jueves 20 de octubre de 2011

SuperHeroe

Estaba enojado, furioso, ya ni se porque. Iba pateando piedras con saña, les apuntaba y tiraba la patada. La tercera fue la vencida, como suele decirse, era mas grande de lo que me pareció al primer vistazo. La agarre de lleno con el dedo gordo, no se movió ni dos centímetros, era pesada. Lo que no puedo olvidar es el dolor en el pie. Me puse a dar saltos y alaridos como un loco, pues este percance me encegueció aun más, y completamente fuera de mí la tomé con ambas manos.

Fue el destino el que decidió que aquel gigantesco perro debía pasar por allí en ese instante, mas yo no vi un perro, vi un blanco sobre el cual descargar mi brote de ira, y sin pensármelo dos veces le arrojé el cascote. Durante las milésimas de segundo en que permaneció en el aire me sentí Guillermo Tell. Si Guillermo Tell hubiera tirado piedras en vez de flechas, y si su blanco hubiera sido un perro y no una manzana sobre la cabeza de su hijo.

Como te digo, esa sensación duro un instante, porque cuando escuche el aullido de dolor del pobre animal me sentí enfermo, bah, culpable, sentimiento este que hizo desvanecer la ira que me había invadido.

Mas sereno, me acerque al animal para ver si podía socorrerlo, durante dos pasos me sentí veterinario, claro, yo no contaba con que el pobre bicho pudiera sentirse ofendido por mi brusquedad.

Lo vi alzar la cabeza y sonreírme, recuerdo haber pensado que seria el actor perfecto para una publicidad de dentífrico canino, relucientes y brillantes eran todos los colmillos que me mostraba.

El sonido ronco que salio de su garganta me dio a entender que no era una sonrisa lo que me estaba regalando. Con el primer gruñido deduje que me estaba amenazando, y me sentí ofendido, por su desagradecimiento, pensando que yo solo me acercaba para ayudarlo.

Lo vi levantar el hocico y aullar al cielo, recuerdo que pensé en la película del hombre lobo que había estado viendo la noche anterior, y solté una carcajada, medio forzada en realidad, porque estaba destinada a aflojar los nervios y ahuyentar el temor que me producen estas películas.

(Ni hombres lobo, ni vampiros, ni fantasmas son cosas que me diviertan, pienso que uno no debe reírse de lo que no sabe, o no conoce)

Como sea, el perro se tomo a mal que yo me riera, y dio un paso al frente, amenazante. A esta altura yo ya no me sentía muy veterinario y rezaba para que me salieran alas, aunque me conformaba con empezar a sentirme maratonista por unas cuadras.

Nuevamente vi que alzaba el hocico, note un hilillo de sangre que corría entre sus ojos. Con la mirada fija en mi, olfateo el aire, se que olio mi miedo, porque volvió a mostrarme los dientes, y esta vez, si fue una sonrisa. Imagino que es la clase de sonrisa que pone el diablo cuando ve llegar nuevas almas al infierno, como una sonrisa de goce prematuro.

El asunto es que dio un paso mas hacia mi, que estaba paralizado de terror, flexiono las piernas y supe que se iba a abalanzar sobre mi.

Trague saliva y note como se me humedecían los ojos. Pensé que eso me pasaba por querer ayudar a los perros heridos.

Instintivamente di un paso atrás, despacio, tratando de aparentar una calma que estaba lejos de abrigar.

Sentí mi talón choca contra algo, y no me hizo falta ser adivino para saber que en un segundo me encontraría tirado en el piso completamente indefenso a merced de la bestia.

Tengo que admitir que me largue a llorar como un bebe cuando por el rabillo del ojo vi acercarse la sombra del perro, que evidentemente había hecho el juramento de deshacerse de mi, reduciéndome, moralmente primero, lo cual ya había logrado, para luego encargarse de despedazarme “a piaccere”.

Ahí fue cuando sucedió.

No lo vi llegar, ni se de donde salio. Pudo haberse materializado de la nada, como pudo haber bajado volando del cielo, o quizás salio de debajo de la tierra, lo cierto es que estaba ahí, a mi lado. Cuando voltee a mirarlo llevaba un palo en la mano derecha, y lo azuzaba en el aire.

Entre mis lágrimas lo vi resplandecer.

