hostias porque mi nombre está empezando a sonar en premios muy gordos y yo sigo sin ser un siniestro total, como ellos. Que no, que no hay derecho, me recalcan. Y en los últimos tiempos, entre esporádicos lloriqueos, lo que más me echan en cara, lo que realmente les parece un crimen, es que en las entrevistas diga que sí, que efectivamente y en contra de su resolución, yo soy un escritor, uno que tiene esperanzas, pero lo peor, lo más ruin, lo más despreciable e indigno, lo que jamás me perdonarán, me gritan, es que me empeño en sonreír en la solapa de mis libros.

lunes, 6 de diciembre de 2010

El Des - Cuento

Ya sé que es una estupidez, pero no se puede esperar mucho mas de mi.
Por lo tanto, estoy pensando seriamente en continuar este disparate.
Mientras tanto, espero que a alguien le cause gracia, o que le produzca una sonrisa, aun cuando sea una sonrisa de pena.
Disfrutad Plebeyos.



En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, existió en un tiempo remoto, un rey generoso, que tenía fama de justo, y cuyo nombre era Alfonso, sus súbditos realmente felices y contentos con su manera equitativa y piadosa de gobernar, lo llamaban “El Sabio”. Era el décimo descendiente de su linaje, y provenía de una dinastía de grandes reyes.

Cuenta la historia que solía impartir justicia en un gran salón oval, ubicado en el centro de su palacio, que dicho sea de paso, tenía forma de pentágono, y que estaba confeccionado completamente de marfil. Cualquier turista desprevenido que entrara al pueblo y alzara la vista, lo primero que vería en la cima de la colina, sería una gran casa blanca.

Para completar un poco el cuadro de situación, o quizás solo para rellenar, diremos que a su distinguidísima majestad, le encantaba pescar, era su pasatiempo favorito, al que dedicaba gran parte de sus fines de semana, y como el salmón, era la especie que más abundaba en los ríos de su reino, era ésta, su presa predilecta. Solía hacerse acompañar por su trovador preferido, de nombre Andrés, un trotamundos, que llegaba al palacio una vez al mes, después de ganarse el pan con otros monarcas, pan que utilizaba para remojar en la salsa de calamares que el magnánimo rey Alfonso le hacía preparar por su jefe de cocineros en persona, para darle gusto al paladar de su artista.

Hechas las presentaciones correspondientes, volvamos a la historia.

Este príncipe, tenía su fama de ecuánime, muy bien ganada, y ya veremos porqué.

Un día, se presentaron ante él, dos mujeres, acusándose mutuamente de ladrona y utilizando contra la otra el epíteto de “robacunas”.

Ante semejante algarabía, el rey las hizo callar de inmediato, mediante la eficaz estrategia de hacerlas cachetear por el más fornido de sus guardias.

Es nuestro deber señalar que el susodicho centinela, cumplió su encargo con más vehemencia y premura de lo que hubiera cabido esperar, y me atrevo a conjeturar, que la casi imperceptible sonrisa que apareció en su rostro cuando recibió la orden, escondía cierto dejo de alegría que solo una persona acostumbrada a ser severamente castigada por sus superiores, podría entender.

Antes de dar la orden para que se expusiera el caso, su graciosísima Alteza, con su voz grave rugió:

Cuando yo era joven, “Robacunas”, en mi barrio, se le decía a aquella persona que buscaba o tenía amoríos con menores de edad. –

Ante la sorpresa que tal declaración produjo, y cuando notó que toda la corte fijaba, azorada, su vista en él, haciéndose el desentendido, ordenó proseguir.

Al tiempo escuchó los alegatos de las escandalosas contendientes, y entre las injurias que cada una se dedicaba, logró al fin comprender de que venía la cosa.

Ambas declaraban ser madres, lo que no encierra ningún misterio. El problema, venía porque las dos señoras aseguraban que un pequeño bulto dentro de una canasta, que sostenía otro de los guardias, (casualmente el mismo guardia que días atrás había encontrado flotando en el río, una canasta similar con un bebé adentro y que fue adoptado por la pareja real, bebé que finalmente habría de liberar a un pueblo oprimido de las garras esclavizadoras del descendiente de Alfonso, que se haría llamar Faraón, por haber leído muchos libros de aventuras en su niñez, haciendo separar las aguas de otro de los grandes ríos del reino…… pero eso en definitiva, es otra historia)

Decíamos pues, que el centinela, por orden del soberano, descubrió la manta con que se ocultaba aquel pequeño capullo de hombre, y vio el rey, que solo había un niño.

