martes, 27 de junio de 2017

El Dia Que Lloró La Muerte

Es una creencia popular, que la muerte se encuentra presente como una nube oscura e invisible, sobre el lecho de la persona que está a punto de expirar, y creo que podríamos afirmar que esto es totalmente cierto.
También, nuestro temor a llegar al final de la vida corporal, (ya que el alma es inmortal), nos hace asociar la muerte con algo malo.
Hay que aclarar que la muerte existe, no como figura, sino como persona. Ella es un alma a la cual le ha tocado como trabajo enseñarnos el camino cuando dejamos nuestros cuerpos, pero no por eso es mala.
Creo que nosotros nos sentimos muy seguros encerrados dentro de nuestros cuerpos de carne y hueso, y es el temor a salir, a vagar libres lo que tenemos, y no a la muerte propiamente dicha.

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Darío tenía una familia, dos hijas preciosas; Natalia de cuatro años y Nadia de dos. Tenía una esposa, Carolina, que lo esperaba cada día con la cena lista, con el baño preparado y con una sonrisa siempre viva en los labios. Ella sabía lo que Darío quería, y él sabía lo que ella quería. Entonces, siempre volvía con un ramo de rosas, o con un alfajor Toffi, que a ella tanto le gustaban, o simplemente le traía una tarjeta en blanco, con un TE AMO escrito burda, pero sinceramente.
Darío trabajaba en una fabrica de cacerolas, (metalurgia, solía repetir), desde hacía ocho años, no pensaba ascender, pero tampoco le interesaba. No tenía estudios, había dejado cuarto grado porque las circunstancias lo obligaron a salir a trabajar, pero tampoco se arrepentía, tenía por bien vivido lo vivido.
Tenía 32 años, y lo único que le importaba era su familia, amaba con devoción a Carolina, y sentía a sus dos hijas como parte de su alma.
Sentía que la vida, a pesar de haberle sido adversa durante sus primeros años, le había devuelto con creces, todo lo que había perdido, y que el cariño que no había recibido de chico, ahora le llegaba a montones a través de su familia.
Lo único que poseía era su pequeña casita en el barrio de Lanús, y su Fiat 1500, que cuidaba mas que a su vida. Era muy feliz con lo poco que tenía, y es mas que normal, ya que no es todo lo que tenemos lo que hace a la felicidad, sino cuanto lo disfrutamos, y él disfrutaba su vida a pleno.
Pero pasó, en el momento en que sucede ésta historia, La Muerte, como siempre, incansable, estaba trabajando. Tenía su ‘‘hoja de ruta’’, y aquel día debía pasar por Caseros, pues sabía que la policía mataría a una delincuente; inmediatamente tenía cita en el hospital de niños, donde un pequeño que había sido abandonado, no resistiría mucho tiempo.
Este trabajo, a La Muerte le gustaba, muchos creerán que esto es morboso, pero es que ellos no saben lo que viene después, y ella sí lo sabía, La Muerte, no mataba, liberaba almas, y esto sí la atraía.
Después de atender estos dos asuntos, debía pasar por Lanús, esto se leía claramente en su ‘‘hoja’’, pero no podía adivinar quien era ‘‘la victima’’, el nombre, se había borrado. Si era la mano del destino, o un simple accidente, no podía averiguarlo, en realidad, no tenía tiempo, inmediatamente después, habría un choque en Mar del Plata que requeriría su presencia.
Aquí se presentó el dilema, se adivinaba que la primera letra era una ‘D’, y la segunda una ‘a’, la tercera era ilegible, y la cuarta una ‘i’, finalmente, la última parecía una ‘o’. No lo pensó mucho tiempo, Darío se dijo, y como no sabía que causa liberaría ese alma, dispuso de su poder.
Darío volvía a su casa en su Fiat 1500, con un ramo de rosas en el asiento del acompañante, nunca supo como, pero sintió una sombra oscura e invisible sobre su cabeza, e inmediatamente su corazón dejó de latir. El Fiat se estrelló contra un árbol, y allí quedó detenido con el cuerpo sin vida en su interior.
Darío no entendía nada, veía desde el aire lo que parecía ser su auto, chocado contra un árbol, con un cuerpo dentro. Miró mas atentamente y le pareció un rostro conocido. Antes de llegar a asociar estas ideas, ante él se presentó una persona de traje negro, con una cruz brillante sobre el pecho.
— ¿Quién sos? — preguntó Darío.
— Yo, soy La Muerte, y ahora he de guiarte hasta tu próxima morada.— respondió con una sonrisa entre los labios.
— Acaso estoy muerto.— reflexionó Darío en voz alta, y se dio cuenta que no se sentía ni atemorizado, ni sorprendido, sin embargo, le pareció correcto exigir una explicación, y así lo hizo.
La Muerte, mostrándole la ‘‘hoja de ruta’’, le explicó:
— Ves, aquí está tu nombre, inclusive tu dirección, Tucumán 1238. —
Darío, con una expresión grave en el rostro, le indicó que su dirección era Tucumán 1258, y que en el 1238, vivía un anciano que padecía cáncer, cuyo nombre era David.
La Muerte, con la duda metida en la cabeza, le indicó que lo siguiera.
— Vamos a hablar con el jefe.— dijo simplemente. Y partieron rápidamente, dejando todo lo demás para otro momento. Ese día no hubo choques en Mar del Plata.
Ante el creador se presentaron, y expusieron el caso.
Claramente se notaba el arañazo que la supuesta ‘o’, tenía a su derecha, como complemento de lo que había sido una ‘d’.
— Yo no puedo devolverte la vida que tenías antes, como compensación por el error de mi obrero, — dijo el SER SUPREMO. — Pero puedo darte una nueva y mejor si es eso lo que deseas.—
— No quiero otra que la misma que ya tenía. — respondió Darío con inquebrantable resolución. — Pero si es imposible hasta para ti, entonces esperaré aquí a mi esposa, hasta que llegue el momento de volver a estar juntos. — dijo con una falsa resignación dibujada en el rostro.
Dio media vuelta, y vio lo que jamás pensara ver, por el rostro pálido de La Muerte, corrían como gotas de rocío, lagrimas brillantes, que al caer se transformaban en preciosas perlas, que abrían surcos en las nubes, a sus pies.
Agachando la cabeza, dijo La Muerte:
— Huye por esos huecos que en las nubes voy dejando, pues esta es la única vez que me arrepiento de haber liberado un alma. He visto el dolor que cause en tu familia, y créeme que me arrepiento, ahora hazme caso, y jamás digas que has visto llorar a La Muerte.—
Darío se escapó por el hueco de la nube.
6:30 hs. de la mañana, sintió el sonido dulce de la voz de Carolina:
— Vamos, mi amor, tenés que ir a la fabrica.—
Se incorporó sonriendo, creyendo que todo lo había soñado, pero junto al reloj despertador, encontró una perla.
Ese día no fue a trabajar, tomó la perla, y la dio a la viuda del anciano David, que esa misma noche, había muerto de cáncer.

