martes, 27 de abril de 2010

Tres En Uno

A veces me da la sensacion de que es un poco largo. Pero aun hoy cuando lo releo me produce cosas, sensaciones... y creo que eso es bueno. Espero que a ustedes les pase lo mismo. Esta es la primera vez que ve la luz. Los demas son mas "conocidos", y sin embargo, si bien no es de los que mas me gustan, creo que es uno de los que estan mejor logrados.
Espero que lo disfruten, aun si sienten emociones dificiles de llevar.
Por otro lado, les pido ayuda a aquellos que lo deseen. El cuento no tiene un titulo definido, y por alguna extraña razon, no puedo darselo, espero que me propongan ideas.




CAPITULO 1

El portero sintió pasos rápidos por las escaleras, y a pesar de ser madrugada, su curiosidad lo obligó a asomarse por la rendija de la puerta. Una mueca de satisfacción asomó a su rostro, junto con una mirada desdeñosa, al ver al tipo del 7mo ‘B’, que corría ahogando sus pasos en la penumbra del pasillo, ya que solo una lamparita de 45 Watts lo alumbraba.
‘‘ Debí imaginármelo’’, pensó el portero,‘‘ese tipo es medio raro’’, dilapidó apresurando el vaso de whisky barato que sostenía en su mano derecha, y se fue a la cama.
El ‘‘tipo raro’’, como había sentenciado el encargado, cruzó corriendo la avenida Mitre mientras se ponía su abrigo, y encendió un Parliament, que extrajo de una caja de plata. Se dispuso a esperar el colectivo de la línea 53 que lo conduciría hasta la estación de Caseros.
Su mente empezó a vagar en el tiempo, como solía hacer cuando se encontraba solo. Observó el viejo edificio donde vivía. Era de 16 pisos, con los bordes pintados de verde oscuro, que le daban aspecto de grandes árboles sobresaliendo en aquella selva de cemento que era Caseros.
Luego de darle una larga pitada al cigarro, observó la avenida, totalmente abandonada y silenciosa a aquellas horas. Creyó ver al fondo una luz que se acercaba, y sacó del bolsillo varias monedas, escogió la de 0.50 $ y procedió a guardar las restantes. Las luces se fueron acercando, y a su lado pasó un gran camión de basura a toda velocidad. Emitió un bufido de impaciencia y con un gesto de resignación siguió esperando el colectivo, mientras volvía a pitar el ya consumido cigarrillo.
El tipo era médico, y había pasado gran parte de su vida en investigaciones científicas que no lo habían conducido a ningún lado, por lo que el estado había suspendido sus subvenciones para la cura del SIDA.
Recordó su infancia, llena de carencias, y mecánicamente agradeció a Dios su modesta existencia. Recordó cuando su hermano, 25 años atrás había muerto de SIDA, y él no había podido hacer nada, solo prometerle hacer todo lo posible para encontrar la cura a esa enfermedad tan llena de agonía. Una lagrima escurridiza recorrió su mejilla al darse cuenta que todo sus esfuerzos habían sido inútiles.
El ruido de un motor, que él creyó lejano lo despertó de su ensoñación, y el 53 estaba a menos de 15 metros. Estiró su brazo derecho y la mole de metal azul, se detuvo a su lado. Sacó su pasaje, e instintivamente buscó asiento con la mirada, lo encontró al fondo, y se sentó junto a una jovencita de no más de 17 años, que volvía de bailar, (eso supuso) ya que era sábado a la madrugada.
Vio una expresión de angustia y dolor en el rostro de la muchacha, y su imaginación buscó mil y una explicaciones diferentes para aquella congoja, aunque sabía de antemano que ninguna se acercaría a la verdad. Recorrió con la mirada el interior del colectivo y creyó adivinar el lugar de partida y de destino de cada pasajero. Uno viene de trabajar y se va a dormir a su casa de soltero, desordenada tal vez como la vida de un obrero. El otro acaba de levantarse y después de conversar con su mujer temas sin importancia, había partido hacia el trabajo, luego del acostumbrado beso de despedida y los varios mates vespertinos. O aquella chica, que a su lado observaba el vacío con sus ojos claros reflejados en la ventanilla. Un hondo sentimiento de amargura recorrió su cuerpo al ver las caras de soledad de las personas a su alrededor.
‘‘Cual es la historia que arrastran estas personas’’ se preguntó a sí mismo, ‘‘serán más trágicas que la mía’’. Y de inmediato, un fugaz recuerdo hizo volar su mente hacia otros lugares, sintió ganas de llorar y no sabía por qué.
Mientras su pensamiento consumía su tiempo, el colectivo devoraba metros avanzando con penosa lentitud a través de las calles. Seguramente, el conductor no tendría ningún apuro en llegar. Dobló en Magdalena y continuó su rumbo pesadamente mientras las casas aparecían y desaparecían con ardorosa insistencia.
El médico, que ahora posaba su vista sobre el vacío de las veredas, se sobresaltó al sentir que una mano casi tímida tocaba su brazo.
— Podría decirme la hora.— Escuchó. Siguió la mano por el brazo, y llegó al rostro. Se encontró con su joven e inesperada acompañante. Su reloj, marcaba las 3:35 hs. tal como lo dijo, y después de escuchar el agradecimiento casi sin voz, volvió a ensimismarse en su soledad, pero ahora algo lo alteraba, tenía que preguntar, una imperiosa necesidad de hablarle se apoderó de él. No insistió en buscar explicación a aquel fenómeno, solo abrió la boca y dejó salir las palabras.
— Disculpe, espero no ser indiscreto, pero desde que subí la noto acongojada,— sonaba estúpido y lo sabía, pero ya no podía volver atrás — creo que le pareceré un pobre diablo o un borracho, y espero que no sea así, ya que desde que la vi, no pude parar de preguntarme si vendría de bailar. —