Es mío. – gritaba una – ella me lo robó – decía con lagrimas en los ojos, más por el ardor que sentía en sus mejillas, que por la posibilidad de perder a la criatura.

Impaciente, esperaba su antagonista el turno de hablar, para repetir las mismas frases.

Ahora, hay que hacerles justicia a las damas, y comentar, que ya no volvieron a interrumpirse, temerosas, claro está, de recibir otra andanada de mamporros, y si bien, no fue advertido por nadie, hay que destacar la tristeza, que esta obediencia le produjo al guardia.

Pidió el rey que comparecieran los testigos, y un silencio denso y atroz se cernió sobre el cuarto. Uno de los cortesanos tomó coraje y dando un paso adelante comunicó a Su Excelentísima Majestad, la ausencia de tales. (Tales, que no eran de la ciudad de Mileto, creo que vale la aclaración)

Al ver que no había la posibilidad de saber cual de las dos matronas era la verdadera madre del pequeño, si es que alguna lo era, pidió diez minutos para reflexionar, haciendo desalojar el salón. Cuando viose solo al fin, sacó del bolsillo de su real investidura una petaquita de ginebra. Ansioso, la vació de tres tragos y llamó a todos a que comparecieran nuevamente a su presencia.

Tú, mujer, ¿afirmas que este niño es tuyo? – Preguntó a una.

La aludida, tardó en responder porque se encontraba enviando puñaladas virtuales a su enemiga a través de su mirada, pero un codazo del guardia que se encontraba a su lado, la volvió a la realidad, y presto, emitió una afirmación gutural.

Con un revoleo de ojos, el rey, cuya tez estaba ahora más encendida, dirigió la misma pregunta a la otra dama, que respondió asintiendo con la cabeza.

Bien – dijo el todopoderoso señor, haciendo alarde de su sabiduría – Viendo que ninguna de las dos cede, y ambas insisten en afirmar que son las madres del niño, cosa que es sabido, harto imposible, por las leyes de la naturaleza, y porque ninguna quiere que la otra lo tenga como suyo, mi decisión, como saben, inapelable, desde que abolí los juzgados de última instancia, es que se parta al niño en dos, y se dé una mitad a cada una, y todos felices y contentos, ¡Carajo! – dijo, deseando en el fondo que se terminara la audición, para poder sacar la petaca que le quedaba en el otro bolsillo.

Quedaron todos atónitos, y nadie osó decir nada.

Me atrevo a sugerir que el odio irracional que las mujeres se tenían entre sí, hacía uso de todas sus facultades mentales, y de todo su cerebro, (es proverbial el hecho de que a las féminas les resulta imposible hacer dos cosas al mismo tiempo, mucho más aún si se trata de pensar), lo que debió haber impedido que escucharan el veredicto, porque siguieron matándose encarnizadamente con los ojos, sin advertir que un leñador tomaba al pequeño de una de sus rozagantes y regordetas piernitas.

Incluso se dice, que uno de los cortesanos, (chupamedias hay en todos lados), aplaudió sonoramente la decisión, y que dio vítores y alabanzas a la sabiduría de Su Alteza, en forma desmesurada.

Fue una de las últimas medidas que tomó el rey Alfonso. Fue duramente criticado en todos los medios de comunicación. Ni siquiera logró convencer a la plebe con el discurso que dio en cadena nacional, explicando que lo que pretendía era que la verdadera madre, por amor, renegara de su hijo, para salvarle la vida.

“Excusas inauditas” gritó furibunda toda la oposición.

También podemos tomar por cierto, el rumor que se propagó después, diciendo que el rey era sostenido desde atrás, durante el discurso, por aquel cortesano de fácil aplauso, para que no se cayera, debido a la mamúa que tenía.