Caminaba recto, sin vacilar hacia el animal, gritándole que se fuera y mirándolo fijo a los ojos.

El perro reculo unos pasos, supongo que se lo pensó dos veces, enfrentarse a un tipo de ese tamaño no seria fácil ni para un mastin. Además era notorio que el hombre no le temía. Así que lo vi darse la vuelta y retirarse despacio, mirando por sobre el hombro, como si quisiera dar a entender que no había sido vencido, sino que se retiraba por propia voluntad, por no querer asesinar al hombre que lo enfrentaba.

Pero yo se que no era asi, porque lo vi en sus ojos, detrás de esa aparentemente digna retirada, estaba el terror. Miedo a ser destrozado por la fría mirada de este ser que había venido en mi ayuda.

El perro temió verse envuelto en una batalla que ningún animal, ni ser humano podría ganar.

¿Cómo se puede vencer a alguien que respira fuerza, cuya voluntad de hierro puede someter con el solo ímpetu de su mirada?

Ni siquiera le hizo falta golpearlo.

Eso era un Superhéroe, a mi no me engañan.

Quise levantarme, pero la caída había sido dura y me dolía terriblemente la pierna.

Senti dos manos que me alzaban del piso con facilidad, como si yo fuera de papel. Con una mano enjugo mis lagrimas y me sonrio. Te juro que esa sonrisa podria iluminar la noche mas oscura.

Me senti tranquilo. Sosego mi desbocado corazon con una caricia y me senti seguro.

Me habia salvado la vida.

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La señorita Mariana de sala verde se acerco a los chicos que estaban sentados en el patio, bajo la poderosa sombra del viejo nogal.

Chicos, es hora de ir a la salita, termino el recreo – dijo con dulzura.

Los tomo a ambos de la mano y con un guiño pregunto:

¿De que hablaban tan seriamente? –

Agustin, con la mirada radiante de orgullo respondio:

Le estaba contando de mi Papa. –

FIN

HERNAN CERONI

19/10/2011

lunes 26 de septiembre de 2011

Mensajes

- Mi hijo esta confundido – dijo el viejo. Su voz dejaba traslucir un dejo de dolor.

Apesadumbrado por la situación tomo el teléfono dispuesto a explicarle por enésima vez el porque de su decisión.

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“No te equivoques” leyó en el display. Y se puso furioso.

- Y encima me amenaza – Le grito a nadie.

Los nervios le hacían temblar los dedos haciendo más difícil el teclear la respuesta. Aun así lo intentaba cuando el aparato vibro en sus manos interrumpiendo sus pensamientos.

“Ustedes son perfectos” decía el nuevo mensaje.

- Mas a mi favor – pensó – se volvió loco el viejo.-

Borro lo que llevaba escrito hasta el momento y completamente fuera de si, escribió:

“Son inferiores, no me arrodillare ante ellos”. Y sin pensárselo dos veces presiono violentamente la tecla SEND

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- Me apena que no me comprenda – dijo en voz alta.

- Déle tiempo – respondió una voz angelical a sus espaldas.

El viejo asintió despacio, comprendiendo.

Su rostro expreso ternura, y con infinita paciencia escribió:

“Hijo, debes hacerlo, porque ese es mi deseo”.

- Si lo tuviera delante mío – comento a su acompañante – seria mas fácil hacer que entre en razón - Y envió el mensaje.


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Lo leyó y entorno los ojos, decepcionado.

“No puedes pedirme algo así”

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- Creo que finalmente lo entendió – dijo completamente feliz. – Hoy lo amo mas que nunca, y se lo diré. -

“A ustedes los amo tanto como a ellos, lo sabes ¿verdad?”

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- ¿Amor? – pensó – Se esta poniendo viejo –

Y rió con carcajadas cínicas, las primeras que saldrían de sus delicados labios. Pero no serian las últimas.

“Muy bien” escribió, hizo una pausa deliberadamente.

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- Esta hecho – dijo, y brillo con mas intensidad que nunca.

Su acompañante no respondió, pero conocía a su hermano, y se permitió dudar.

“Gracias” repuso “Soy Feliz”

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Cuando finalmente llego la respuesta, el hijo amado, Luzbel, ya era “EL CAIDO” y haciendo honor a este nombre, se revolcaba en el piso llorando de risa.

Y escribió su último mensaje.