HERNAN CERONI 25/06/1998

Salame Y Queso. La Evolución En Retroceso

En una noche que anuncia la llegada del invierno, con la temperatura más baja de lo que debiera para el otoño, el vapor del aliento se entremezclaba con el humo del cigarrillo que escapaba de mi boca.
Estaba contento por ser primer día hábil del mes, lo que abultaba un poco mi escuálida cuenta bancaria. Era de esos días en que puedo darme algún gustito, nada extravagante, pero me permito un alfajor, o una gaseosa en los días de verano.
Sentí, de repente, la punzada del hambre, y las paredes de mi estómago se cerraron como una prensa.
Generalmente espero a llegar a casa para cenar, no es habitual en mi actual estado económico, que gaste dinero en panchos, sándwiches o cualquier especie de tentempié en el camino, pero esta vez noté que las piernas me temblaban, como debilitadas. Tomé la decisión de detenerme a probar algún bocado. No puedo mentir, tampoco me costó tanto decidirme, como sí lo hubiera hecho de haber estado a mitad del mes, también es probable que el temblor y el desfallecimiento de mis extremidades fuera solo psicológico, porque sabía que podía darme ese “lujo”.
Me dirigí entonces, tranquilo y sonriente a una estación de venta de GNC, de esas típicas paradas obligadas de taxistas nocturnos, con un vendedor gordo y barbudo, compinche de todos los habitués del lugar. Era uno de esos antros que sin ser oscuro, (a decir verdad la luz era exagerada), están llenos de miradas nada amigables para con un desconocido. Me sentí inmerso en una vieja película yankee, donde el turista desprevenido se mete sin saber en un restaurante de pueblo chico, donde solo recibe miradas de desprecio, sin ninguna curiosidad, desdeñosas y descaradas.
No soy de amedrentarme fácilmente, así que apoyando la mochila en un lugar vacío de la barra, le pregunté al obeso despachante que tenía para comer.
– Pebetes – me dijo sin siquiera dirigirme la mirada, que estaba pendiente de la rítmica danza de un culo en la TV, mientras los parroquianos se reían por lo bajo.
Del aparato escapó la voz de Tinelli, y comprendí el nivel cultural de los presentes, por lo que no me sentí aludido por las bromas que gastaban aquellos seres.
– Cocido y queso – le espeté de repente con la absoluta seguridad de quien sabe lo que quiere.
Gruño el barbudo y me dirigió una mirada de odio.
– ¿Te lo preparo? – preguntó el muy sinvergüenza.
Pensé que era obvio, que si se lo pedí, debía hacerlo.
Me sentí confundido por el gruñido, no sabiendo si atribuirlo al hecho de que mi impertinencia lo hiciera trabajar, o si solo estaba molesto por tener que salir del hipnotismo en que el culo lo había sumido. Más mi confusión fue mas efímera que la vida de los mortales para los Dioses, porque comprendí con la velocidad de la luz que aquel tunante se tomaría su tiempo para preparar el bocado, dejándome esperando como parte de su venganza por mi intromisión. Incluso juzgue que sería muy capaz de intentar alguna jugarreta, como poner un moco en el sándwich, o quizás un escupitajo. Más no fue eso lo que me hizo cambiar de opinión, sino más bien el hecho de pensar que por culpa de la desidia que pudiera tener, yo perdiera el ómnibus a casa y tuviera luego, que esperar una hora más.
– Dejálo – exclamé – si lo tenés que preparar dejálo –
El grupo de cabezas que estaban absortas en el culo que transmitía el televisor, giró en redondo, todas a un tiempo, como si siguieran una coreografía previamente ensayada, y debo decir en su honor, que de ser así, les había salido a la perfección.
Para mi satisfacción, noté sorpresa en sus miradas, y deduje que ningún “forastero”, jamás se había atrevido a deshacer una orden en aquel recinto diabólico, y esto me causo placer.
Con qué poco se puede sentir satisfecho un hombre.
Sonriendo por mi victoria ante los neanderthales, redoblé la apuesta:
– Dame ese de salame y queso que tenés ahí – le dije mientras señalaba con el dedo una vitrina sobre el mostrador.
Los ojos del diablo disfrazado de tendedero estaban inyectados en sangre.
“La sangre en el ojo” me dije satisfecho.
Noté como resaltaba una vena en su grueso cogote.
Sin demostrar ninguna emoción, (tampoco soy estúpido), saqué mi billetera de la mochila.
– ¿Lo comes acá? – me preguntó con aparente serenidad y un dejo de suspicacia, al tiempo que miraba de reojo a sus coterráneos.
Uno de estos simios, hizo un ruido al sorber de su pocillo de café, estaba clarísimo que mi presencia no era bienvenida, y que si decidía quedarme a cenar ahí, harían que fuera aún más notorio este rechazo.
Negué con la cabeza, aunque lejos estaba de hacerlo por temor a estos tipos, sino que mi imaginación se encontraba ya, en la parada del colectivo.
Y aquí empezó su venganza.
Con la billetera en la mano lo miré inquisitivo. No hubo necesidad de expresar frase alguna, entendió mi mudo interrogante a la perfección.
– Ocho – dijo ocultando su satisfacción.
Uno de los cromañones susurró algo y su vecino inmediato festejó el chiste con una risotada que me hizo pensar en los rudos caballeros nórdicos de las historias.
Sin embargo, reconozco que de haber allí un espejo, hubiera visto como mis ojos se salían de sus orbitas ante tamaña sorpresa, (tamaña por lo desorbitarne del monto, se entiende).
De todas formas el tipo no se inmutó, ni se sintió aludido por mi grito ahogado, se limitó a meter el pebete en una bolsita de papel madera y tenderla frente a mí.
A pesar de mi sorpresa reaccioné y con rencor sordo apoyé un billete de 10$ al lado de mi cena.
Reconocí mi derrota.
Satisfecho, el holgazán, tomo el dinero, y con ademanes suaves y despreocupados, procedió a guardarlo en la caja. Depositó el vuelto ante mí, pero sin mirarme.
Ofuscado, levanté los ojos y vi que sonreía estúpidamente, pero supe que ya se había olvidado de mí cuando noté el hilillo de baba en la comisura de sus labios, otra vez concentraba su simiesca atención en el culo danzante.
– ¿Mayonesa? – pregunté en último esfuerzo por molestarlo. Lo vi mover la cabeza en ademán negativo, aunque sus pupilas no se movieron, obnubiladas como estaban por ese hilo de tanga roja que surcaba el culo de durazno.
Me di por vencido.
“Al diablo”, me dije “tengo mi comida”
Abrí la puerta corrediza y me fui sin saludar, aunque no lo suficientemente rápido como para no sentir la mirada despectiva que se clavaba en mi nuca.
Me prometí no volver allí, aunque sé por experiencia que es el único lugar abierto a esas horas de la noche. La promesa la confirmé cuando le quité el envoltorio al sándwich. Lo tomé entre mis manos e hice presión, más el desgraciado no se inmutó, no logré aplastarlo siquiera un milímetro, el pebete era del día anterior.
Mascullé entre dientes una afrenta a los dioses, cosa que no debí hacer porque se enfurecieron aún más, y en vez de apiadarse, obraron un milagro, a favor del tabernero, claro, porque hicieron desaparecer el queso que quedó reducido a una minúscula y desafiante feta del grosor de un papel de calcar.
Miré el sándwich con tristeza, y con las pocas ganas que me quedaban me lo llevé a la boca. El mordisco no fue suave como me hubiera gustado, sino que tuve que tironear como un gato sin dientes con un pedazo de bofe. Cuando por fin creí haber cortado el salame, noté que en realidad la feta de fiambre había salido entera, y que vergonzosamente me colgaba de los labios como un apéndice de mi lengua.
Luché estoicamente con mi cena, y salí vencido.
Pregúntenle al perro vagabundo que por casualidad pasó por allí. Estoy convencido que mañana lo volveré a ver, después de todo, para él, debe haber sido la mejor comida en años.
Ahora, sentado en el colectivo, y con el estómago rugiendo de hambre, lo único que se me ocurre es que la evolución, en mi caso, no es un avance sino un retroceso.
El hombre de las cavernas, venció con astucia al Homo Sapiens.