La joven lo miró estupefacta y algo aturdida. No lograba entender que este hombre le preguntara... eso, y que la tratara de usted, le pareció aún más sorprendente.
— Así es. — dijo con una voz dulce, casi de niña, pero que denotaba cierto tono de desconfianza.
Estaba doblando en Urquiza, y se detuvieron en San Martín, donde subieron dos muchachos que se pararon cerca de la puerta. El hombre los miró con una sonrisa pensativa. Enseguida volteó y dijo:
— Mores, Doctor Víctor Mores, para servirle. — y se bajó.
La joven lo miró atónita, y con una leve sonrisa, lo vio alejarse. Uno delos chicos que recién subían se sentó a su lado, llevaba un buzo con la inscripción ‘‘GATOS SUCIOS’’, y una gorrita blanca, el otro tenía un raro peinado a la moda punk.
Víctor Mores, caminó por Andrés Ferreira hasta la estación del ferrocarril. Como siempre, llevaba un paso rápido y de una regularidad cronológica. Conocía el camino, cada recoveco, cada escalón, tenía almacenado en su memoria cada desnivel del suelo. Había hecho ese recorrido desde que se había mudado diez años atrás.
Salvo algún negocio que había cerrado, todo seguía igual, se detuvo en el mismo kiosco de siempre y pidió un Parliament box, pagó con un billete de 10 $, recibió el vuelto junto con una sonrisa apagada del quiosquero, dio las gracias y siguió caminando. Contó 25 pasos hasta la entrada del bar,‘‘como siempre’’ pensó ‘‘ni uno más’’, y una risa desganada escapó de entre sus labios.
Entró en el café, abandonado a aquellas horas, y se dirigió a su mesa habitual junto al ventanal. Giró la cabeza y vio que el mozo lo observaba, asintió y se acomodó. Al instante, el mozo trajo un café y una medida de whisky Criadores.
— Gracias — fue la única palabra que se oyó.
‘‘Es curioso’’ pensó Víctor, ‘‘a estas horas nadie quiere hablar para no quebrar el silencio, y pensar que dentro de doce horas estarán todos gritando.’’
Echó una mirada perdida al reloj, que marcaba 3:48, y bebió el whisky de un solo trago. Sintió como su garganta recibía el impacto, e inmediatamente ascendía unos grados su temperatura corporal.
Fue entonces cuando notó que no estaba solo, otro tipo se encontraba allí, cuatro mesas mas adelante, y se encontraba absorto mirando su café. ‘‘Al fin algo que ver’’ pensó Víctor, y lo miró con vivo interés. Era un hombre alto, algo delgado, y tenía el pelo endiabladamente enmarañado, llevaba una barba de tres o cuatro días y denotaba cansancio. Al sentir la fuerte mirada del médico, el hombre volteó, y sus ojos oscuros y hundidos en sus cuencas, dejaron ver claramente una expresión de dolor que se desvaneció instantáneamente dando paso a un orgullo y altanería sin igual. Víctor bajó la mirada y bebió un sorbo de café.
‘‘¿Esto es Buenos Aires?’’se preguntó. ‘‘Sí, debo admitirlo, Buenos Aires es sinónimo de tristeza, de amarguras y desgraciadamente de soledad.’’
Su sentencia era justa, ¿qué más melancólico que Buenos Aires a las cuatro de la mañana?
Sacudió la cabeza para alejar estos pensamientos, y encendió un cigarrillo, miró a través del ventanal y vio pasar el 343 vacío.
El tic-tac del reloj llegó hasta sus oídos, y su mente dibujó en su cabeza varias imágenes del pasado, recordó con una lagrima los momentos en que su hermano se había convertido en confidente y fiel consejero, no pudo evitar el golpear la mesa al pensar que una enfermedad sin escrúpulos lo había arrebatado sin misericordia. El golpe lo devolvió a la realidad, instintivamente ojeó el reloj, y se sorprendió al ver que marcaba 4:15, llamó al mozo, pagó y salió del bar.
El viento golpeó su rostro de lleno, sin pensarlo cerró su abrigo y procedió a cruzar la calle que lo separaba de la estación. Mientras caminaba, oía el ruido lejano de los automóviles y se avergonzó de no tener el suyo. Pero como le había explicado muchas veces a su madre, y como él pensaba, ‘‘más que una ventaja es un problema, trae gastos, muchos gastos, y es necesario estar constantemente alerta, mientras se maneja para no tener accidentes, y mientras no se lo utiliza para que no lo roben.’’ Sí, se sentía más... libre, y tal vez con menos responsabilidades.
Entró con paso decidido a la estación, se acercó a la ventanilla y pidió un boleto:
— Sr. El tren llegará 4:22 — le dijo amablemente la empleada.
— Lo sé, gracias — fue la respuesta cortante del doctor.
‘‘Como no saberlo’’ pensó ‘‘si hace diez años que tomo el mismo tren para visitar a mamá’’. Lo hacía, por un lado para asegurarse que ella tenía todo lo necesario para pasar el fin de semana y, por otro, porque estimaba que debía ir a verla una vez a la semana. De haber tenido ella teléfono, la habría llamado, pero como no lo tenía, iba a su casa a pasar el sábado. Y esta era la razón por la cual no quería la mujer, el teléfono.
Se acercó al puesto de diarios y un cartel llamó su atención. ‘‘LECTURA OBLIGADA’’, lo miró unos minutos y soltó una carcajada. Unas revistas de manualidades se encontraban bajo su sombra.
— Muy gracioso — comentó el despachador con sarcasmo. — ¿Qué desea? —
— En realidad, nada, solo observo. —
Al girar la cabeza para ver unos libros, tuvo que detenerse, y apoyarse en la pared, unos mareos súbitos y muy fuertes invadieron su cabeza. Levantó la vista y leyó: ‘‘SIDA, sepa la verdad’’, esto bastó, sintió nauseas y se desplomó en el piso.