En el preciso instante en que presionaba SEND, su celular caía al piso envuelto en llamas.

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Dios se compadeció cuando lo leyó. Sabía que había nacido un nuevo orden de cosas.

Compungido, elimino el número de su hijo de su lista de contactos mientras trataba de reprimir una lágrima escurridiza.

- ¿Qué dice? – Pregunto Gabriel, que noto su desconsuelo.

Dios le paso el aparato y Gabriel leyó:

“Esta bien, entonces, me iré al infierno”

¿FIN?

Hernán Ceroni

23/09/2011

viernes 12 de agosto de 2011

STAR (Estrella - Do)

No soy un ejemplo de vida, aun así hay muchísima gente que desea estar en mis zapatos, me adoran, me envidian, me desean. Pero yo se la verdad, ninguno lo soportaría, lo desean porque no lo tienen. Como eso de no enamorarse para no sufrir.

No saben lo que dicen, compran lo que ven, pero ninguno se preocupa en averiguar la verdad.

- En el fondo es solo una cuestión de actitud – me dijo un flaco hace mucho tiempo. Me acuerdo patente, acababa de levantar la cabeza de una montaña de polvo, y sonrió irónico. Morocho, con muchos rulos, rosarino.

Hace años tuvimos un cruce con muchos excesos verbales. Pero en ese momento éramos dos pibes unidos por la casualidad de las noches insomnes.

Pasó mucho tiempo. No se yo, pero él es un perfecto imbécil.

- Se la cree – me dijo una morocha cortándome el orgasmo ¿o era rubia?

Poco me importa ahora. Sé que hay miles ahí afuera, ahí abajo. Ríen, lloran, gritan. Todos drogados.

- No hay que generalizar – decía mi padre. Es lo único que me quedó de él, y no por haberlo escuchado de sus labios, sino porque me lo contó mi madre mientras lloraba tirada en el piso, al lado del sofá, enchastrada en su propio vómito de Whisky.

Bien, lo acepto, quizás no estén todos drogados, aunque en verdad no me importa, yo lo estaría. ¿O debería decir yo lo estuve? No, porque por más fanatismo o admiración que tuviera por los que consideraba ídolos, nunca se me ocurriría seguirlos hasta la muerte, ni metafórica ni literalmente hablando.

- Tranquilo – Me dice el tipo mientras observa de reojo como me estremezco en convulsiones, desviando la mirada de su revista.

Tiembla todo mi cuerpo y se me ocurre que lo hace al ritmo de los eufóricos gritos que provienen del exterior.

Oigo claramente la risa sardónica del chabón que vela mi integridad, aunque sé que hace años deje de ser íntegro, moral y físicamente. La ética me chupa un huevo y lo físico solo me importa ahora y porque me duele, y si hay algo que sé de mí, es que no soporto el dolor.

Lo último que veo antes de ver mi cerebro es el cielo raso. Celeste. Y la luz que se apaga lentamente, como si hubiera un bajón de energía gradual.

Y empiezo a….¿soñar?.... con las líneas que delimitan las partes de mi cerebro. Es instintivo, me relamo mientras veo a Hannibal Lecter tomar un trozo con una cuchara, y creo que debe ser porque siempre admire a los buenos cocineros.

A lo lejos escucho el estrépito de una silla al caer, y unos brazos vigorosos que me sacuden y cachetean al ritmo de unos insultos repetitivos.

Vuelvo a la realidad, mis ojos vuelven a darse vuelta. No se como, pero puedo ver al imbécil que me sacude, y siento su pútrido aliento a mentol gritándome en la cara.

- En mi turno no te vas a morir, pelotudo –

Si tan solo oliera a alcohol, que dulce aroma.

Levanto el brazo para estamparle un sopapo en la jeta, pero no funciona, ni siquiera puedo ver mi mano en el aire.

“Si estuviera ciego tampoco vería tu cara de estúpido” Pienso.

Y los músculos se endurecen, intento gritar que los calambres me están matando.

- Pareces un chancho degollado – oigo entre risas, y noto que no grito, sino que chillo, chillo y pataleo.

Pero no, ni chillo ni pataleo, ni levanto el brazo.

- Soltame flaco – le ruego con lagrimas – me aprietan las cintas.

Ni siquiera siento el pinchazo.