FIN

HERNÁN CERONI
01/06/2010

jueves, 24 de mayo de 2012

Desvelado. Una Noche Larga


¿En que venía pensando?, ¿En que diablos venía pensando?
No lo sé. Es increíble la capacidad de olvidar las cosas que se me pasaban por la mente cuando no tenía un papel a mano.
Sé que se me había ocurrido que con cualquier palabra podía armar un rompecabezas de ideas.
Pero ahora…… me faltan las palabras.



Mozooooo!! Una de Muzza!!!
Mi Muzza! O Mi Musa. O Mi Misa.
Porque ahora me desvelo, y sigo dando vueltas en la cama! El cubrecama esta mareado, y sinceramente no me importa, la almohada me quema la cabeza, pero sé perfectamente que no es la almohada. De todas formas da igual, porque el incendio es el mismo, y no hay bombero que pueda apagarlo, no hoy, no mañana, ni siquiera en unas semanas. La aguja ya marca las 3 y hace cinco horas eran las 2, probablemente el reloj tenga poca pila…. Seguro sería eso si el reloj fuera a pilas. Un momento después volteo la cabeza y observo la espesa negrura que se filtra por la ventana, ¿y la luna?, ¿y las estrellas?
Mozoooooo ¿y la de muzza?
“No es una calesita!” Me grita el colchón, harto ya de mis idas y venidas, y me río, me río con ganas y sinceridad, y me río porque es gracioso!, ¿desde cuando le di al colchón el derecho de expresarse?
ESTO ES UNA DICTADURA.
Y si seguís jodiendo te hago desaparecer, de todas formas, ya estoy necesitando uno nuevo, si tus resortes de mierda se me clavan en la espalda a cada momento.
Me vuelvo a reír, pero el hijo de puta debe ser revolucionario, y la punta del resorte abre un surco en mi piel. ¿Me habrá escuchado?, y para colmo de males este tic-tac que me esta volviendo loco
PARÁ, RELOJ, PARÁ UN POCO.
Me levanto y lo sacudo, y el muy desgraciado se envalentona, porque ahora marca los segundos a una velocidad desmedida, y entonces el tic-tac, se acelera, y la aguja se vuelve loca y empieza a girar a como la rueda de un formula uno!
Ahhh, Noooo! Estas cosas a mi no me ganan!  
Viste!, no te dije yo?
Estoy sentado en el borde de la cama, con una mano trato de apagar el fuego de la almohada, y la otra la tengo suspendida en el aire…..
¿Cuánto tiempo pasó desde que el sonido del reloj reventándose en la pared se esfumó en el aire? Bueno, ahora nunca voy a saberlo, ya no hay un tic-tac que me de una idea!
Y Este resorte que se me clava en el culo!!!  Pero ni siquiera así puedo desviar la vista de los trozos de despertador que están desparramados, el numero doce me está mirando como si yo estuviera loco!
¿Pero que mierda te pasa? Jajajaja! Tu puta aguja no va a pasar mas por donde vos estabas!!  Jaja! Y miralo a tu compañero el “1”  Tan malo que aparentabas ser ¿Y ahora?
¿Quién se rie último?
Bueno, quizás el numero 12 tenía razón, si no bajo pronto la mano voy a terminar creyendo yo también que estoy loco, así que…… Aprovecho y me seco las gotas de sudor que recorren mi frente, porque este incendio me está deshidratando, y esta puta almohada que todavía humea! ¿o es mi cabeza?
Ya estoy harto!!  Me arden los ojos, y no hace falta ser oftalmólogo para adivinar que están irritados!
¿Qué es esa claridad? ¿y ese ruido?
Nooo!! ¿a quien se le ocurre mandar un mensaje a las …..¿que hora era?
Ya debe estar por amanecer, seguro, y yo no pegué un ojo!
Vos! Vos tenés la culpa obsesion!
¿Porqué tuviste que aparecer?
Mozoooooo!!!! La de Muzzaaaaaaa!!!
Tengo la boca pastosa, ya estoy cansado de prender y apagar los cigarrillos!
Bahh! Yo me levanto y me voy a trabajar!!
Por Dios!  Como me duelen las piernas! Lo mejor va a ser que me pida el día.
Ah, Uh! ¿Había llegado un mensaje? Noo, debe haber sido mi imaginación!
Ahí esta la luna!! Al fin!! Ah, no, es la luz del vecino! Pero que tipo imbécil éste!
