lunes, 23 de marzo de 2009

La tercer cara de la moneda

Pasó porque tenía que pasar, podría decirse que el destino así lo quiso, o que Dios así lo impuso, de todas formas, eso no interesa, porque lo importante es que sucedió. Cosas raras siempre pasan, pero no siempre las vemos, y no porque no estén a la vista, sino porque no le prestamos atención, miramos sin ver.

Un sábado a la noche, dos opciones, ir allí o ir allá, este recital o aquella fiesta, esta gente o esa gentuza, los amigos o los desconocidos, ¿y como se decide?
— Yo quiero ir allí — dijo él — pero quizás allá sea más divertido.—
— En cambio yo prefiero allá, menos despiole, viste — dije yo — pero allí también quiero ir. —
— No me quiero perder ninguna de las dos — dijimos al unísono.
La verdad es que los sábados a la noche nunca había nada para hacer, y siempre terminábamos borrachos en la esquina, tirados en el piso contando estrellas, o apedreando perros, gatos, pájaros (que se jactaban de no ser golpeados) o cualquier cosa viviente que se encontrara a tiro.
Pero cada dos o tres meses para no exagerar, se presentaban estos dilemas, una noche movida, sábados donde se juntaban las opciones, y a uno no le quedaba otra que decidir.
No quiero ser mentiroso para no pasar por estúpido, porque los números indican que siempre elegíamos mal, y sino siempre, el 90% de las veces seguro, si no nos aburríamos, era porque debíamos correr de alguna banda, sino eran vestidos de azul y con gorra, eran vestidos de negro, musculosos, pelados y un tipo muerto llamado Adolfo Hitler, disfrazado de ídolo en su remera.
Pero la cuestión es que aquella noche, entre cerveza y cerveza, se nos pasaba la hora y se estaba haciendo tarde.
— Y si nos quedamos en la esquina —le dije, y puse cara de acontecimiento extraordinario.
Sus ojos colorados me miraron asombrados, pero enseguida se le escapó una carcajada.
— Ya sé — me dijo.
— Que, ¿la teoría de la relatividad? — pregunté mientras tomaba otro trago.
Aquí perdimos diez minutos mas, de nuestro valioso tiempo, mientras él se destornillaba de risa.
— Dame una moneda — Gritó entre lagrimas, en tono autoritario.
— Te pintó el punga. — reproché.
Otros cinco minutos perdidos me hicieron desistir de hacerme el gracioso.
— Si no sabemos adónde ir, tiramos la moneda y punto. —
Debo admitir que no era mala la idea, al fin y al cabo ambos estábamos indecisos, (mejor dicho, éramos indecisos, porque se puede aplicar a cualquier cuestión, no solo a ésta.)
Saque una moneda de un peso del bolsillo y lo miré.
— Cara, la fiesta; ceca, el recital — le dije, y estuvo de acuerdo.
La moneda voló por el aire describiendo una parábola, nuestros ojos estaban fijos en ella, después de todo decidiría nuestro futuro inmediato. Llegó a la cima de su vuelo y bajó hacia nosotros que la esperábamos ansiosos, quise atraparla entre mis manos, pero ella, escurridiza como un renacuajo en el agua, escapó de entre mis dedos y buscó el suelo.
Tras rebotar dos veces, quedó, por fin, mansa y tranquila, a mis pies.
— El sol está hacia arriba — apunté — ¿es cara o ceca? —
Su mirada de sorpresa me dio a entender que no tenía ni la menor idea. Creo que allí fueron perdidos otros cinco minutos mientras nos reíamos de nuestra propia ignorancia.
— O.K., vamos de nuevo, sol, fiesta; escudo, recital — dije decidido.
No puso objeción y agregó:
— Si cae de canto nos quedamos en la esquina —
Me reí nervioso mientras le echaba una mirada rápida al reloj. Tome un sorbo de cerveza caliente como la orina, como para envalentonarme.
Volvió a subir la moneda que estaba por sacar patente de pájaro de tanto vuelo recibido.
La mirábamos ilusionados.
— En cuanto caiga, nos vamos. — le dije veloz como un rayo.
Esta vez no intenté atraparla, sabía que sería inútil, pues había cobrado vida propia.
Cayó pesadamente, y después de varios rebotes, quedó parada de canto, girando sobre sí misma. Habrán pasado dos segundos, que a nosotros nos pareció una eternidad.
Caerá de este o de aquel lado, esa es la cuestión, diría Hamlet.
Al ir perdiendo velocidad, proporcionalmente perdía equilibrio. La suerte estaría echada, y tendríamos diversión, después de todo, una moneda no podía equivocarse.
Amago dos o tres veces a caerse. Finalmente se detuvo.
Si hubiesen visto nuestras caras, se hubiesen reído mucho.
Boquiabiertos, desconsolados.
Lentamente giramos la cabeza hasta que nuestros ojos se encontraron. Ambos nos reímos de la cara del otro.
Si señor, la moneda había quedado parada de canto.
Yo creo que si no hubiésemos estado bebiendo cerveza, en vez de reírnos como lo hicimos, nos hubiésemos echado a llorar.


DEDICADO A CHAPA.
POR TANTAS NOCHES EN LA ESQUINA Y
POR TANTAS MONEDAS VOLADORAS QUE NOS HICIERON ABURRIR.

HERNAN CERONI
30/11/00

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Jajajaja! jajaja! Borrachos!! Son unos ebrios!!

A. dijo...

Huy.. yo tambien siempre tuve el problema de no saber cual era cara y cual seca :P

y si.. si tiraras una moneda para que quede de canto... seguro que se va por alcantarilla... jjaja

Negra* dijo...

Venía a putear pero me quedé en el camino...
Me gusta, es la fortuna que tenemos lo que venimos "más atrás", buena o mala es esclusiva y sabemos a veces, disfrutarla.
Saludos berni,
Zai