No hay relojes en la habitación, pero entra luz por la ventana aunque no soy conciente de eso.

Es de día, lo sé, pero no pienso en eso. Pueden haber pasado unos minutos, o unas horas…

¿Serán meses?

Me pincha la cara. Tengo la barba crecida…..Deben haber sido unos días.

Y la mujer que se me acerca, me levanta la cabeza de la almohada, me acerca una jeringa plástica a la boca y derrama agua dentro de ella.

Siento la lengua hinchada y reseca.

- Puta – tengo ganas de gritar.

Siento como apoya su mano en mi entrepierna. Se me pone dura….

Y me despierto. Sigo atado. Quiero dormir de nuevo.

Le ruego al muchacho que me pinche. Y ni siquiera levanta la cabeza, no se mueve…

¿Estará muerto?

¿Estaré muerto?

Las horas pasan y mi mente está completamente en blanco. No se porque se me viene a la cabeza una frase que escribí para una de mis canciones:

“Eso no es la nada, eso es blanco”.

Me río de mi mismo.

Siento frío.

Humedad.

Mi remera sube y baja pegada a mi abdomen, siguiendo mis respiraciones, incansable, inconmovible, como si fuera un cazador acechando a su presa.

Estoy empapado.

- Me hubiesen sacado la ropa si me iban a bañar – Le digo al aire, porque sé que no puedo emitir sonido alguno, lo sé como sé que matar está mal, aunque no me importan ninguna de las dos cosas.

Me sorprende que el pendejo levante la cabeza.

- ¿Hablaste? – Pregunta….

Me resulta muy difícil moverme, doloroso, pero aun así logro levantar un dedo…o eso creo…

Estoy en lo cierto, porque el pibe abre los ojos desorbitado. Se me acerca y paternalmente me acaricia la frente, apartándome los pelos de la cara. Repite el trámite de la jeringa plástica y siento con placer como un poco de agua que se me antoja helada resbala por mi garganta. Intento retener la humedad en la boca. Me relamo.

Con una sonrisa repite el proceso con diligencia, dos, tres veces.

- Estabas sediento – Me dice

Una mueca le hace creer que sonrío.

- Pensaba quedarme con tu remera – me dice con una carcajada – A mi también me gustan los pistols… Pero tengo visión de futuro, no me la iba a quedar eternamente….¿Te imaginas?... en unos años van a pagar una fortuna por esta remera, “la remera con la que murió Bringstone”….—

Ni siquiera sé de qué habla.

Y en mi cabeza comienzan a surgir imágenes. Me veo volando y sonrío…Caigo sobre millones de manos gritando “Imbéciles”. Y las manos me tocan, me trasladan….La música es estridente….Y yo soy feliz.

Vuelvo a dormirme plácidamente y veo a mis amigos rodeándome, todos desquiciados, desnudos…Algunos se masturban. Juancito peina una línea sobre el vientre de una pendeja.

Me despiertan los gritos.

¿Cuánto dormí?

Una risa burlona me responde:

- Meses –

- Pinchame –

- En la radio hoy te dedicaron un tema de La Polla Records, “Soy una estrella del rock”, y el pibe dijo que él también quería morir de sobredosis..—

- Pero yo no me morí –

La misma risa burlona me responde:

- ¿No pensarás que esto es un hospital? –

FIN

HERNÁN CERONI

12/08/2011

miércoles 6 de abril de 2011

La Visión

Damián abrió los ojos sobresaltado. La oscuridad reinaba en el cuarto. Aún confuso, en la vigilia, no del todo despierto, creyó ver una oveja parada en dos patas, que, entre las sombras se le aparecía como un fantasma. Instintivamente y con la velocidad que el miedo le imprimía a sus movimientos, tomó la manta con ambas manos y se cubrió hasta la cabeza. El recuerdo de esa visión lo hacía temblar bajo las sábanas, sin embargo, allí oculto, sintiéndose mas seguro fue calmándose poco a poco logrando por fin, conciliar el sueño. Un sueño intranquilo, que lo hacía removerse inquieto en la cama.

No pasó mas de una hora hasta que despertó nuevamente, se incorporó y dirigió su mirada hacia donde anteriormente había visto aquella fantasmagórica aparición, esbozó una sonrisa cuando vió que la oveja seguía allí, pero esta vez recostada y durmiendo plácidamente.