Seguro que ahora enciende la radio a todo volumen, mejor que ni se le ocurra, porque como viene mi día, lo mando al carajo!
Entonces me acuesto de un golpe, y no puedo evitar sentir el resorte de nuevo que me atraviesa el muslo, pero ya no me importa.
Ay!! Si solo pudiera dejar de pensar. Probablemente podría dormir un poco.
Me tapo la cabeza con la almohada y la luz que proviene de la casa del vecino desaparece instantáneamente. Al fin algo de paz. Y entonces empiezo a notar que corren gotas de transpiración por todo mi cuerpo…. ¡¡Mierda!!  ¿En que momento me tape con la frazada?  Estoy ahogándome. Casi puedo percibir el olor a quemado que sale de mis oídos, reflejo de lo que ocurre en mi mente.
Yo no quemo caucho en el asfalto, pienso, quemo neuronas en mi lecho. Y vuelvo a reírme, esta vez con una carcajada desaforada, triste y frenética.
Decido que el numero 12 tenía razón. De un tirón me saco la manta de encima y con un bufido impaciente la arrojo al suelo, manoteo la almohada, la tiro hacia arriba y con furia desmedida le meto una patada que la envío al otro lado de la habitación. Veo su sombra en el aire, la veo descender con lentitud como si quisiera quedarse suspendida e imagino que esta levitando, y socarrona queda con medio cuerpo sobre el sofá que hay debajo de la ventana.
Siento sed y me levanto en busca de agua. Estoy enfurecido y mas que levantarme salto de la cama, y mi pie derecho acusa un golpe, sin embargo, de tan ofuscado que me siento apenas noto el pinchazo de un trozo de vidrio de lo que fue mi reloj, y que ahora se está haciendo carne en mi talón.
Probablemente esté sangrando, ¡¡pero que mierda…!! Tengo sed.
Es por la almohada que ahora se esta consumiendo en el sofá, haciéndose humo.
Viste, no me vas a joder más, le digo parado frente a ella y hago una mueca que demuestra mi satisfacción frente al enemigo derrotado.
¿Para que me paré?
Este vidriecito en el pie no me deja pensar.
Che, duele.
¡¡Mozoooo!! La de muzzaaaaa!!! Grito con lágrimas en los ojos. Y a los saltitos vuelvo a la cama. Me dejo caer pesadamente y dejo escapar un alarido sordo no exento de bronca.. “Pero que resorte de mierda”
Empiezo a respirar profundo, un poco para calmarme y otro poco por cansancio. Ahora sí, siento que los músculos están mas relajados, seguramente el sueño no tarda en llegar. Lo sé porque me pesan los parpados y me siento como en una sesión de hipnotismo, sí, incluso puedo sentir la voz zumbona del hipnotizador que acaricia mi oído, que se introduce en mi oreja y que…. ¿Qué mierda?... ¡¡Mosquitos!!
¿Qué más me puede faltar? Y se me viene a la cabeza mi imagen de niño, poniendo mosquitos moribundos en el camino inexorable del espiral, y esperar sentado y ansioso a que la brasa llegara por fin y hacer un nuevo mártir para la religión dengue!
Y me siento como un hombre que no sabe nadar en el medio del océano, dando lo que se suele llamar, manotazos de ahogado, estirando el brazo hacia arriba, con furia, dando brazadas al aire con desesperación, buscando acertarle a alguno de estos demonios alados, estos vampiros de mierda, que no se contentan solo con chuparme la sangre, como los políticos, sino que además se divierten quitándome el sueño, pasando en vuelo rasante por mi oídos, casi como si fueran japoneses kamikazes.
Me levanto de nuevo, totalmente fuera de mi, con la mente perturbada por el sueño, en alguna parte de mi cabeza se enciende una lucecita y de pronto sé que no debo apoyar mi talón en el piso, porque…. Bueno no me importa el porque, me alcanza con saber que no debo hacerlo, es, pienso, la última línea de defensa de mi cordura, y me aferro a ella, sonrío por mi suerte, Carajo, el numero 12 estaba equivocado!!