CAPITULO 2

Alejandra, metió la llave en la cerradura, dio dos vueltas y empujó, la puerta abrió sin ruido, y del interior de la casa se oyeron gritos. Con un gesto de cansancio cerró la puerta tras de sí, y se apoyó en ella, las lagrimas recorrían sus mejillas mientras su mente intentaba encontrar el motivo. Mientras subía las escaleras sintió como un vaso se estrellaba en el piso de la cocina, apresuró el paso y se introdujo en su habitación.
Apretó el interruptor, la luz penetró en el silencio, observó el reloj de su mesa de noche y pensó que era extraño llegar de bailar tan temprano. Su cuerpo cayó pesadamente sobre la cama y miró el techo. Una honda amargura asaltaba su cuerpo. Una idea repentina acudió a su cabeza, y de un salto, se sentó en su escritorio, tomó un lápiz y una hoja, ‘‘ya verás’’ pensó, y una sonrisa arrogante se desprendió de sus labios. Las lagrimas comenzaron a brotar, primero una, luego otra, hasta que se hicieron incontrolables, y el llanto se hizo dolorosamente estridente.
Unos golpes a su puerta bastaron para que cesara su sollozo.
— ¿Quién es? — preguntó con cierta ofensa.
— Yo, hija — contestó en dulce tono la voz de su madre. — ¿Estás bien?, sentimos que llorabas. —
— Si, si, no necesito tu consuelo. — contestó con voz tajante.
Unos murmullos le avisaron que también su padre estaba detrás de la puerta.
‘‘Pensar que solo dos centímetros de madera impide que los vea a la cara.’’
— No seas maleducada, y abrí esa puerta ahora mismo. — Gritó furioso su padre, al tiempo que comenzaba a golpear violentamente la puerta.
— Déjala — gimió su madre.
Cesaron los golpes, pero los gritos continuaban.
No necesitaba ver que sucedía, lo sabía perfectamente, tantas veces había sido testigo de las brutales palizas que su madre recibía, precediendo a las suyas si intentaba acudir en su defensa. No quería salir, el pánico la acorralaba, e intentó permanecer indiferente ante los agudos gritos provenientes del exterior.
Arrojó el lápiz con bronca. Hoy estaba el mundo en su contra. Cerró los ojos y recordó, voló unas horas atrás en el tiempo y se vio bailando con su novio.
‘‘Dios, como lo amo’’ dijo vagamente.‘‘Voy al baño princesa’’ había dicho él, ‘‘no te muevas, ya vengo’’, selló con un beso.
El odio, la sorpresa, la ingenuidad y el llanto desfilaron por su rostro al verlo besando a su mejor amiga en otro rincón del boliche.
El destino había querido que Alejandra fuera en busca de su amiga y viera la crueldad de la vida al tratarse de amores.
La mente le jugaba una mala pasada, repetidas veces aparecía la imagen de su novio abrazando a la otra mujer.
Volvió a la realidad, y los gritos parecían más lejanos, y adivinó rápidamente que sus padres estarían descargando su impotencia y bronca, con los platos, en la cocina, como solían hacer, con una diferencia. Mientras la madre solía tener mala suerte y puntería en hacer de su esposo el blanco principal de los objetos arrojados, en cambio, su padre, bastante más robusto de lo que un cartero necesita, no tiraba platos, ni vasos, sino que solía acercarse lentamente como la fiera que acecha a la presa, y cuando estaba seguro del alcance de su brazo, descargaba brutalmente el zarpazo contra la víctima, que gemía y volvía a arrojar platos que corrían la misma suerte de los anteriores.
‘‘Necios, soy su hija, y pido ayuda a gritos, no entienden, egoístas, ténganme en cuenta’’, pensaba mientras el rencor corroía su corazón.
La confusión que había en su cabeza la obligó a recostarse, un millón de imágenes aparecían y desaparecían con la velocidad de un rayo, ahora se veía saliendo de ALTROMONDO y corriendo por la Av. San Martín, con las lagrimas recorriendo sus mejillas.
‘‘Si los hubiese encarado’’ pensó ‘‘soy una tonta.’’
‘‘Pero... ¿qué le hubieses dicho?’’ Preguntó su subconsciente, dando la razón del acto ya cometido.
Quiso darse ánimo y se dijo a si misma ‘‘no importa, no los necesito’’, pero uno no puede mentirse a uno mismo, y ella lo sabía, que hacer entonces. Amaba a su novio, pero no podía perdonarle su infidelidad, y su amiga, era la única que tenía. Habían abusado de su confianza y se habían burlado de sus sentimientos.
‘‘Los mataría’’ se dijo... y se detuvo el tiempo, en ese preciso instante las lagrimas dejaron de fluir y una sombra asomó en sus ojos, la idea acababa de llegar.
No intentó sacarla, ni olvidarla, mecánicamente abrió el placard y sacó del fondo una caja de zapatos, quitó la tapa y ante sí apareció el arma, reluciente, brillante, tal como se la había dado su novio:
— Cuando tu viejo te vuelva a pegar, dale con esto. — dijo Juan riéndose y poniéndola en sus manos.
Ahora, cuatro meses después, el revolver volvía a ver la luz, y gritaba que estaba listo para disparar.
Su mente era un revoltijo, ahora mas que nunca los recuerdos acudían en tropel al llamado del subconsciente.
Rió estruendosamente al recordar al tipo del colectivo.
‘‘Como dijo que se llamaba, Víctor o Héctor, o algo así.’’ Pensó.
— ¡¡Ah!! — dijo en voz alta — era médico, lo que necesito ahora, un doctor. — y esta verdad consecuente le causo gracia.
Aunque la situación no fuera graciosa, la naturaleza humana tiende a tomar cínicamente las cosas cuando se encuentran en su punto crítico.
Se sentía sola, y esto la obligó a hacerlo, creía que era la solución y lo hizo. Mientras corría el seguro sintió hondas ganas de llorar, pero no lo hizo, tal vez por respeto a su decisión. Quería terminar con su vida que creía llena de amarguras.
¿Porque será que el ser humano piensa más en los desengaños y las penas del pasado que en los momentos felices que vivió?
Apagó la luz y dejó correr el tiempo, oía gritos a intervalos, lo que significaba que la pelea se extinguiría en cualquier momento.
Vio las 4:15 en el reloj. ‘‘Mores, Doctor Víctor Mores, para servirle.’’ Escuchó en su mente, y se dibujó una sonrisa, la última. ‘‘Que más puedo esperar de la vida’’ se dijo, puso el caño del arma en su boca y disparó.