“Era Ana” se dijo.

La oveja que vivía en el fondo.

Y notó con alegría que la apariencia fantasmal se debía al reflejo que producia en la ventana, la escasa luz de luna que se filtraba entre las nubes.

“En la mañana la voy a esquilar” pensó “por darme semejante susto”.

Esta idea hizo que sonriera, apoyó la cabeza en la almohada y con una carcajada, durmió feliz.

FIN

DAMIÁN ALEJANDRO ARIAS

HERNÁN HÉCTOR CERONI

25/03/2011

martes 28 de diciembre de 2010

Derecho Al Delirio

Por Eduardo Galeano


Aunque no podemos adivinar el tiempo que será, sí que tenemos, al menos, el derecho de imaginar el que queremos que sea.

En 1948 y en 1976, las Naciones Unidas proclamaron extensas listas de derechos humanos; pero la inmensa mayoría de la humanidad no tiene más que el derecho de ver, oír y callar. ¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos, por un ratito? Vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible:

el aire estará limpio de todo veneno que no venga de los miedos humanos y de las humanas pasiones;

en las calles, los automóviles serán aplastados por los perros;

la gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por el televisor;

el televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas;

la gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar;

se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez, que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir nomás, como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que juega;

en ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a cumplir el servicio militar, sino los que quieran cumplirlo;

los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas;

los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas;

los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos;

los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas;

la solemnidad se dejará de creer que es una virtud, y nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo;

la muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes, y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero;

nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que cree justo en lugar de hacer lo que más le conviene;

el mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra;

la comida no será una mercancía, ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos;

nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión;

los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle;

los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos;

la educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla;

la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla;

la justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda;

una mujer, negra, será presidenta de Brasil y otra mujer, negra, será presidenta de los Estados Unidos de América; una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú;

en Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria;

la Santa Madre Iglesia corregirá las erratas de las tablas de Moisés, y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo;

la Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: «Amarás a la naturaleza, de la que formas parte»;

serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma;

los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados, porque ellos son los que se desesperaron de tanto esperar y los que se perdieron de tanto buscar;

seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de justicia y voluntad de belleza, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido, sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa o del tiempo;

la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses; pero en este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero.

miércoles 22 de diciembre de 2010

Siempre he querido ser escritor

Siempre he querido ser escritor

Por Ignacio del Valle.

Siempre he querido ser escritor. Pero me decían que para ser uno de los buenos, de esos que luego entierran en panteones y van a parar a los libros de texto, lo de menos era escribir. Lo esencial era ser un borracho y que te diera por las actitudes malditas, meterse coca, fumar porros, montar el caballo. El problema es que yo de hípica, poco, el alcohol me sentaba fatal, el humo me provocaba asma, y lo de meterme cosas por la nariz, igual que metérmelas por el culo: no me hacía ilusión. A cambio, iba ganando algún premio, me publicaron mi primera novelita. Pero nada, ellos erre que erre, que eso no valía porque para ser escritor, strictu sensu, había que estar contrito y deprimido todo el santo día, y solitario, y ambulatorio, con cara de ido. Que la felicidad estaba mal vista por los amos del cotarro. Sin embargo me resultaba difícil, incluso vergonzoso reconocerles que mi vida sexual iba estupendamente, y que no acababa de encontrarle sentido a lo trágico, a lo violento, a lo destructivo, como me repetían que había establecido un ruso hacía un par de siglos, que parecía ser una especie de guía Michelín para escritores, para los de verdad, me refiero. Mientras, me publicaron mi segunda novela y empezaron a hablar de mí en la capital. Pero ya les digo, que nada, que eso no era ser un escritor, me reiteraban: que por lo menos, aunque no me sintiese agobiado, tenía que añorar estarlo, tenía que sentirme intranquilo por no estar jodido, con depresión, por no fustigarme; y hablar de la muerte y el asco y la rabia y el hastío y la indignación y denunciar lo cretinos que eran todos menos los de nuestra tribu. Pero qué se le va a hacer, a mí el mundo no es que me pareciera un bicoca, pero tampoco era como ser del Atlético de Madrid, y que de momento a mí me abrazaban y me daban algún beso y la vajilla en mi casa seguía intacta. Y lo de los cretinos, en fin, que todos tenemos una mala tarde, ya lo decía Chiquito. Entretanto, me publicaron en el extranjero y ya tengo mi primer club de fans. Pero ahora han empezado a chillarme y a decirme que lo mío debería estar prohibido y que me van a dar un par de hostias porque mi nombre está empezando a sonar en premios muy gordos y yo sigo sin ser un siniestro total, como ellos. Que no, que no hay derecho, me recalcan. Y en los últimos tiempos, entre esporádicos lloriqueos, lo que más me echan en cara, lo que realmente les parece un crimen, es que en las entrevistas diga que sí, que efectivamente y en contra de su resolución, yo soy un escritor, uno que tiene esperanzas, pero lo peor, lo más ruin, lo más despreciable e indigno, lo que jamás me perdonarán, me gritan, es que me empeño en sonreír en la solapa de mis libros.