jueves, 20 de octubre de 2011

SuperHeroe

Estaba enojado, furioso, ya ni se porque. Iba pateando piedras con saña, les apuntaba y tiraba la patada. La tercera fue la vencida, como suele decirse, era mas grande de lo que me pareció al primer vistazo. La agarre de lleno con el dedo gordo, no se movió ni dos centímetros, era pesada. Lo que no puedo olvidar es el dolor en el pie. Me puse a dar saltos y alaridos como un loco, pues este percance me encegueció aun más, y completamente fuera de mí la tomé con ambas manos.

Fue el destino el que decidió que aquel gigantesco perro debía pasar por allí en ese instante, mas yo no vi un perro, vi un blanco sobre el cual descargar mi brote de ira, y sin pensármelo dos veces le arrojé el cascote. Durante las milésimas de segundo en que permaneció en el aire me sentí Guillermo Tell. Si Guillermo Tell hubiera tirado piedras en vez de flechas, y si su blanco hubiera sido un perro y no una manzana sobre la cabeza de su hijo.

Como te digo, esa sensación duro un instante, porque cuando escuche el aullido de dolor del pobre animal me sentí enfermo, bah, culpable, sentimiento este que hizo desvanecer la ira que me había invadido.

Mas sereno, me acerque al animal para ver si podía socorrerlo, durante dos pasos me sentí veterinario, claro, yo no contaba con que el pobre bicho pudiera sentirse ofendido por mi brusquedad.

Lo vi alzar la cabeza y sonreírme, recuerdo haber pensado que seria el actor perfecto para una publicidad de dentífrico canino, relucientes y brillantes eran todos los colmillos que me mostraba.

El sonido ronco que salio de su garganta me dio a entender que no era una sonrisa lo que me estaba regalando. Con el primer gruñido deduje que me estaba amenazando, y me sentí ofendido, por su desagradecimiento, pensando que yo solo me acercaba para ayudarlo.

Lo vi levantar el hocico y aullar al cielo, recuerdo que pensé en la película del hombre lobo que había estado viendo la noche anterior, y solté una carcajada, medio forzada en realidad, porque estaba destinada a aflojar los nervios y ahuyentar el temor que me producen estas películas.