CAPITULO 3

El eco de los pasos resonaba en el silencio de la calle, caminaba solo y sin rumbo fijo, acababa de salir del bar, ya que una mirada indiscreta, tal vez malintencionada, tal vez no, lo había asustado.
La indecisión del camino a tomar tenía cierto aire de borrachera, y al darse cuenta de sus pasos en zig-zag, comenzó a reír diciéndose a sí mismo que:‘‘No hay que perder el sentido del humor’’. Aunque sabía perfectamente que su humor había acabado tres meses atrás, cuando un inepto, había tenido la mala idea de robarle el auto con el cual repartía mensajes, y su jefe había subrayado las palabras IRRESPONSABLE y DESCUIDADO en su Curriculum, precediendo al sello que sentencia a cualquier obrero ‘‘DESPEDIDO’’.
Pensó en dirigirse a su casa, pero una ráfaga de viento frío en la cara le refrescó la memoria. ¿A que ir?, a ver a sus hijos llorar por un plato de comida, a oír a su mujer quejarse de tener un marido vago, ‘‘Que injusta es la vida, uno se rompe el alma para conseguir un trabajo, para darle de comer a la familia y que recibe, pues una buena patada en el culo.’’
Caminaba, y su pie indeciso y tambaleante a cada paso, estrelló una lata de Quilmes contra la pared, el eco resonó en sus oídos durante unos segundos, que a él le parecieron algunos siglos, no había nada que escuchar, el silencio reinaba con aire amenazador.
Recordó haberse impuesto un límite de un mes para conseguir empleo. Habían pasado tres, a pesar de su experiencia en varias cosas, sabía pintura y albañilería, no obstante, el tiempo estaba dejando caer todas las esperanzas, mientras su familia apretaba los cinturones y racionaba los escasos paquetes de fideos que quedaban.
Eran las cuatro de la madrugada, ya era sábado, y estaba frente a la estación de Caseros.
El tren, tomaría el tren, sí, era buena idea, después de todo es una vía de escape, te lleva a todos lados, y en él se puede uno sentar a pensar tranquilo y sin molestias. En el tren las personas están lejos, a pesar de la cercanía física, están en otro lugar, cada pasajero viaja en el tren de su mundo. Aquel rubio, va en el tren que lo dejará en Chacarita para ir a trabajar, sin embargo, el morocho bien vestido que viaja a su lado, esta en otro tren, el que lo lleva a dormir a su cómodo departamento de Palermo. El traqueteo mismo, es una especie de tic-tac de hipnotizador, deja a todos con miradas distantes, totalmente fuera de tiempo y de lugar. En un tren no puede, ni debe existir conversación alguna con desconocidos, lo único que rompe los largos y fríos silencios en los vagones, son los vendedores, capaces de mentir descaradamente para poder ganarse la vida... lo extraño es que la gente, sabiendo concientemente que la están engañando con el producto, sigue comprando, desde alfajores, ya húmedos y algo duros, hasta la mas completa guía de Capital y alrededores, ‘‘LA LUMI’’, aunque atrás, tenga fecha de impresión 1978.
Introdujo las manos en cada uno de los bolsillos que tenía, en el saco, en el pantalón, en la camisa, todo bastante arrugado y sucio, ahuecó los dedos, y siempre obtuvo el mismo resultado. Se acordó del café, claro, allí se había gastado hasta el último centavo. Un escalofrío recorrió su cuerpo, que difícil es sentirse agobiado y sin esperanzas. Estaba derrotado y lo sabía, no tenía la fuerza para enfrentar a su mujer, que le diría: ‘‘No mi amor, hoy no conseguí nada, pero no te preocupes, no pierdas las esperanzas, mañana será otro día y seguro encontraré un buen empleo.’’