lunes 6 de diciembre de 2010

El Des - Cuento

Ya sé que es una estupidez, pero no se puede esperar mucho mas de mi.
Por lo tanto, estoy pensando seriamente en continuar este disparate.
Mientras tanto, espero que a alguien le cause gracia, o que le produzca una sonrisa, aun cuando sea una sonrisa de pena.
Disfrutad Plebeyos.



En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, existió en un tiempo remoto, un rey generoso, que tenía fama de justo, y cuyo nombre era Alfonso, sus súbditos realmente felices y contentos con su manera equitativa y piadosa de gobernar, lo llamaban “El Sabio”. Era el décimo descendiente de su linaje, y provenía de una dinastía de grandes reyes.

Cuenta la historia que solía impartir justicia en un gran salón oval, ubicado en el centro de su palacio, que dicho sea de paso, tenía forma de pentágono, y que estaba confeccionado completamente de marfil. Cualquier turista desprevenido que entrara al pueblo y alzara la vista, lo primero que vería en la cima de la colina, sería una gran casa blanca.

Para completar un poco el cuadro de situación, o quizás solo para rellenar, diremos que a su distinguidísima majestad, le encantaba pescar, era su pasatiempo favorito, al que dedicaba gran parte de sus fines de semana, y como el salmón, era la especie que más abundaba en los ríos de su reino, era ésta, su presa predilecta. Solía hacerse acompañar por su trovador preferido, de nombre Andrés, un trotamundos, que llegaba al palacio una vez al mes, después de ganarse el pan con otros monarcas, pan que utilizaba para remojar en la salsa de calamares que el magnánimo rey Alfonso le hacía preparar por su jefe de cocineros en persona, para darle gusto al paladar de su artista.

Hechas las presentaciones correspondientes, volvamos a la historia.

Este príncipe, tenía su fama de ecuánime, muy bien ganada, y ya veremos porqué.

Un día, se presentaron ante él, dos mujeres, acusándose mutuamente de ladrona y utilizando contra la otra el epíteto de “robacunas”.

Ante semejante algarabía, el rey las hizo callar de inmediato, mediante la eficaz estrategia de hacerlas cachetear por el más fornido de sus guardias.

Es nuestro deber señalar que el susodicho centinela, cumplió su encargo con más vehemencia y premura de lo que hubiera cabido esperar, y me atrevo a conjeturar, que la casi imperceptible sonrisa que apareció en su rostro cuando recibió la orden, escondía cierto dejo de alegría que solo una persona acostumbrada a ser severamente castigada por sus superiores, podría entender.

Antes de dar la orden para que se expusiera el caso, su graciosísima Alteza, con su voz grave rugió:

Cuando yo era joven, “Robacunas”, en mi barrio, se le decía a aquella persona que buscaba o tenía amoríos con menores de edad. –

Ante la sorpresa que tal declaración produjo, y cuando notó que toda la corte fijaba, azorada, su vista en él, haciéndose el desentendido, ordenó proseguir.

Al tiempo escuchó los alegatos de las escandalosas contendientes, y entre las injurias que cada una se dedicaba, logró al fin comprender de que venía la cosa.