(Ni hombres lobo, ni vampiros, ni fantasmas son cosas que me diviertan, pienso que uno no debe reírse de lo que no sabe, o no conoce)

Como sea, el perro se tomo a mal que yo me riera, y dio un paso al frente, amenazante. A esta altura yo ya no me sentía muy veterinario y rezaba para que me salieran alas, aunque me conformaba con empezar a sentirme maratonista por unas cuadras.

Nuevamente vi que alzaba el hocico, note un hilillo de sangre que corría entre sus ojos. Con la mirada fija en mi, olfateo el aire, se que olio mi miedo, porque volvió a mostrarme los dientes, y esta vez, si fue una sonrisa. Imagino que es la clase de sonrisa que pone el diablo cuando ve llegar nuevas almas al infierno, como una sonrisa de goce prematuro.

El asunto es que dio un paso mas hacia mi, que estaba paralizado de terror, flexiono las piernas y supe que se iba a abalanzar sobre mi.

Trague saliva y note como se me humedecían los ojos. Pensé que eso me pasaba por querer ayudar a los perros heridos.

Instintivamente di un paso atrás, despacio, tratando de aparentar una calma que estaba lejos de abrigar.

Sentí mi talón choca contra algo, y no me hizo falta ser adivino para saber que en un segundo me encontraría tirado en el piso completamente indefenso a merced de la bestia.

Tengo que admitir que me largue a llorar como un bebe cuando por el rabillo del ojo vi acercarse la sombra del perro, que evidentemente había hecho el juramento de deshacerse de mi, reduciéndome, moralmente primero, lo cual ya había logrado, para luego encargarse de despedazarme “a piaccere”.

Ahí fue cuando sucedió.

No lo vi llegar, ni se de donde salio. Pudo haberse materializado de la nada, como pudo haber bajado volando del cielo, o quizás salio de debajo de la tierra, lo cierto es que estaba ahí, a mi lado. Cuando voltee a mirarlo llevaba un palo en la mano derecha, y lo azuzaba en el aire.

Entre mis lágrimas lo vi resplandecer.

Caminaba recto, sin vacilar hacia el animal, gritándole que se fuera y mirándolo fijo a los ojos.

El perro reculo unos pasos, supongo que se lo pensó dos veces, enfrentarse a un tipo de ese tamaño no seria fácil ni para un mastin. Además era notorio que el hombre no le temía. Así que lo vi darse la vuelta y retirarse despacio, mirando por sobre el hombro, como si quisiera dar a entender que no había sido vencido, sino que se retiraba por propia voluntad, por no querer asesinar al hombre que lo enfrentaba.

Pero yo se que no era asi, porque lo vi en sus ojos, detrás de esa aparentemente digna retirada, estaba el terror. Miedo a ser destrozado por la fría mirada de este ser que había venido en mi ayuda.

El perro temió verse envuelto en una batalla que ningún animal, ni ser humano podría ganar.

¿Cómo se puede vencer a alguien que respira fuerza, cuya voluntad de hierro puede someter con el solo ímpetu de su mirada?

Ni siquiera le hizo falta golpearlo.

Eso era un Superhéroe, a mi no me engañan.

Quise levantarme, pero la caída había sido dura y me dolía terriblemente la pierna.

Senti dos manos que me alzaban del piso con facilidad, como si yo fuera de papel. Con una mano enjugo mis lagrimas y me sonrio. Te juro que esa sonrisa podria iluminar la noche mas oscura.

Me senti tranquilo. Sosego mi desbocado corazon con una caricia y me senti seguro.

Me habia salvado la vida.

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La señorita Mariana de sala verde se acerco a los chicos que estaban sentados en el patio, bajo la poderosa sombra del viejo nogal.

Chicos, es hora de ir a la salita, termino el recreo – dijo con dulzura.

Los tomo a ambos de la mano y con un guiño pregunto:

¿De que hablaban tan seriamente? –

Agustin, con la mirada radiante de orgullo respondio:

Le estaba contando de mi Papa. –

FIN

HERNAN CERONI

19/10/2011

lunes, 26 de septiembre de 2011

Mensajes

- Mi hijo esta confundido – dijo el viejo. Su voz dejaba traslucir un dejo de dolor.

Apesadumbrado por la situación tomo el teléfono dispuesto a explicarle por enésima vez el porque de su decisión.

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“No te equivoques” leyó en el display. Y se puso furioso.

- Y encima me amenaza – Le grito a nadie.

Los nervios le hacían temblar los dedos haciendo más difícil el teclear la respuesta. Aun así lo intentaba cuando el aparato vibro en sus manos interrumpiendo sus pensamientos.

“Ustedes son perfectos” decía el nuevo mensaje.

- Mas a mi favor – pensó – se volvió loco el viejo.-

Borro lo que llevaba escrito hasta el momento y completamente fuera de si, escribió:

“Son inferiores, no me arrodillare ante ellos”. Y sin pensárselo dos veces presiono violentamente la tecla SEND

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- Me apena que no me comprenda – dijo en voz alta.

- Déle tiempo – respondió una voz angelical a sus espaldas.