No, no podía decir eso sabiendo que era mentira, y que su esposa lo venía escuchando todos los días desde hacía tres meses, no había tiempo para esperar, el hambre arreciaba su casa, y corroía sus corazones, invitándolos a un festín de odios y rencores.
Esgrimió una mirada pensativa al cielo, y escondió sus escarchadas manos en el bolsillo de su triste saco gris.
Quiso bostezar, y el aliento se congeló en el aire al salir de su boca en torrentes de vapor que se posó en la piel y formó pequeños cristales de nieve.
Pero el frío no era el problema, el problema era huir, escapar. Se le ocurrió una idea loca... Quería salir del cuerpo, creía que la carne que lo rodeaba era solo eso, carne, soñó con volar fuera de su cuerpo y entrar en otro, ser otra persona, o ser la misma, pero en otra cara, en una cara que tuviera billetes grandes en el bolsillo. Rió estruendosamente y volvió a la realidad.
— Mierda, no camine ni diez metros. — se dijo levantando la voz para animarse a sí mismo.
Caminaba, o mejor dicho, se arrastraba penosamente por V. Gómez, hacia Tres de Febrero físicamente hablando. Su cabeza vagaba, y a esa hora debería andar cruzando el cinturón de asteroides del Sistema Solar, en dirección a Júpiter.
No se culpaba a si mismo de haber perdido el trabajo, había sido un accidente, le robaron a él como le podían haber robado a cualquiera. Tenía la necesidad de pensar así para no venirse abajo, o por lo menos, no más de lo que ya estaba.
Se detuvo un instante y se apoyó en un poste de luz, leyó distraídamente el papel que allí estaba pegado:
‘‘AUTOAYUDA’’
Consiga trabajo, dinero, salud y amor.
Aprenda a tenerse confianza y logrará todo esto y mucho más.
10 $ TERAPIA GRUPAL.
(Trabajamos con la mente, no con el cuerpo)

Lo miró, su expresión de sorpresa adoptó una muestra de intolerancia. Lo haría, por supuesto que iría, si tuviera el dinero, claro. Total, que se puede perder.
Esbozó una sonrisa que se convirtió en carcajada, y luego en gruesos insultos, dirigidos a diversos puntos del mundo, incluidas las tres personas divinas.
— ¡¡¡Pagar para conseguir trabajo, que ironía, yo quiero trabajar para que me paguen!!! — gritó desesperado.
Su rostro reflejó un miedo no muy intenso, el miedo de haber quebrado el silencio de la noche con su alarido incoherente.
Sentía una furia incontrolable, odiaba al mundo con conocimiento e inteligencia, no como los animales que odian instintivamente, sin método ni razón.
Un maldito le había robado el trabajo, lo había hundido en la más miserable de las circunstancias, y todo esto bastaba para que su rencor se manifestara sin refinamientos, en simples insultos, y rudas vulgaridades.
Siguió caminando, soltando bufidos de tanto en tanto, su paso se hacía cada vez más seguro y decidido. Pasó una mirada rápida al reloj que marcaba 4:15 hs.
Oyó a lo lejos un disparo y pensó que alguien en su misma situación se había suicidado.
‘‘Esta bien, si tuviera una pistola, haría lo mismo.’’
Una sonrisa cínica y frenética iluminó su rostro. Bajó el cordón para cruzar V. Gómez, estaba a diez pasos de Tres de Febrero.
Tan ensimismado en su problema se encontraba que no oyó el ronroneo del motor. El 343 dobló rápida y cómodamente.
Un golpe seco resonó en la noche.
Los frenos chirriaron, pero era tarde, un hombre de saco gris estaba bajo las ruedas.