Quizas..... Continuara.....

jueves, 28 de octubre de 2010

Escribo

Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo
escribir que escribo y tambien puedo verme ver que
escribo. Me recuerdo escribiendo ya y tambien
viendome que escribia. Y me veo recor dando que me
veo escribir y me recuerdo viendome recordar que
escribia y escribo viendome escribir que recuer do
haberme visto escribir que me veia escribir que
recordaba haberrne visto escribir que escribia y que
escribia que escribo que escribia. Tambien puedo
imaginarme escribiendo que ya habia escrito que me
imaginaria escribiendo que habia escrito que me
imaginaba escribiendo que me veo escribir que
escribo.
SALVADOR ELIZONDO, El Grafografo

jueves, 22 de julio de 2010

Muerte Súbita (Un Cuento de Fútbol)

Finalmente y después de muchos esfuerzos, logré unir dos de mis pasiones, el fútbol y la literatura.

Espero que les guste.



La pelota venía por el aire producto de un saque de arco, que más que un pase largo era un querer sacársela de encima, un tirarla lo más lejos posible, deseando que no volviera, o que tardara en regresar, el tiempo suficiente para que terminara el partido, y aunque en un principio parezca contradictorio, este deseo tenía mucho que ver con la confianza en sí mismo que se tenía el numero 1 del equipo azul.

Se jugaban las semifinales del campeonato en ese junio estival. La temperatura era baja, por lo menos eso decía el servicio meteorológico, aunque si se hubiese podido preguntar a los espectadores que atestaban las tribunas repletas, todos habrán asegurado que estaban en el infierno, transpirados por el abultamiento, acalorados por la pasión y con el alma completamente en llamas por la tensión lógica de estas instancias del campeonato. En tal caso, hubiese resultado imposible que escucharan la pregunta, tal el rugido sordo que bajaba de esa caldera que eran los tablones del estadio, y de que el mismísimo sol de verano, habría envidiado su calor.

Faltaban tres minutos para el final del segundo tiempo suplementario, cuatro o cinco, si al referí se le ocurría adicionar, cosa que nadie imaginaba debido al aburrido desarrollo del encuentro.

Tres minutos más, donde el equipo que convirtiera, pasaría a la final sin dejarle ninguna posibilidad al contrario de intentar reponerse, en los instantes posteriores y finales, con centros “a la olla”, debido a la instalación de lo que se conoce como “Gol de Oro”, lo que en el barrio y el potrero llamaríamos “Gol, Gana”.

Los 115 minutos anteriores, los 90 reglamentarios y los 25 de tiempo extra jugados hasta el momento, habían sido tediosos, casi sin llegadas claras para ninguno de los dos.

Se había jugado fuerte, como se dice, “metiendo pierna”, pero con lealtad. Anecdótico resulta el hecho de que hubo solo dos amonestados, y uno de ellos fue por protestar un fallo del juez.

Lo malo que había resultado el espectáculo lo justificarían días más tarde, los periodistas deportivos, diciendo que ambos equipos habían jugado con miedo a perder.

Y aquí, me permito un pequeño paréntesis para demostrar mi desacuerdo con tales argumentos, pues todo aquel que alguna vez jugó un partido, siquiera en el potrero del barrio, con el honor o la gaseosa en juego, sabe fehacientemente, que no se entra a una cancha con “miedo a perder”, por lo que me inclino a pensar que el partido había resultado así de trabado por los nervios que la instancia demandaban. Y mi argumento se ve respaldado por la cantidad inusitada de errores en los pases que ambos contendientes demostraron durante el juego, cosa que llevó a decir a algún relator falto de imaginación, que se habían prestado mucho la pelota.

Otra justificación, no menos significativa, de lo malo del partido, era la llovizna continua e incesante que no había dejado de caer, y que había hecho que el terreno de juego pareciera una pista de patinaje, donde los “players”, según diría Basile, no hubiesen tenido nada que envidiarles a los actores del “holiday on ice”. El césped se encontraba, por lo tanto, mojado, por lo que la velocidad de la pelota, se veía incrementada cuando ésta, tocaba el suelo, y en algunos sectores, como el lateral derecho que ahora defendía el equipo azul, había un claro ausente de pasto, y por defecto, se formaba un barrizal que hacía imposible dominar el esférico en ese espacio.

Debemos ser justos y decir también que en ningún lado se habían formado grandes charcos, un poco porque aún no llovía copiosamente, y otro poco por el buen drenaje del terreno.