El viejo asintió despacio, comprendiendo.

Su rostro expreso ternura, y con infinita paciencia escribió:

“Hijo, debes hacerlo, porque ese es mi deseo”.

- Si lo tuviera delante mío – comento a su acompañante – seria mas fácil hacer que entre en razón - Y envió el mensaje.


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Lo leyó y entorno los ojos, decepcionado.

“No puedes pedirme algo así”

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- Creo que finalmente lo entendió – dijo completamente feliz. – Hoy lo amo mas que nunca, y se lo diré. -

“A ustedes los amo tanto como a ellos, lo sabes ¿verdad?”

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- ¿Amor? – pensó – Se esta poniendo viejo –

Y rió con carcajadas cínicas, las primeras que saldrían de sus delicados labios. Pero no serian las últimas.

“Muy bien” escribió, hizo una pausa deliberadamente.

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- Esta hecho – dijo, y brillo con mas intensidad que nunca.

Su acompañante no respondió, pero conocía a su hermano, y se permitió dudar.

“Gracias” repuso “Soy Feliz”

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Cuando finalmente llego la respuesta, el hijo amado, Luzbel, ya era “EL CAIDO” y haciendo honor a este nombre, se revolcaba en el piso llorando de risa.

Y escribió su último mensaje.

En el preciso instante en que presionaba SEND, su celular caía al piso envuelto en llamas.

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Dios se compadeció cuando lo leyó. Sabía que había nacido un nuevo orden de cosas.

Compungido, elimino el número de su hijo de su lista de contactos mientras trataba de reprimir una lágrima escurridiza.

- ¿Qué dice? – Pregunto Gabriel, que noto su desconsuelo.

Dios le paso el aparato y Gabriel leyó:

“Esta bien, entonces, me iré al infierno”

¿FIN?

Hernán Ceroni

23/09/2011

viernes, 12 de agosto de 2011

STAR (Estrella - Do)

No soy un ejemplo de vida, aun así hay muchísima gente que desea estar en mis zapatos, me adoran, me envidian, me desean. Pero yo se la verdad, ninguno lo soportaría, lo desean porque no lo tienen. Como eso de no enamorarse para no sufrir.

No saben lo que dicen, compran lo que ven, pero ninguno se preocupa en averiguar la verdad.

- En el fondo es solo una cuestión de actitud – me dijo un flaco hace mucho tiempo. Me acuerdo patente, acababa de levantar la cabeza de una montaña de polvo, y sonrió irónico. Morocho, con muchos rulos, rosarino.

Hace años tuvimos un cruce con muchos excesos verbales. Pero en ese momento éramos dos pibes unidos por la casualidad de las noches insomnes.

Pasó mucho tiempo. No se yo, pero él es un perfecto imbécil.

- Se la cree – me dijo una morocha cortándome el orgasmo ¿o era rubia?

Poco me importa ahora. Sé que hay miles ahí afuera, ahí abajo. Ríen, lloran, gritan. Todos drogados.

- No hay que generalizar – decía mi padre. Es lo único que me quedó de él, y no por haberlo escuchado de sus labios, sino porque me lo contó mi madre mientras lloraba tirada en el piso, al lado del sofá, enchastrada en su propio vómito de Whisky.

Bien, lo acepto, quizás no estén todos drogados, aunque en verdad no me importa, yo lo estaría. ¿O debería decir yo lo estuve? No, porque por más fanatismo o admiración que tuviera por los que consideraba ídolos, nunca se me ocurriría seguirlos hasta la muerte, ni metafórica ni literalmente hablando.

- Tranquilo – Me dice el tipo mientras observa de reojo como me estremezco en convulsiones, desviando la mirada de su revista.

Tiembla todo mi cuerpo y se me ocurre que lo hace al ritmo de los eufóricos gritos que provienen del exterior.

Oigo claramente la risa sardónica del chabón que vela mi integridad, aunque sé que hace años deje de ser íntegro, moral y físicamente. La ética me chupa un huevo y lo físico solo me importa ahora y porque me duele, y si hay algo que sé de mí, es que no soporto el dolor.

Lo último que veo antes de ver mi cerebro es el cielo raso. Celeste. Y la luz que se apaga lentamente, como si hubiera un bajón de energía gradual.

Y empiezo a….¿soñar?.... con las líneas que delimitan las partes de mi cerebro. Es instintivo, me relamo mientras veo a Hannibal Lecter tomar un trozo con una cuchara, y creo que debe ser porque siempre admire a los buenos cocineros.

A lo lejos escucho el estrépito de una silla al caer, y unos brazos vigorosos que me sacuden y cachetean al ritmo de unos insultos repetitivos.

Vuelvo a la realidad, mis ojos vuelven a darse vuelta. No se como, pero puedo ver al imbécil que me sacude, y siento su pútrido aliento a mentol gritándome en la cara.

- En mi turno no te vas a morir, pelotudo –

Si tan solo oliera a alcohol, que dulce aroma.

Levanto el brazo para estamparle un sopapo en la jeta, pero no funciona, ni siquiera puedo ver mi mano en el aire.

“Si estuviera ciego tampoco vería tu cara de estúpido” Pienso.

Y los músculos se endurecen, intento gritar que los calambres me están matando.