CAPITULO 4

Víctor abrió los ojos gradualmente. Estaba acostado, y una fuerte luz lo deslumbró. Quiso incorporarse y una mano lo asió del hombro, sintió la fuerza de los dedos cual si fuera una tenaza apretándole el omoplato.
— No se levante. — Oyó.
Y en el campo de su visión apareció un tipo bien afeitado, anteojos sin mucho aumento y que aparentaba unos 40 años.
El verlo vestido de guardapolvo blanco iluminó en su subconsciente una idea que no llegó a traspasar la barrera de la conciencia, antes que el hombre hablara en un tono amable:
— Esta en el hospital Ramón Carrillo, sufrió un desmayo prolongado.—
Se sintió algo extraño al saberse del otro lado de su profesión, pero un terrible dolor de cabeza lo hizo desistir de estos pensamientos.
— ¿Puedo irme a casa? — preguntó.
— Seguro, en unos minutos. —
— Gracias — respondió, y volvió a recostarse, con la tranquilidad que le dio el saber que se iría del hospital.
Por alguna razón no quería estar allí, aquel olor fétido a desinfectante le traía recuerdos. Su hermano había permanecido 20 días internado antes de despedirse finalmente del don que Dios le había otorgado llamado vida.
Sintió abrirse la puerta de la habitación y volteo. Una enfermera, con unos papeles en la mano, pasó contorneándose a su lado, cual si estuviera en un desfile.
— Necesito sus datos — habló mas fríamente de lo esperado.
Al término de lo que a Víctor le pareció un interrogatorio, solo que sin policías que estén golpeándole a uno la nuca a intervalos irregulares, la modelo de guardapolvo y estetoscopio, dijo:
— Le hemos hecho unos análisis, si desea, en unos días lo enviaremos a su domicilio, o en caso contrario, puede pasar a retirarlos a partir de la semana entrante.—
Víctor no procesó estas palabras en el archivo que era su memoria, simplemente las dejó sueltas, volando en algún lugar de su conciencia, esperando que se acomodaran solas en algún escondite inapropiado, para salir a la luz en el momento menos esperado.
Se limitó a repetir su pregunta:
— ¿Puedo irme a casa? —
— Desde luego, firme aquí.— contestó extendiéndole los papeles con la mano izquierda, e indicándole una línea punteada con la derecha.
Se levantó con cierta dificultad y se encaminó hacia la puerta, la abrió, giró la cabeza y con voz ronca indicó que le enviaran los análisis.
Comenzó a caminar por los pasillos iluminados del hospital, paseaba sin dirección, no estaba apurado, y se sorprendió al notar que no estaba preocupado por lo que su madre pensaría al ver que no la visitaría.
Estaba cansado, sus brazos colgaban pesados al costado de su cuerpo. Quería llegar a casa, arrojarse en la cama y dormir tres días seguidos.
Escuchó murmullos al final del corredor, y notó que se hacían cada vez más fuertes, se detuvo, apoyándose contra la pared con un gesto de insuficiencia en el rostro.
Observó sin interés pasar a su lado una camilla rodeada de médicos a paso acelerado. Tuvo una visión fugaz del rostro del supuesto enfermo. A pesar de la sangre que abundaba en las facciones, pudo reconocer la cara. Solo un segundo tardo su mente en descifrar la imagen, pero un segundo es mucho tiempo cuando se trata de la conciencia.
Era la chica junto a la cual se había sentado en el colectivo, cuando viajaba hacia la estación aquella misma madrugada. Sintió súbitos deseos de vomitar, pero se contuvo, su estomago, vacío por completo se resistió a enviar nada al exterior por la vía bucal, y se calmo.
Detuvo a la persona que cerraba aquel desfile y le preguntó que había sucedido.
— Intento de suicidio, creo.— respondió sin detenerse, y encogió los hombros en un gesto que podía significar desde la total ignorancia a la infinita sabiduría.
En el rostro de Víctor asomó una mueca de sorpresa, e hizo ademán de intentar seguirlos, pero se retractó, ¿qué haría?, ni siquiera conocía a la chica. No, lo mejor sería retirarse, después de todo era una ley de la vida. Su hermano también había muerto, junto con tantas otras personas que poblaban los cementerios.
Una sola tarea le encomienda la naturaleza al individuo. Si no la cumple, muere. Y si la realiza, también muere. A la naturaleza no le importa. Hay muchos que obedecen, y solo esta obediencia en si, no los obedientes, se mantiene siempre viva. Entonces, para que intentar detener el curso del destino. Para que pelear contra la muerte, si de todas formas, ella ganará.
Esta fue la primera vez que se planteó su profesión como inútil, y a partir de aquí, la vería siempre de esa manera.
Así estaba pensando, cuando otro tumulto se produjo al final del pasillo, lo mismo de antes volvía a repetirse, otra vez murmullos subiendo de tono, y otra vez una camilla pasando a toda velocidad a su lado. Otra vez el gesto de asombro en el rostro de Víctor Mores.
Ahora la diferencia era el paciente, se trataba de un hombre alto, con una barba de varios días, llevaba un sucio y descolorido saco gris, y las manos completamente ensangrentadas.
Víctor no necesitó pensar, lo reconoció de inmediato, los ojos le dieron la clave; oscuros, hundidos y la expresión de tristeza.
El bar era el lugar, allí lo había visto aquella misma y fatal madrugada, había desaparecido rápido, pero no lo suficiente, como para que la mirada inquisitiva y penetrante del doctor, no recayera en él.
El mismo rostro extremadamente compungido, trasladaban ahora hacia la sala de cirugía.
Un hombre de camisa celeste pasó a su lado, su rostro reflejaba un miedo acosador, — Doblé la esquina y allí estaba parado, en el medio de la calle, juro que no lo vi hasta que ya era demasiado tarde, lo traje en el colectivo lo más rápido que pude; oh, Dios, vos sos testigo que no fue mi intención atropellarlo.— Y comenzó a llorar.
Era joven, tal vez demasiado para manejar un vehículo tan grande.
Víctor apoyó una mano en el hombro del muchacho y con voz temblorosa y apagada intentó consolarlo:
— Dios lo sabe hombre, y yo también.—
El joven lo miró atónito, y buscando refugio en sus palabras, intentó responderle. La voz se quebró en un susurro que no llegó al exterior. Dio media vuelta, entre avergonzado y afligido, y se alejó intentando entender lo complicado de su situación.
¿Es posible que la miseria humana radique en la vida?
Con elocuentes signos de cansancio, se retiró sumergido en un sinfín de pensamientos que agravaron su dolor de cabeza.
‘‘Buenos Aires no es solo soledad y tristeza, también es sinónimo de tragedia’’.