Ambas declaraban ser madres, lo que no encierra ningún misterio. El problema, venía porque las dos señoras aseguraban que un pequeño bulto dentro de una canasta, que sostenía otro de los guardias, (casualmente el mismo guardia que días atrás había encontrado flotando en el río, una canasta similar con un bebé adentro y que fue adoptado por la pareja real, bebé que finalmente habría de liberar a un pueblo oprimido de las garras esclavizadoras del descendiente de Alfonso, que se haría llamar Faraón, por haber leído muchos libros de aventuras en su niñez, haciendo separar las aguas de otro de los grandes ríos del reino…… pero eso en definitiva, es otra historia)

Decíamos pues, que el centinela, por orden del soberano, descubrió la manta con que se ocultaba aquel pequeño capullo de hombre, y vio el rey, que solo había un niño.

Es mío. – gritaba una – ella me lo robó – decía con lagrimas en los ojos, más por el ardor que sentía en sus mejillas, que por la posibilidad de perder a la criatura.

Impaciente, esperaba su antagonista el turno de hablar, para repetir las mismas frases.

Ahora, hay que hacerles justicia a las damas, y comentar, que ya no volvieron a interrumpirse, temerosas, claro está, de recibir otra andanada de mamporros, y si bien, no fue advertido por nadie, hay que destacar la tristeza, que esta obediencia le produjo al guardia.

Pidió el rey que comparecieran los testigos, y un silencio denso y atroz se cernió sobre el cuarto. Uno de los cortesanos tomó coraje y dando un paso adelante comunicó a Su Excelentísima Majestad, la ausencia de tales. (Tales, que no eran de la ciudad de Mileto, creo que vale la aclaración)

Al ver que no había la posibilidad de saber cual de las dos matronas era la verdadera madre del pequeño, si es que alguna lo era, pidió diez minutos para reflexionar, haciendo desalojar el salón. Cuando viose solo al fin, sacó del bolsillo de su real investidura una petaquita de ginebra. Ansioso, la vació de tres tragos y llamó a todos a que comparecieran nuevamente a su presencia.

Tú, mujer, ¿afirmas que este niño es tuyo? – Preguntó a una.

La aludida, tardó en responder porque se encontraba enviando puñaladas virtuales a su enemiga a través de su mirada, pero un codazo del guardia que se encontraba a su lado, la volvió a la realidad, y presto, emitió una afirmación gutural.

Con un revoleo de ojos, el rey, cuya tez estaba ahora más encendida, dirigió la misma pregunta a la otra dama, que respondió asintiendo con la cabeza.

Bien – dijo el todopoderoso señor, haciendo alarde de su sabiduría – Viendo que ninguna de las dos cede, y ambas insisten en afirmar que son las madres del niño, cosa que es sabido, harto imposible, por las leyes de la naturaleza, y porque ninguna quiere que la otra lo tenga como suyo, mi decisión, como saben, inapelable, desde que abolí los juzgados de última instancia, es que se parta al niño en dos, y se dé una mitad a cada una, y todos felices y contentos, ¡Carajo! – dijo, deseando en el fondo que se terminara la audición, para poder sacar la petaca que le quedaba en el otro bolsillo.

Quedaron todos atónitos, y nadie osó decir nada.

Me atrevo a sugerir que el odio irracional que las mujeres se tenían entre sí, hacía uso de todas sus facultades mentales, y de todo su cerebro, (es proverbial el hecho de que a las féminas les resulta imposible hacer dos cosas al mismo tiempo, mucho más aún si se trata de pensar), lo que debió haber impedido que escucharan el veredicto, porque siguieron matándose encarnizadamente con los ojos, sin advertir que un leñador tomaba al pequeño de una de sus rozagantes y regordetas piernitas.

Incluso se dice, que uno de los cortesanos, (chupamedias hay en todos lados), aplaudió sonoramente la decisión, y que dio vítores y alabanzas a la sabiduría de Su Alteza, en forma desmesurada.

Fue una de las últimas medidas que tomó el rey Alfonso. Fue duramente criticado en todos los medios de comunicación. Ni siquiera logró convencer a la plebe con el discurso que dio en cadena nacional, explicando que lo que pretendía era que la verdadera madre, por amor, renegara de su hijo, para salvarle la vida.

“Excusas inauditas” gritó furibunda toda la oposición.

También podemos tomar por cierto, el rumor que se propagó después, diciendo que el rey era sostenido desde atrás, durante el discurso, por aquel cortesano de fácil aplauso, para que no se cayera, debido a la mamúa que tenía.



Quizas..... Continuara.....