- Pareces un chancho degollado – oigo entre risas, y noto que no grito, sino que chillo, chillo y pataleo.

Pero no, ni chillo ni pataleo, ni levanto el brazo.

- Soltame flaco – le ruego con lagrimas – me aprietan las cintas.

Ni siquiera siento el pinchazo.

No hay relojes en la habitación, pero entra luz por la ventana aunque no soy conciente de eso.

Es de día, lo sé, pero no pienso en eso. Pueden haber pasado unos minutos, o unas horas…

¿Serán meses?

Me pincha la cara. Tengo la barba crecida…..Deben haber sido unos días.

Y la mujer que se me acerca, me levanta la cabeza de la almohada, me acerca una jeringa plástica a la boca y derrama agua dentro de ella.

Siento la lengua hinchada y reseca.

- Puta – tengo ganas de gritar.

Siento como apoya su mano en mi entrepierna. Se me pone dura….

Y me despierto. Sigo atado. Quiero dormir de nuevo.

Le ruego al muchacho que me pinche. Y ni siquiera levanta la cabeza, no se mueve…

¿Estará muerto?

¿Estaré muerto?

Las horas pasan y mi mente está completamente en blanco. No se porque se me viene a la cabeza una frase que escribí para una de mis canciones:

“Eso no es la nada, eso es blanco”.

Me río de mi mismo.

Siento frío.

Humedad.

Mi remera sube y baja pegada a mi abdomen, siguiendo mis respiraciones, incansable, inconmovible, como si fuera un cazador acechando a su presa.

Estoy empapado.

- Me hubiesen sacado la ropa si me iban a bañar – Le digo al aire, porque sé que no puedo emitir sonido alguno, lo sé como sé que matar está mal, aunque no me importan ninguna de las dos cosas.

Me sorprende que el pendejo levante la cabeza.

- ¿Hablaste? – Pregunta….

Me resulta muy difícil moverme, doloroso, pero aun así logro levantar un dedo…o eso creo…

Estoy en lo cierto, porque el pibe abre los ojos desorbitado. Se me acerca y paternalmente me acaricia la frente, apartándome los pelos de la cara. Repite el trámite de la jeringa plástica y siento con placer como un poco de agua que se me antoja helada resbala por mi garganta. Intento retener la humedad en la boca. Me relamo.

Con una sonrisa repite el proceso con diligencia, dos, tres veces.

- Estabas sediento – Me dice

Una mueca le hace creer que sonrío.

- Pensaba quedarme con tu remera – me dice con una carcajada – A mi también me gustan los pistols… Pero tengo visión de futuro, no me la iba a quedar eternamente….¿Te imaginas?... en unos años van a pagar una fortuna por esta remera, “la remera con la que murió Bringstone”….—

Ni siquiera sé de qué habla.

Y en mi cabeza comienzan a surgir imágenes. Me veo volando y sonrío…Caigo sobre millones de manos gritando “Imbéciles”. Y las manos me tocan, me trasladan….La música es estridente….Y yo soy feliz.

Vuelvo a dormirme plácidamente y veo a mis amigos rodeándome, todos desquiciados, desnudos…Algunos se masturban. Juancito peina una línea sobre el vientre de una pendeja.

Me despiertan los gritos.

¿Cuánto dormí?

Una risa burlona me responde:

- Meses –

- Pinchame –

- En la radio hoy te dedicaron un tema de La Polla Records, “Soy una estrella del rock”, y el pibe dijo que él también quería morir de sobredosis..—

- Pero yo no me morí –

La misma risa burlona me responde:

- ¿No pensarás que esto es un hospital? –

FIN

HERNÁN CERONI

12/08/2011

miércoles, 6 de abril de 2011

La Visión

Damián abrió los ojos sobresaltado. La oscuridad reinaba en el cuarto. Aún confuso, en la vigilia, no del todo despierto, creyó ver una oveja parada en dos patas, que, entre las sombras se le aparecía como un fantasma. Instintivamente y con la velocidad que el miedo le imprimía a sus movimientos, tomó la manta con ambas manos y se cubrió hasta la cabeza. El recuerdo de esa visión lo hacía temblar bajo las sábanas, sin embargo, allí oculto, sintiéndose mas seguro fue calmándose poco a poco logrando por fin, conciliar el sueño. Un sueño intranquilo, que lo hacía removerse inquieto en la cama.

No pasó mas de una hora hasta que despertó nuevamente, se incorporó y dirigió su mirada hacia donde anteriormente había visto aquella fantasmagórica aparición, esbozó una sonrisa cuando vió que la oveja seguía allí, pero esta vez recostada y durmiendo plácidamente.

“Era Ana” se dijo.

La oveja que vivía en el fondo.

Y notó con alegría que la apariencia fantasmal se debía al reflejo que producia en la ventana, la escasa luz de luna que se filtraba entre las nubes.

“En la mañana la voy a esquilar” pensó “por darme semejante susto”.

Esta idea hizo que sonriera, apoyó la cabeza en la almohada y con una carcajada, durmió feliz.

FIN

DAMIÁN ALEJANDRO ARIAS

HERNÁN HÉCTOR CERONI

25/03/2011