CAPITULO 5

Sonó el despertador, extendió el brazo y lo apagó.
Víctor miró el techo. Todavía estaba oscuro, aún el sol no había salido, pero claro, eran las siete de la mañana del domingo, había tenido un sábado bastante agitado. Aún le dolía la cabeza.
Sin encender el velador, prendió un cigarrillo, aspiró una larga bocanada de humo y luego, con sumo placer, dejó escaparlo con un sonido ululante que resonó en la habitación por unos segundos.
Se escuchaba el tic-tac del reloj en la habitación a oscuras.
‘‘Es imposible’’ pensó Víctor ‘‘describir el espacio que da el tiempo, la eternidad con la que juegan las agujas del reloj, el interminable sonido del silencio que tapona y aturde el oído’’.
Las sombras que mienten los ojos, dibujan en el aire, impregnado de humo de cigarrillo, las más fascinantes e indescriptibles formas.
Apretó el interruptor, y un haz de luz lo deslumbró. El termómetro que colgaba de la pared marcaba tres grados, al verlo, sintió un profundo escalofrío.
Se extraño del silencio que reinaba en la calle. Aunque vivía en el séptimo, solía despertarse con el rugido infernal de los motores que pasaban por la calle, aunque el haberse acostumbrado los hacía sonar como el ronroneo de una gata en celo.
Se destapó y se le puso la piel de gallina, vistió su bata y caminó penosamente al baño a pesar del frió.
Puso a calentar el café.
Tomó un largo sorbo que cayó pesadamente por su garganta, sintió tranquilo como su cuerpo volvía a tener una temperatura agradable.
Salió al pasillo, recogió el diario y volvió a entrar.
Se dispuso a leerlo.
No leyó la portada, lo abrió con cierta brusquedad y comenzó a pasar las hojas rápidamente, como buscando algo en especial. Se sintió extraño, jamás hacía eso, solía leerlo desde la primera hasta la última página sin saltear nada.
Se detuvo en la sección INFORMACIÓN GENERAL, el titular decía:
‘‘ NOCHE AGITADA EN EL HOSPITAL CARRILLO’’
Leyó un poco más, cada vez más sorprendido.
‘‘ Una chica de 17 años, se disparó, llegó al hospital en estado crítico, y a pesar de los esfuerzos del cuerpo de cirujanos, falleció. Al parecer se trataría de un suicidio.’’
Mas abajo decía:
‘‘ Un hombre, del cual no se sabe el nombre, fue atropellado ayer sábado a las 4:45 de la madrugada, frente a la estación Caseros, y trasladado a este hospital. Aunque esta fuera de peligro, tiene varias lesiones internas’’.
Se le cayó la taza de café al piso.