Venía entonces, la pelota por el aire, Armando, el altísimo numero 9, se adelantó dos pasos, con la cabeza levantada y la mirada fija en la pelota, para escapar a su marcador y saltar así con más libertad. Llegó con lo justo para peinar la pelota y hacer que cambie de dirección levemente hacia la izquierda. Lo hizo mecánicamente, sin buscar hacer un pase o habilitar a algún compañero, y es que el cansancio empezaba a notarse, el larguísimo tiempo jugado, sumado a la tensión y a lo pesado que se encontraba el campo, hacía que los jugadores corrieran casi por compromiso, como si ya hubieran perdido las esperanzas de ganar, y hubiesen pactado resolver la disputa en los tiros penales.

Sin embargo, la peinada de Armando, encontró a su marcador obnubilado por el agotamiento, y sin reacción, por lo que ni siquiera sospechó el pique de Martín, el numero 8, que corría furioso hacia la redonda, como si sacara mas fuerzas de su cansancio, haciendo la famosa “diagonal hacia adentro”, soltándose de la línea lateral del terreno, “la raya”, en la jerga futbolera, e internándose en el campo, hacia delante, yendo en busca de la pelota, haciendo el recorrido mas corto para interceptarla.

Así fue que el numero 2 del equipo de casaca roja se quedó, como suele decirse, “clavado”, mientras Martín, con el empeine, mataba la pelota antes que tocara el suelo, pues estaba lo suficientemente lúcido para saber que si la dejaba picar, se le escaparía lejos.

Veloz de piernas, y utilizando la cadera, amago a escapar por a izquierda, por donde había llegado, y haciendo un quiebre de cintura, cual burrito Ortega, logró terminar de desarmar al ya desconcertado y fornido numero 2, que completamente exhausto y acalambrado se dejó caer al suelo, viendo trunco su esfuerzo por detenerlo, y observando como Martín huía hacia la derecha, con el balón dominado y el camino libre hacia ese arco que venía defendiendo hacía tantas temporadas. Y creyó ver también, en su delirio agónico, una estela de polvo de estrellas, como la cola de un cometa, y adivinó el surco, de un instante de sequedad, que iría dejando la pelota en su camino a la gloria.

Estalló la parcialidad local ante esta demostración de habilidad y grandeza, derramando, en forma de gritos y vítores, su regocijo, que bajaba a pique de las tribunas, como una catarata de aplausos, caudalosos, y tan húmedos de lagrimas esperanzadoras, que se confundían con la lluvia que empezaba a caer torrencial, como si Dios mismo se rindiera y llorara de alegría y fascinación por la belleza de esa jugada magistral.

Volaba Martín, acercándose al arco, y cada paso que daba le confería mas confianza a su pie derecho, que llevaba la pelota con leves empujones, dominándola y estrechando ese vínculo maestro e inigualable, haciendo de pie y pelota amigos inseparables, hermanos de sangre, soldados luchando codo a codo por mantener viva la esperanza de esos miles de fanáticos que en las tribunas henchían sus pecho de aire, esperando el desenlace feliz de la jugada, para exhalarlo en un grito triunfante.

Llegó fácil hasta el área grande, nadie lo había alcanzado, el 3 ya se había arrojado desde atrás inútilmente, pues ni siquiera el resbalón sobre el césped mojado, había logrado hacerlo llegar a los pies de Martín, que parecían volar, que levitaban a un centímetro del suelo, dándole un aire de bailarín clásico.

Y Martín veía que el arquero contrario se le venía encima, queriéndole achicar el ángulo de tiro, pero lo tenía sin cuidado, sabía como iba a definir, por venirlo soñando desde el inicio de esa alocada carrera.

Y en las tribunas se hizo el silencio, mientras Martín afianzaba el pie izquierdo en el suelo.

Los ojos de los aficionados se volvieron insólitamente grandes por la sorpresa, y Martín ya levantaba la pierna derecha para el remate.

La mitad del estadio rezaba para que entrara, y la otra mitad, para que no lo hiciera.

¿Y Dios? ¿A quién escucharía?

Y Martín giraba un poco el cuerpo, y abría el pie derecho para darle con la parte interna del botín, con la ya clara intención de acomodarla abajo, junto al segundo palo.

Fue en ese instante que el tiempo se detuvo, en ese momento cúlmine que la tierra dejó de girar, y en miles de almas, los corazones se detuvieron, y como si no quisiera ser menos, el corazón de Martín, también se detuvo.

Se escuchó el rugido de un trueno, y el haz de luz de un rayo, iluminó la silueta de un jugador tendido en el punto del penal, mientras la pelota llegaba mansita a las manos del arquero.

FIN

HERNÁN CERONI

21/07/2010