CAPITULO 6

Durmió hasta bien entrada la mañana, hasta que los rayos directos del sol le golpearon los párpados cerrados. Entonces, despertó de un salto y miró a su alrededor, hasta que restableció la continuidad de su existencia e identificó su estado actual con los días vividos anteriormente.
Tardó 20 minutos para vestirse, no estaba ni se sentía apurado. Lanzó una mirada al reloj que marcaba 9:13, y otra a la cama, titubeó, pero resistió la tentación y se levantó.
Luego de darse una ducha, que en vez de terminar de despertarlo, lo sumió aún más en el cansancio, caminó penosamente a la cocina, donde se sirvió una taza de café.
Salió al pasillo, recogió el diario, la correspondencia y volvió a entrar.
Los titulares no marcaban nada interesante. Dentro, tampoco había nada nuevo, aquel miércoles resultaba trágicamente aburrido leerlo.
Cuando cerró la contratapa, el mediodía le había caído encima, aunque el hambre aún no atacaba su estómago, todavía vacío.
Encendió el televisor. Se desarrollaba una escena primitiva en un escenario primitivo, como podía haberse desarrollado en los primeros tiempos del mundo. Un espacio abierto en un bosque oscuro, un circulo de perros lobos y dos bestias en el centro mordiéndose y gruñendo con pasión salvaje, jadeantes, sollozantes, maldiciendo, luchando con ciega vehemencia, furiosos por matar, rasgando, desgarrando y arañando con una brutalidad primigenia.
Miró atónito y desconcertado. Cambió el canal repetidas veces, no encontró nada y se dispuso a seguir observando aquella... ¿película?
El hombre y la bestia, se habían convertido en un problema mutuo, o mejor dicho, ambos se habían convertido en un problema en sí. Hasta el aire que respiraban era un desafío y una amenaza para el otro.
Víctor miraba interesado mientras jugaba con el control remoto. Estaba cómodamente arrellanado en su asiento. De pronto, le vino una premonición de peligro. Parecía como si una sombra se hubiera proyectado sobre él, pero no había ninguna. El corazón se le puso en la garganta y lo sofocaba. La sangre se le heló en las venas y sintió el sudor frío de la camisa, contra la piel.
Sobre la cómoda, había un sobre, había llegado con la correspondencia. Tenía un sello que decía claramente ‘‘ HOSPITAL RAMÓN CARRILLO’’.
Recordó el sábado y el domingo anterior.
‘‘ Claro, la enfermera dijo que enviaría los análisis’’. Se calmó con este pensamiento, pero solo un poco. Tomó el sobre, pero no lo abrió.
No se levantó ni miró a su alrededor. No se movió. Reflexionó acerca de la naturaleza de la premonición recibida, intentando localizar la fuente de la fuerza misteriosa que le había avisado, buscando con ansiedad la presencia física de la fuerza invisible que le amenazaba. Lo hostil, está rodeado por una aureola puesta de manifiesto por mensajeros demasiado sutiles para que lo reconozcan los sentidos. Y él sentía esa aureola, aunque no supiera como. El suyo era un sentimiento semejante al de una nube que se interpone ante el sol. Parecía como si entre él y la vida se interpusiese algo oscuro, amenazante y sofocador; una tiniebla que se tragaba la vida y preparaba la muerte — su propia muerte —. Todas las fuerzas de su ser lo incitaban a abrir aquel sobre, que contenía el peligro invisible. Pero su espíritu dominó el pánico y permaneció sentado con la carta entre las manos. Lo examinó críticamente, dándole vuelta y leyendo hasta las más minúsculas letras.
Estaba tranquilo y sosegado, pero el análisis que su mente hacía de cada factor solo le mostraba su impotencia.
No había otra cosa que hacer. Sin embargo, sabía que tarde o temprano tendría que abrirlo y enfrentarse al peligro.
Pasaron los minutos, y al paso de cada minuto sabía que se iba acercando el momento en que tendría que abrirlo. La camisa mojada, se le enfrió con este pensamiento.
Permanecía aún sentado, dándole vueltas al sobre y deliberando la manera en que lo abriría. Podía hacerlo rápido y enfrentarse a la amenaza cara a cara. O podía abrirlo lenta y descuidadamente y fingir que descubría casualmente lo que allí se encontraba.
‘‘ Maldita sea ’’ pensó, ‘‘ es solo un análisis’’. Rió en voz alta y la carcajada resonó un instante.
‘‘ Sea lo que sea, no puede ser tan terrible, no entiendo mi actitud.’’
Era verdad, su actitud era extraña, pero que podía hacer, además de extraña era natural, había salido de su ser por propia decisión, no lo había incitado su mente.
Abrió el sobre a la luz del televisor que aún expendía sus imágenes. Entonces, su rostro reflejó el miedo, se puso pálido. La cara blanqueaba como la de un cadáver. Pero se trataba de un cadáver que resucitaba, pues se reclinó de repente en un codo y observó fijamente el papel.
Fue a su cuarto y salió con un cinturón en la mano. Se subió a la mesa, pasó el cinto por la viga maestra, y calculó a ojo el vaivén. No pareció satisfecho, puesto que puso la silla sobre la mesa y se subió a ella. Hizo un nudo en el extremo del cinto y metió la cabeza por él. Aseguró el otro extremo. Luego retiró la silla de un puntapié.
El papel cayó al piso. Se leía claramente:

ANÁLISIS: H.I.V
RESULTADO: POSITIVO


FIN

HERNAN CERONI
20-02-96 al 16-04-96

3 comentarios:

HistoriasUrbanas dijo...

No! Ninguna puteada con las formas perfectas que tenés de escribir!
La verdad muy bueno. Me gusta tu forma de elaborar y la historia en sì!

Berni dijo...

Gracias Historias Urbanas!
Muchas Gracias
es increible como a uno le dan ganas de seguir cuando recibe elogios de gente que sabe lo que cuesta!
en serio te agradezco

Marce Lencinas dijo...

a medida que avanzaba cada capitulo pensaba...xq no escribe un libro???? la verdad estas para escribir novelas, libretos, obras de teatro,etc...m encanto!!!! TE FELICITO!!!!! MUY BUENO!!!!